Colombia:Así rastrean dos museos la historia de Atlántico

_jbr9777Estefanía Fajardo (El Heraldo).- Desde dos museos en Barranquilla se trabaja para reconstruir parte de nuestra cultura y origen como región, en medio de excavaciones e inmersiones.

En la que hoy es tierra de los gaiteros, hace seis mil años se elaboró la cerámica más antigua de América. En lo que ahora es conocido como San Jacinto, en Bolívar, surgió una técnica que hoy es la principal herramienta para reconstruir nuestra historia.

“No somos los señores mayores con lupa”, es lo que dice Juan Guillermo Martín, antropólogo y arqueólogo, director del Mapuka, el Museo Arqueológico de la Universidad del Norte. Esa es la imagen que tienen muchos en la cabeza cuando se habla de arqueología, la disciplina que permitió descubrir uno de los secretos mejor guardados de San Jacinto.

Tampoco son Indiana Jones, el mítico héroe de las películas de Steven Spielberg. Aunque sí sirvió de inspiración para Martín en un principio —y seguro para varios colegas—, una motivación que se ve reflejada en su oficina con un cartel del estreno de la película Raiders of the Lost Ark. Entre libros, computadores, muestras de cerámica, hojas pegadas con dos mapas y un plano de ‘El Alemán’, el barco hundido en las costas de Puerto Colombia hace 100 años, se dan los planes para las investigaciones de campo, esas que nunca dejan de sorprender con hallazgos y recuperación de nuestra memoria y cultura.

Las investigaciones arqueológicas en el departamento del Atlántico y la Región Caribe, cuenta Álvaro Martes, director del Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico, antropólogo de la Universidad del Magdalena y arqueólogo de la Universidad del Norte, se produjeron a finales de la década de los 40. “Todo fue producto de la formalización de los institutos de investigación etnológica, bajo la batuta de Paul Rivet, un antropólogo francés que llegó a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Ya antes se hacía algo de arqueología, pero fue hasta esta época que comienza a tener mayor rigurosidad académica”, dice.

Es así como se funda el Instituto de Investigación Etnológica del Atlántico, en 1947, en el actual Museo de Antropología de la Uniatlántico. Ahí “comienza todo un proceso de investigación en los terrenos de la región Caribe para tratar de determinar los poblamientos tempranos”.

Para ambos, Barranquilla se encuentra en una posición de privilegio con dos museos de esta disciplina. Un legado del maestro Carlos Angulo Valdés, pionero en la Región con trabajos realizados en el bajo Magdalena.

Tanto Martín como Martes coinciden en que los procesos investigativos que realizan en las instituciones que lideran están enmarcados en procesos largos e “interdisciplinarios” que requieren de varias disciplinas.

Lo primero es definir cuál es el interés particular. Revisar documentación, archivos históricos y diseñar la estrategia de trabajo de campo. Luego, definir ubicación y las condiciones para proponer un proyecto con metas de investigación muy claras.

“El trabajo arqueológico siempre implica recursos de traslado, equipo, tiempo de campo y se necesita una financiación de diferentes instituciones”, describe Martín del Mapuka.

Sigue el trabajo de recolección de datos en campo y recolección de información. Se lleva al laboratorio, se identifica y analiza, “y con toda la información recopilada en todo ese tiempo se redacta un informe final que se presenta a la institución que financia y se publica en revistas de investigación”.

En la cerámica de San Jacinto, por ejemplo, se determinó el fechamiento por radiocarbono, prueba Carbono-14. Este contexto tiene fogones, hornos, en donde se elaboraba la cerámica y esos restos orgánicos se pueden mandar a fechar a un laboratorio y precisar la antigüedad.

Lo más divertido, cuenta Martes, consiste en poner a hablar a esas piezas. “A un objeto mudo el arqueólogo le da un concepto y a partir de ahí descubrir una cultura”.

Por otro lado, para el director del Mapuka lo menos divertido es “buscar plata para hacer arqueología, hacerle entender a quienes pueden financiar los proyectos, la importancia de esos recursos”.

“La garantía para que te vaya bien en tu desarrollo profesional es la pasión, pasión por conocer el pasado, saber que se viven momentos difíciles en los trabajos de campo, pero que al final la pasión puede más”, agrega.

El director del Maua precisa que “el Atlántico es muy rico en material paleontológico y arqueológico”. “Toda la zona de Repelón, Guachené, el embalse del Guájaro… hay mucho material de paleontología. Piezas que pueden tener una datación del 12 mil o 10 mil años antes de Cristo. Que da cuenta cómo era nuestro ecosistema anteriormente”, agrega.

La arqueología, coinciden estos dos apasionados, es una disciplina científica y lo que necesita la Región Caribe es gente interesada por estudiar su pasado. “Nos falta ser conscientes de estas largas trayectorias de desarrollo humano, conectarnos, conocer, apropiarnos y sentirnos orgullosos”.

Ambos museos, todos los profesionales de la Región y las instituciones que financian los proyectos seguirán trabajando en la búsqueda de nuestra identidad, nuestra historia y todo lo que hemos sido. Un trabajo de campo, de conocer e interactuar con comunidades. “Una pasión” como ellos lo definen, que se da en el valor de las cosas que a veces pasan desapercibidas en medio de la cotidianidad de las culturas.

Los hallazgos en Barrio Abajo

En Barrio Abajo había unos antecedentes claros de la importancia que tenía el sector en términos arqueológicos. La historia se remonta a la construcción de las vías del ferrocarril. “El ingeniero que trabajó en esta zona a finales del Siglo XIX y principios del XX reportó que había encontrado una serie de urnas con huesos humanos. La llamó una necrópolis”, explica Javier Rivera Sandoval, arqueólogo y profesor de la Universidad del Norte.

Añade que cuando se amplió la carrera 50, un proyecto que tuvo la coordinación de Transmetro, les pidieron ejecutar un “programa de arqueología preventiva”.

En ese punto se encontraron unas vasijas en barro donde depositaban los huesos. “Seguramente enterraron al indio en alguna otra parte, sacaron los huesos y los depositaron allí. Adicionalmente encontramos huellas de postes y basureros que indican que el área no era solamente cementerio sino que la gente estaba viviendo ahí”.

“Logramos verificar que esta zona de la ciudad tiene una profundidad histórica de por lo menos 800 años, del 1220 después de Cristo”, finaliza el docente.

 

 

 

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