Los pueblos indígenas vulnerados en su más fundamentales derechos como la educación

Los pueblos indígenas vulnerados en su más fundamentales derechos como la educación

Oaxaca, México.- Las políticas públicas no han logrado construir una nueva relación del Estado con pueblos indígenas y la sociedad mexicana, así como pluralizar el poder y ampliar la democracia,  señaló la maestra Laura Valladares de la Cruz, profesora-investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Al participar en la mesa redonda Los rostros y caminos de la Antropología Aplicada en México, la académica de la Unidad Iztapalapa puntualizó que especialistas en esta disciplina han mostrado la relación de subordinación de los sistemas jurídicos indígenas frente al sistema positivo hegemónico.


Subrayó que los expertos han participado de forma activa en el debate nacional que se ha dado al respecto, pugnando siempre por la necesidad de construir una nueva relación de los pueblos indígenas con el Estado.

En la actividad efectuada en la Rectoría General de la UAM, Valladares de la Cruz refirió que diferentes analistas han calificado las más de 200 reformas realizadas a distintas normas, sobre diversas materias en relación con la población indígena, como aditivas y subordinantes respecto a la legislación que en cada materia existe en la Constitución Mexicana y sus leyes reglamentarias. Read the rest of this entry »

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Tahira Vargas (Antropóloga. Investigadora de la vida en los barrios populares)

La Antropología Social como disciplina en la UASD (única universidad que la ofrece) está en proceso de extinción.

La Antropología Social como carrera tiene poco tiempo en el país (cuatro décadas)  y nunca ha tenido un gran flujo de estudiantes. En otros países ocurre lo mismo, es una carrera de pocos estudiantes pero se mantiene por su relevancia.

Estudiar Antropología Social puede ser poco atractivo si se mira la carrera solo desde el punto de vista monetario, se puede pensar que con esta carrera no hay muchas posibilidades de movilidad social ni de enriquecimiento.

En general, ser profesional en nuestro país no ofrece muchas posibilidades de movilidad social per-se menos aun de enriquecimiento, pues la inserción en el mercado laboral está mediada por diversos factores como las relaciones primarias, las relaciones políticas y el contexto socio-económico de los/as profesionales egresados/as.

La Antropología Social no es solo una profesión, es un estilo de vida. La Antropología Social ofrece una visión de la vida y de la sociedad con perspectiva relativa y comparada aportando en la convivencia desde la tolerancia y el respeto a la diversidad.

Es una disciplina que ha ofrecido las herramientas necesarias para entender la construcción social y cultural del género. El abordaje de la masculinidad y la feminidad en terminos relativos desde cada cultura. En esta misma perspectiva encontramos los aportes de la antropología del parentesco y la mirada a la familia no como una estructura única, sino muy diversa, cambiante en su composición y función en cada cultura y grupo social.

Lo mismo ocurre con el sistema de creencias y la religión. Medidas como las que se tomaron hace unos días de expulsar a un grupo de personas del cementerio un viernes 13,  porque  visiten durante el día el Barón de Cementerio para ponerle una vela, o con una ofrenda, son desconocedoras de las prácticas de religiosidad popular presentes en nuestra cultura.

Cada celebración, ritual o práctica religiosa debe ser respetada en las sociedades llamadas democráticas, donde existen diversas creencias y ninguna puede ser excluida ni discriminada.

La mirada antropológica se hace necesaria en nuestra sociedad, pues tenemos fuertes tendencias conservadoras que excluyen y discriminan a los grupos que tienen opciones sexuales, religiosas y culturales diferentes a las que sostienen los grupos hegemónicos.

Los estudios etnográficos aportan al análisis de los fenómenos sociales y culturales desde el micro-espacio y de la lógica que mantienen y reproducen los sujetos desde su propia realidad.

Un/a antropólogo/ a se inserta en las comunidades, en los barrios a convivir con las personas para tratar de interpretar sus estilos de vida y así ofrecer herramientas para su desarrollo humano. Lo mismo puede hacer en escuelas, hospitales, industrias, mercados, fiestas, celebraciones o cualquier espacio de interacción social.

Cada vez que se va a realizar una intervención social o que se formulan políticas públicas se debe contar con equipos de  profesionales de diversas disciplinas donde se incluyan antropólogos y antropólogas que previamente estudien el posible impacto de estas medidas.

Esto es válido en políticas que tienen que ver con: salud, educación, medio ambiente, políticas urbanas, políticas rurales, dirigidas a envejecientes, jóvenes, mujeres o a la niñez. Igualmente que puedan analizar la pertinencia de las políticas y las medidas en función del contexto social a que están dirigidas.

Debemos incentivar a nuestros/as jóvenes a que estudien disciplinas como la Antropología Social, Sociología y otras ciencias sociales. Necesitamos más antropólogos y antropólogas que investiguen y profundicen desde una perspectiva cualitativa y etnográfica nuestra cultura, identidades, cambios sociales  y culturales que se producen en las nuevas generaciones y en las comunidades.

Fuente: Clave digital (República Dominicana)

Las consecuencias que en el día a día está provocando la crisis económica mundial no sólo están referidas a una caída del consumo, la perdida de puestos de trabajo y todo lo que ello implica para la economía doméstica. Un viejo conocido de estos tiempos son los brotes xonófobos de los que ahora no se salvan ni siquiera los italianos, muy europeos ellos, que a su vez discriminan a albaneses, africanos y otros grupos “extraños” al ser occidental.

Pero si faltaba algo más para caracterizar el nuevo tiempo que se viene es el retorno de las explicaciones religiosas por sobre todo el corpus teórico que ha desarrollado el método científico en los últimos 500 años.

A la búsqueda de un milagro

Una reciente consulta  realizada a 2600 personas, en el Reino Unido, y publicada por el The Daily Telegraph, señala que el 51% de los consultados opinan que la teoría de la evolución por sí sola no es suficiente para explicar las complejas estructuras de algunos seres vivos, por lo que la intervención de un diseñador ha sido necesaria; a la vez que el 32% está convencido de que “Dios creó el mundo en algún momento en los últimos 10.000 años”. Esto se da a poco de celebrarse el bicentenario del nacimiento de su compatriota Charles Darwin.

Sólo el 40% de los entrevistados defienden la teoría evolutiva.

Inspirados en lo sucedido en Estados Unidos durante el gobierno de Bush, algunos británicos impulsan que la tesis creacionista sea enseñada en las escuelas públicas.

El descrédito del saber científico es producto de esta y de otras crisis, pero no sólo es su consecuencia. La crisis (esta y otras más graves ocurridas en el pasado) son también su responsabilidad. Un saber científico que se aleja del hombre, favoreciendo una lógica tecnocrática en pos de un modelo deshumanizado, no será creíble a la hora de mostrar sus miserias.

Más que un antropólogo

enero 24, 2009

El Periódico (Guatemala).- El antropólogo, Charles R. Hale, estadounidense, blanco, de clase media alta, educado en Harvard y Stanford, ha utilizado sus conocimientos para dedicar más de 25 años a analizar la categoría raza –como una construcción social– desde una perspectiva crítica. Esto le ha permitido realizar una incisión, junto a su colega Edmundo T. Gordon, antropólogo afroamericano, en esta disciplina para crear la corriente de la antropología social activista que entierra la posición de asumir a las comunidades o a sus integrantes como objetos de investigación que terminan siendo útiles para generar publicaciones que facilitan una carrera académica individualista y “apolítica”.

Por el contrario, la antropología activista busca generar una conexión orgánica con luchas específicas de pueblos subalternos, a través de un trabajo académico de alto nivel, con acompañamiento político de largo alcance y de respeto hacia las comunidades y sus entornos.

Su compromiso intelectual y político ha llevado al doctor Hale a trabajar en Bolivia con líderes indígenas y académicos de distintas tendencias ideológicas, mucho antes de que los ojos del mundo se detuvieran en ese país gracias al triunfo de Evo Morales. Posteriormente, con su familia se trasladó por varios años a Nicaragua en donde apoyó los esfuerzos de la revolución sandinista por construir equidad, lo que lo llevó a inmiscuirse en la lucha del pueblo miskito que con derecho se negaba a ser cobijado bajo el único paraguas: el de la igualdad social. Se puso a caminar con ellos, buscó entender sus luchas y apoyó las demandas de autonomía que los pueblos de la costa atlántica lograron bajo el sandinismo. De este complejo proceso entre el Estado y pueblos indígenas publicó el libro: Resistance and Contradiction: Miskitu Indians and the Nicaraguan State, 1894-1987.

Posteriormente, lo cautivó Guatemala y la insurrección indígena. La entereza estoica de un pueblo maya que no dejó de ser crítico a las ortodoxias, que contra los análisis y planes militares no fue aniquilado, que se levantó dignamente y no fue vencido en el último genocidio estatal. A partir de su llegada empezó a crear redes familiares, académicas y de activistas, que lo llevaron a comprender la necesidad de entender que otro desafío de Guatemala, es no caer en la trampa del multiculturalismo neoliberal, por ser una respuesta superficial que no transforma las opresiones sustantivas.

Dado el debate producido en Bolivia respecto a la pertinencia de hablar de “naciones indígenas” y sus consecuencias políticas quisiera sumar un apresurado aporte teórico al interesante debate allí originado (más allá de la acusación de “falsa ciencia” atribuida a la antropología por el Sr. Jorge Echazu Alvarado), teniendo siempre presente que la base de esta elaboración tiene centro en Europa y su particular experiencia, y que por ello presenta puntos diferenciales respecto de una realidad americana producto de la conquista.

Podemos, entonces, partir de la ya famosa frase de Benedict Anderson y su idea sobre la nación, la que es pensada como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Para Anderson, “la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo”.

Según el modelo de expansión en Europa, Anthony Smith considera dos tipos de naciones: las territoriales y las étnicas. En las territoriales la inclusión o exclusión está dada por los límites. La ciudadanía y la pertenencia territorial están estrechamente entrelazadas. Es el concepto más moderno de nación. Por su parte, las naciones étnicas otorgan la nacionalidad a partir de vínculos ancestrales comunes. Smith destaca que toda nación debe tener un cierto anclaje en lo étnico, a la vez que reconoce un suelo natal. Lo ancestral, como depósito de las experiencias colectivas, y lo territorial, como continuidad de la nación histórica. Smith toma al grupo étnico como la antesala potencial de una nación, siendo lo que caracteriza a dicho grupo la pertenencia común a un nombre, un mito de origen, una cultura, una historia y un territorio. De realizarse la Nación como tal, son esos lazos primordiales los que la diferenciarán de otras. La hermandad y solidaridad del grupo surgen del mito motor, es decir un mito constitutivo que encierra un proyecto político, y que si no existe debe ser inventado. Ese sentido de solidaridad será fundamental para el desarrollo del nacionalismo.

De Eric Hobsbawn rescataré el sentido moderno del término nación (siglo XVIII) y sus transformaciones a fines del siglo XIX. Es de destacar que para fines del siglo XVIII un diccionario holandés subrayaba la particularidad francesa e inglesa de aplicar el término de nación abarcando a pueblos que no hablaban la misma lengua; claro que para adquirir los derechos ciudadanos primero debieron adquirir el idioma oficial del Estado.

Las aspiraciones nacionales surgen en un determinado contexto histórico, social, político y económico, en estrecha vinculación con lo que Hobsbawn llama el protonacionalismo popular, con sus elementos étnicos, lingüísticos, religiosos y territoriales. Hobsbawm nos habla de nacionalismos históricamente justificables, es decir aquellos que por cuestiones de escala permitían a sus sociedades encajar en el progreso. Por ello remarcará al respecto: “¿cuál podría ser la defensa de los pueblos pequeños, las lenguas pequeñas y las tradiciones pequeñas, en la inmensa mayoría de los casos, sino una expresión de resistencia conservadora al avance inevitable de la historia?”. “La gente, la lengua o la cultura pequeña encajaba en el progreso sólo en la medida en que aceptara la condición de subordinada de alguna unidad mayor o se retirase de la batalla para convertirse en depositaria de nostalgia y otros sentimientos: en pocas palabras, si aceptaba la condición de viejo mueble de la familia que le asignó Kautsky”.

Una visión más próxima a la experiencia americana es subrayada por el antropólogo brasileño João Pacheco de Oliveira, para quien la noción de territorialización debe ser definida como un proceso de reorganización social que implica la creación de una nueva unidad sociocultural mediante el establecimiento de una identidad étnica diferenciadora, la constitución de mecanismos políticos especializados, la redefinición del control social sobre los recursos ambientales y la reelaboración de la cultura y de la relación con el pasado.

Como decía el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla , “la noción de un origen común, la identidad colectiva, el territorio, la unidad en la organización política, el lenguaje y otros rasgos comunes, adquieren valor como elementos característicos del grupo étnico, en la medida en que sea posible encuadrarlos dentro de esa relación específica y significativa entre sociedad y cultura propia”. Esa relación estaría dada por el control cultural, “es decir la capacidad social de decisión sobre los elementos culturales”.

El antropólogo Fredrik Barth supo destacar que los procesos identitarios deben ser estudiados en contextos precisos y percibidos como actos políticos, ya que los límites, las fronteras, de un grupo étnico son construidos por los propios miembros a partir de diferenciales culturales que se resignifican en un proceso de autoadscripción, dado por una interacción social significativa con otro.

Quisiera destacar aquí el concepto de etnogénesis. La etnogénesis fue y es un proceso histórico que refiere a la dinámica cultural y política de las sociedades anteriores o exteriores al desenvolvimiento de los Estados nacionales. Es el proceso básico de configuración y estructuración de la diversidad cultural humana. Así el antropólogo Miguel Bartolomé afirma que subyacente al desconcierto ante los fenómenos de etnicidad está presente la reificación del Estado-nación, al cual se atribuye la capacidad de producir una deseada homogeneización cultural, para lo cual las lealtades étnicas son percibidas casi como una traición a la patria.

Por ello el concepto de “etnicidad” no es equiparable a la idea homogeneizante y colonialista de “indio”. Es una categoría para el estudio de determinados procesos identitarios ocurridos en los distintos grupos humanos. Ahora bien, debemos convenir que cuando hablamos de “pueblo” y/o “nación” implica darle un carácter netamente político a ese proceso identitario, lo cual no es ni bueno ni malo en sí mismo. En lo personal la acción política de las sociedades no me asusta, a menos que asuma un perfil racista y opresor. Ya de por si, recuperar, como en el caso americano, una identidad estigmatizada por la discriminación social supone asumir una actitud de desafío respecto de la comunidad hegemónica con la que se desenvuelve a diario.

Barth ya había estudiado, en situaciones de contacto, el rol de determinados agentes que se definen como élites, que en su afán de participar en sistemas sociales más amplios optan por las siguientes estrategias: 1) incorporarse a la sociedad más amplia, 2) aceptar el status de minoría, para intentar reducir sus desventajas en un proceso de articulación entre ambas sociedades, y 3) acentuar su identidad étnica con el fin de luchar por alcanzar nuevas posiciones, hasta la creación de nuevos estados.

Entonces, asumimos que la resignificación de la especificidad étnica de un grupo dado bien puede ser utilizada como soporte de un específico objetivo político, ligado a la construcción de un proyecto nacional. “La interacción colonial, aún en los casos menos evidentes, refuerza la construcción de identidades étnicas que se resignifican a medida que los juegos de oposiciones reubican a los actores en nuevas coyunturas políticas y económicas o, en otros términos, históricas” (Lorandi y del Río).

Como afirma el antropólogo Alejandro Grimson, “la nación” también puede ser vista como un marco en el que se desarrolla una experiencia histórica y social concreta, a partir de la constitución de actores sociales específicos, experiencia ésta que “configura culturas nacionales del relacionamiento”. Y ya que hablamos de Grimson diremos que este debate que instaló el diario La Razón refleja a “la nación” como un campo de interlocución en el que se dan dos luchas. Una por las categorías, y por los significados de esas categorías. Y otra por el campo de interlocución en sí.

Leandro Etchichury

Jorge Echazu Alvarado (Bolpress)
En el periódico “La Razón” del domingo 4 de enero de 2009, se ha publicado un artículo sobre las 36 naciones indígenas que existen en el territorio boliviano y que se encuentran consignadas en el texto del Proyecto de Nueva Constitución Política del Estado. Según los antropólogos Wigberto Rivero (Vice-ministro de Bánzer) y Milton Eizaguirre la “tesis” nacional carecería de base “académica”.
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El País (España).- Pocas serán las instancias culturales y académicas de todo el mundo que no estén celebrando de algún modo estos días el centésimo cumpleaños de Claude Lévi-Strauss, sin duda uno de los autores más influyentes del siglo XX. Todas las ciencias sociales, la crítica literaria, el psicoanálisis, la lingüística, la historia, la filosofía…, llevan medio siglo dialogando con él, incluso contra él, sin que ninguna haya podido sortear su ascendente. Sería vano intentar añadir desde estas páginas algo a lo ya dicho por tantos y en tantos sitios. Cientos de libros, artículos, monográficos, exposiciones, programas y ciclos especiales, en decenas de idiomas, lo están haciendo o lo harán mejor que lo que se intentaría aquí. Un rasgo merece, no obstante, ser destacado: el autor de Tristes trópicos y El pensamiento salvaje no es propiamente un pensador o un intelectual, aunque haya sido reconocido como tal. Claude Lévi-Strauss es, sobre todo, un antropólogo.

He ahí un elemento de la personalidad del ahora homenajeado en el que merece la pena detenerse. Lo que Lévi-Strauss nos ha transmitido es un conocimiento que no es sólo resultado de una honda reflexión sobre el vivir juntos humano, sino de los testimonios que una determinada ciencia social ha podido establecer acerca de hombres y mujeres concretas, cuya vida concreta -en tiempos y lugares no menos concretos- otros hombres y mujeres fueron a conocer de cerca. Seres humanos estudiando seres humanos, conociendo y dándose a conocer, recolectando tecnologías y sabidurías ajenas y lejanas, aprendiendo de gentes que siempre sabían más que quienes les estudiaban. Una disciplina -la antropología- que nació y existió para que pudiéramos instalar nuestra sociedad entre todas las demás sociedades y elaborásemos, con el conjunto producido, algo parecido a una cartografía de la condición humana en toda su amplitud.

Pero si Lévi-Strauss ha podido enseñarnos tanto y marcar nuestra época es porque pudo desempeñar su tarea como investigador y como docente en un contexto en el que la ciencia que ejercía merecía un reconocimiento, en una sociedad para la que la antropología era importante y que escuchaba lo que se le decía desde ella. Ése ha sido el caso francés y el de su área de influencia cultural, como lo ha sido el de la mayoría de países anglosajones, con el Reino Unido o los Estados Unidos a la cabeza. Otra cosa es lo que vaya a ser en el futuro -y de ello hablan las protestas estudiantiles “anti Bolonia” de estos días en toda Europa- de aquellas áreas académicas que no se demuestren lo bastante rentables o serviles. Pero, al menos hasta ahora, la antropología ha estado ahí, en esos países y en otros, viendo atendida públicamente su forma de dar con las cosas humanas, mirándolas de cerca y comparándolas entre sí.

Por desgracia, ese no es el caso de la antropología española. Una disciplina que había nacido en el último cuarto del siglo XIX se incorporaba con ánimo crítico al ámbito universitario español a principios de la década de los años 70 del siglo pasado, pero ha permanecido encapsulada en él hasta ahora. A pesar de la proyección internacional de algunos de sus exponentes -Julio Caro Baroja, Carmelo Lisón Tolosana, Claudi Esteva Fabregat-, miles de estudiantes y licenciados en antropología no pueden desarrollar plenamente lo que son o van a ser: antropólogos. Por ello, en un momento en que se abre la perspectiva feliz de un grado de Antropología en algunas universidades españolas, se entiende la preocupación de esas mismas universidades para que la disciplina que enseñan logre trascender su actual acuartelamiento académico. Es en esa dirección que todas ellas trabajan en orden a la creación de un colegio profesional que regule la práctica de una profesión tan necesaria como inexistente, en la medida en que sus miles de licenciados actuales y quienes obtengan la nueva titulación se van a ver obligados a aplicar lo que han aprendido bajo todo tipo de denominaciones profesionales, que, salvo pocas excepciones, podrán ser de cualquier cosa menos la de antropólogos.

Y lo que sorprende es que esa invisibilidad forzada de los antropólogos españoles en tanto que tales contrastes con la pertinencia y hasta con la urgencia de una mirada como la suya para observar y entender cuestiones centrales para los tiempos que corren. La antropología almacena décadas de trabajo en áreas como la de la vivencia de la enfermedad y de la muerte o la de los estilos que adoptan los diferentes grupos de edad -jóvenes, ancianos…-, siempre desde una perspectiva que recoge su variabilidad histórica y cultural. Los antropólogos han advertido hasta qué punto los objetos son fundamentales para entender la cultura que los ha creado y usado, por lo que tienen un papel que jugar en la protección y la divulgación del patrimonio cultural, defendiendo lo que de él se mantenga vivo y custodiando y haciendo accesible su pasado en museos. Su preocupación por la práctica y la concepción del espacio convierte en fundamental la perspectiva que les es propia en temáticas territoriales, tanto rurales como urbanas, en contextos en los que las grandes dinámicas de transformación no suelen tener en cuenta el precio social a pagar. La comprensión del sentido que los seres humanos otorgan al medio que los rodea y a sí mismos dentro de él, hace de los antropólogos interlocutores necesarios en los debates medioambientales y ecológicos.

Una experiencia abundante en el campo del estudio de los mitos y los símbolos rituales le permite al antropólogo detectar qué funciones y a qué demandas satisfacen las prácticas religiosas vigentes en nuestra sociedad, tanto las tradicionales como otras que hasta hace poco podrían habernos resultado exóticas. El mercado y los hábitos de consumo no son ajenos al conocimiento que los antropólogos tienen de la dimensión económica de la vida social y ni siquiera las recién nacidas tecnologías de la comunicación se escapan a la competencia que han demostrado a la hora de estudiar los lenguajes humanos. Tanto la diversificación creciente que conoce la institución familiar como el aumento de los contactos entre formas de ser y de estar derivados de los flujos migratorios o del turismo deberían hacer idónea una visión como la suya, especialmente entrenada para encarar la heterogeneidad. No se olvide que la antropología ha sido estratégica en orden a desautorizar todos los argumentos que han intentado mostrar como “natural” la desigualdad humana y continúa siendo fuente de recursos teóricos contra las nuevas y las viejas formas de racismo, xenofobia y sexismo.

La antropología se antoja ahora más que nunca útil en orden a entender las lógicas y las dinámicas que organizan nuestro presente, reconociendo en él cambios constantes, pero también repeticiones e inercias. Ese es su trabajo: ver de qué están hechas la diversidad y la complejidad sociales y mostrarlas no, como se pretende, en tanto que motivos de alarma, sino al contrario: como la materia primera de que se nutre la capacidad de las sociedades humanas para mejorarse a sí mismas.

Esa es la virtud fundamental de Claude Lévi-Strauss. Mirar como mira un antropólogo, contemplando lo remoto como ordinario y sorprendiéndose ante lo cotidiano, ejerciendo un oficio en el que la competencia y la versatilidad explicativas nunca han ido separadas de una fuerte dimensión ética, preocupada por pensar y dar a pensar el valor de la pluralidad humana y la necesidad de defenderla. Celebrar la vida de Lévi-Strauss es celebrar su vida de antropólogo. Pero se hace el elogio del sabio, sin hacer lo propio con la naturaleza misma de su saber, su fuente y su sentido. Al tiempo que multiplican las alabanzas al maestro, bien estaría que se reconociera el esfuerzo y la singularidad de quienes han decidido seguir su camino.

Manuel Delgado es profesor de Antropología en la Universidad de Barcelona y prologuista y traductor de Claude Lévi-Strauss.