Prensa Latina.-Expertos estadounidenses desarrollaron un método para determinar dónde ha estado un sospechoso o la víctima de un crimen a partir de los rastros de agua que van acumulándose en su pelo.Según explica un artículo divulgado en Proceedings of the National Academy of Sciences, la nueva técnica facilitará conocer las áreas que alguien ha visitado analizando un cabello en busca de isótopos de hidrógeno y oxígeno, los dos elementos que forman el agua.

Jim Ehleringer, uno de los autores del trabajo, manifestó que el agua potable de una zona tiene un registro que se expresa en el cabello.

Ese registro no se modifica con otros líquidos porque una parte importante de las cervezas, bebidas gaseosas y la leche tienen un origen local, y relacionan dónde vive una persona en Estados Unidos, agregó.

La Policía ya está usando esto para reconstruir los posibles orígenes de víctimas de crímenes sin identificar, indicó Ehleringer.

Señaló que los antropólogos y los arqueólogos también podrían usar el método para analizar muestras de cabello antiguo, para mostrar los senderos de las migraciones de los nativos norteamericanos antes de la llegada del hombre blanco al continente.

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BBC Mundo

¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?. La ciencia todavía no ha podido resolver por completo la línea evolutiva del ser humano.

Ahora, el descubrimiento de dos fósiles en África está cuestionando algunas de las ideas que los antropólogos creían ya consolidadas, como que habíamos pasado del Homo Habilis al Homo Erectus, y de ahí al Homo Sapiens.

Según un estudio publicado en la revista científica Nature, el hallazgo de dos fósiles en el norte de Kenia podría cambiar esa secuencia.

Un equipo de expertos, liderado por Louise y Meave Leakey, que son madre e hija y pertenecen a una conocida familia de antropólogos, encontró un hueso de Homo Habilis que era bastante más reciente que uno de Homo Erectus (que se suponía había evolucionado después).

Nueva hipótesis

El hallazgo, en la orilla del lago Turkana, en el norte de Kenia, sugiere que ambas especies coexistieron durante unos 50.000 años en el este de África.

“Su coexistencia hace improbable que el Homo Erectus evolucionara del Homo Habilis“, declaró Meave Leakey.

Uno de los fósiles es un hueso de mandíbula de Homo Habilis de 1,44 millones de años. Se trata de los restos de Homo Habilis más recientes jamás encontrados.

El otro fósil, es un cráneo muy bien conservado de Homo Erectus, de hace 1,55 millones de años. Es decir, unos cien mil años antes.

Según le dijo a BBC Ciencia el profesor Eugenio Aspillaga, del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, antes del hallazgo de estos dos fósiles ya había expertos que sugerían la posibilidad de una coexistencia del Homo Habilis y el Homo Erectus.

No obstante, “aquí hay un dato nuevo”, puntualizó.

“El hecho de que sea un Homo Habilis de 1,44 millones de años lo acerca a fechas más recientes y marcaría un período más largo de convivencia”.

“Antes, alguien podía haber teorizado al respecto, pero hoy en día eso podría estar mucho más consolidado”, dijo el antropólogo.

“Ha habido distintas hipótesis con respecto al origen del Homo Erectus. Hay autores que piensan que existiría una especie antecesora de Homo Habilis y Homo Erectus, que sería Homo Rudolfensis“.

“Desde esa perspectiva, Homo Habilis sería una especie con un cerebro más grande que el Rudolfensis, que divergiría un poco de la línea evolutiva que conduce al Homo Erectus“.

“Conflicto, tarde o temprano”

La coexistencia que sugieren Louise y Meave Leakey se daría gracias a que Homo Habilis y Homo Erectus habrían convivido como especies diferentes.

Igual que en África conviven sin entrar en conflicto gorilas y chimpancés, el Homo Habilis y el Homo Erectus podrían haber vivido en el mismo continente durante miles de años sin entrar en conflicto.

Sin embargo, según el profesor Aspillaga, tarde o temprano ambas especies tuvieron que competir, y ahí es cuando se genera el conflicto.

“Falta información complementaria de los fósiles, como por ejemplo los contextos de útiles con los que ellos están interactuando con el medio ambiente, para poder asegurar si había competencia o no y en qué momento se dio”.

“Probablemente al principio no la hubiera, porque aparentemente tienen dietas diversificadas, pero tarde o temprano Homo Erectus aumenta su tamaño poblacional, que es lo que le permite salir del continente africano como especie, y por lo tanto tarde o temprano inevitablemente iba a competir (con Homo Habilis) por los recursos de ese espacio”, le dijo a BBC Ciencia.

En cualquier caso, según el antropólogo chileno, “lo importante de cualquier hallazgo fósil es que permite elaborar nuevas preguntas y buscar cómo el nuevo registro fósil puede ayudarnos a responderlas”.

Cuba Ahora

Numerosos proyectos de investigación en los que están involucradas varias instituciones de Cuba, y cuatro importantes eventos académicos que se celebrarán este año en el país, indican la buena salud de la antropología cubana en la actualidad.

Los proyectos incluyen desde investigaciones sobre nuestros orígenes como nacionalidad, a partir de los grupos étnicos ibéricos y africanos que conformaron el etnos cubano, hasta estudios de problemáticas laborales y comunidades existentes en el país.

Según informara el académico Jesús Robaina, director del Instituto de Antropología, el 25 de mayo próximo se celebrará en nuestro país el primer Coloquio de Religiones Africanas en América.

Posteriormente, en noviembre se efectuarán, también en Cuba, la novena conferencia Antropología 2008, el Primer Simposio sobre Arte Rupestre y el Segundo Encuentro Arqueología por la Unidad Latinoamericana.

Durante la mesa redonda, Armando Rangel, de la Universidad de la Habana, abordó los distintos campos de investigación de la antropología y mencionó como ejemplo la siguiente problemática: “Las llamadas fiestas de quince, ¿son una tradición cultural o no?”

Abogó por la enseñanza de la Antropología en nuestra educación superior, y subrayó que no es lo mismo formarse como especialista en esa materia por una licenciatura, que hacerlo en cursos posgrados después de graduarse en otra carrera.

También abogó por emprender, entre las proyecciones futuras, el rescate de los Congresos Latinoamericanos de antropología.

El investigador Jesús Guanche abordó igualmente los distintos campos de investigación de la antropología en nuestro país.

Se refirió a cómo se trabajó el tema canario, grupo étnico relevante en la formación de nuestra nacionalidad, y cómo se está trabajando sobre los temas vasco y gallego.

Abundó sobre la actual presencia foránea en Cuba ya que existen grupos étnicos que todavía conviven hoy con los cubanos en el territorio nacional.

Guanche abogó porque se le de una mayor atención a la cultura nacional popular, dado en que en muchos municipios y provincias se da prioridad a la cultura artística profesional.

Se olvida así, según el académico, que de esa cultura nacional popular se nutre el movimiento de aficionados y, por ende, la cultura artística profesional.

En la mesa redonda también participaron el investigador Rolando González Patricio, director del Centro de Investigación Juan Marinello; y el académico Guillermo Hernández, del Ministerio de Cultura.

Un animado debate siguió a la mesa redonda en el que se trataron, entre otros aspectos, la relegación en nuestras investigaciones y publicaciones del papel de la mujer en la historia nacional y, también, la pregunta de si tenemos el personal altamente capacitado para abrir en nuestras universidades la Licenciatura en Antropología.

La Crónica de Hoy (México)

El arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma aseguró hoy, en el treinta aniversario del descubrimiento del monolito de la diosa azteca Coyolxauhqui, que “nunca se llegará al final del estudio del Templo Mayor” pues siempre habrá nuevas interpretaciones.

El monolito de esta diosa azteca fue descubierto el 23 de febrero de 1978 gracias a unas obras de la compañía de luz mexicana en el centro de la capital del país, y a raíz de este hallazgo se expropiaron más de 40.000 metros cuadrados para realizar excavaciones en la zona e incluso se creó el Museo del Templo Mayor.

Matos, director del proyecto del Templo Mayor desde su inicio y uno de los arqueólogos más destacados de México, explicó hoy en una conferencia que en arqueología “siempre hay interpretación, por más que el estudioso se base en datos, siempre va a faltar o surgir algo nuevo”, por lo cual nunca se puede dar por terminada una investigación.

“La arqueología tiene sus bemoles”, aseguró Matos, quien comparó esta ciencia con un quirófano donde hay que trabajar sin molestias, con delicadeza y sin interrupciones.

Por eso pidió a los mexicanos paciencia a la hora de exigir resultados sobre hallazgos e investigaciones, ya que éstos pueden tardar años.

“Es importante dar continuidad a las investigaciones para no quedarnos con datos antiguos sobrepasados”, dijo.

Explicó a Efe que el proyecto del Templo Mayor es inter y multidisciplinario y ha permitido conocer las esencias del Templo Mayor mismo y de parte del recinto ceremonial de la antigua ciudad de Tenochtitlán, capital de los aztecas, el mayor imperio prehispánico.

Un grupo de investigadores, arqueólogos, antropólogos, biólogos, geólogos e historiadores se dedicaron desde 1978 a investigar este centro ceremonial, trabajo que ha dejado más de 300 documentos bibliográficos al respecto.

Recordó que en el centro de Ciudad de México está una urbe construida sobre otra, por lo que hay montículos arqueológicos “a cada paso”, pero que será difícil la recuperación de los mismos porque los edificios coloniales sobre ellos son también historia.

El arqueólogo hizo un balance de estos 30 años y aseguró que gracias a este sitio arqueológico ahora se conoce mucho más sobre la civilización azteca.

Sonora: Etnia y lenguaje

febrero 14, 2008

Dado el interés despertado por la publicación del artículo referido a la situación que viven las lenguas indígenas en el estado mexicano de Sonora, sumamos el trabajo elaborado por Miguel Manríquez Durán y Tonatiuh Castro Silva, “Globalización y diversidad cultural en el Sonora contemporáneo. Varaciones sobre región, etnia y lenguaje”, publicado por la revista Región y Sociedad.

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Proceso (México)

El descubrimiento de un entierro prehispánico en un rancho del municipio nuevoleonés de China reforzó el desmantelamiento de la vieja teoría sobre el nomadismo de los chichimecas.

Después que un ranchero denunció el hallazgo de un cráneo, investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), comenzaron una investigación que culminó en la detección de una osamenta parcialmente fosilizada que, por su posición, revela que fue sepultada.

Las crónicas y estudios históricos anteriores habían establecido que los indígenas del norte de México fueron nómadas salvajes que no daban sepultura a sus muertos. Sin embargo, con el hallazgo de la osamenta de China, se derrumbó otro mito en torno de las tribus también identificadas como chichimecas.

Apenas el pasado 30 de enero, Apro dio a conocer que la localización de los vestigios de una aldea –en la llamada Loma del Muerto, en el municipio de General Terán– hizo tambalear la añeja teoría.

En la Loma del Muerto se descubrieron numerosas estructuras que albergaron habitaciones, así como un centro ceremonial y un espacio subterráneo que era utilizado como observatorio astronómico.

Al igual que en el sitio de General Terán, tocó a la arqueóloga Araceli Rivera Estrada encabezar la investigación.

Actualmente colabora en este caso el doctor Arturo Romano Pacheco, quien está determinando características antropológico-físicas en la osamenta para confirmar sexo y patologías.

No obstante, los arqueólogos del INAH lograron determinar preliminarmente que se trató de una mujer anciana, que perdió la mayoría de sus piezas dentales en vida y que padecía una severa osteoporosis.

Incluso en los medios locales se ha insistido en caracterizar el hallazgo como “La dama de China”.

Entrevista a Lewis Binford

febrero 11, 2008

Revista Ñ (Argentina)

Lewis Binford es uno de los arqueólogos más importantes de la actualidad. Fundador en la década de 1960 de lo que se dio en llamar “Nueva Arqueología”, sus trabajos determinaron una nueva concepción de la disciplina, algo que hasta sus mayores detractores admiten. Su relación con la Argentina es de larga data y, por eso, recientemente asistió al XVI Congreso Nacional de Arqueología Argentina, donde dictó una conferencia en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy.

Se dedicó a la albañilería hasta que fue reclutado durante la Segunda Guerra Mundial y enviado a los cuarteles de MacArthur, ocasión en la que terminó transformándose en una suerte de vocero de los aldeanos locales. En la universidad, fue un desencantado estudiante de antropología y, luego, un adversario de las viejas preguntas de la arqueología.

Cuando se le piden precisiones sobre su profesión, dice: “Los arqueólogos tratan de aprender cosas acerca de la diversidad de los humanos. Y, en ese sentido, la arqueología es parte de la antropología.

Pero después, ¿por qué las cosas cambian con el tiempo? ¿Por qué cuando uno excava lo que encuentra es cambio? Esas son las grandes preguntas de la arqueología y para responderlas hay que utilizar las estrategias que usan las ciencias. Pero fundamentalmente, para mí, la pregunta del arqueólogo debe girar en torno del método. Porque si uno hace lo mismo todo el tiempo, si uno sigue recetas establecidas, no hay aprendizaje”.

–¿Siempre pensó en ser arqueólogo?

–No. De chico mi modelo era mi familia, y todos hacían trabajo manual. Por eso empecé como albañil. A los 15 años ya era oficial de albañilería y había comenzado a trabajar con un contratista que hacía casas. Pero todavía estaba en la escuela y sólo podía trabajar los fines de semana. Nos hicimos amigos y terminé casándome con su hija, que fue mi primera esposa. Yo era muy joven, sí, pero sabía que me iban a llamar para la guerra –que ya había empezado–, y eso nos llevó a casarnos. Es decir que antes de interesarme por la arqueología, había trabajado con las manos.

–¿Y cómo fue que se acercó a la arqueología?

–Eso tuvo que ver con las experiencias que viví durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando fui reclutado, ya casi al final de la guerra, el ejército me tomó un test y resultó que yo era bueno para los idiomas. De modo que fui enviado a California, a una escuela, para aprender japonés. Me fue bastante bien y me mandaron como intérprete a los cuarteles de MacArthur. Mi primera tarea estuvo vinculada con los prisioneros. Los militares japoneses no les habían contado a sus familias qué les había pasado a estos soldados. No sabían si estaban vivos o muertos. Nosotros no sabíamos nada de los muertos, pero teníamos registrados los nombres de quienes habían sido tomados prisioneros y también conocíamos los nombres de las aldeas de las que procedían. Entonces me encargaron ir a esas aldeas, con una lista enorme, y darle información a cada una de ellas sobre los pobladores que estaban presos. En todas estas aldeas rurales había un jefe y, cuando yo llegaba, llamaban a todas las familias y había festejos porque yo les traía buenas noticias. Además, para ese momento, llegaron al cuartel informes de que los militares estaban haciendo cosas bastante estúpidas. En Okinawa, por la falta de agua, hay problemas para encontrar lugares donde sembrar arroz. Los militares tomaron uno de estos escasos lugares y decidieron armar allí una cancha de golf para los oficiales. La gente no estaba muy contenta con eso, claro. Me lo dijeron y yo se lo transmití a mis superiores, por lo que me convertí en una especie de vocero de los aldeanos locales. Además, los militares empezaron a construir caminos y así comezaron a encontrar tumbas. Ese fue mi primer contacto con la arqueología. Empecé a colaborar con los historiadores, que podían leer el japonés antiguo, y a descifrar los nombres de la familia, el año del entierro, quién era esa persona. Había muchos artefactos que acompañaban las tumbas y sugerí la construcción de un museo. Los militares lo aprobaron. Después de la guerra, el ejército me ofreció seguir, pero les dije que prefería ir a la universidad, que era lo que quería hacer antes de que me reclutaran.

–¿Y ya tenía definido qué iba a estudiar?

–Antes no, pero después de estas experiencias estaba decidido a seguir antropología. Empecé a estudiar en Carolina del Norte pero enseguida me decepcioné, porque los antropólogos se limitaban a describir culturas y a hablar de la relatividad cultural. Yo quería saber por qué las culturas cambiaban y ellos no me podían responder. Pensé que la respuesta podía estar en la arqueología que, en mi país, es una especialización de la antropología. Justo en ese momento, comenzaron a construir una represa que iba a afectar un espacio muy grande. Nos propusieron entonces, a un colega y a mí, a realizar un estudio del área que iba a quedar sumergida. La idea era recuperar la mayor cantidad de información arqueológica posible en el menor tiempo. Pronto nos dimos cuenta de que con una pala no íbamos a llegar a ningún lado. De modo que decidimos dejar el cucharón y los pinceles de lado y experimentar con algo nuevo. Sabíamos que, por el turismo, durante el verano no se hacían reparaciones en las calles. Le dijimos al condado que queríamos trabajar con los bulldozers para excavar pozos que nos permitieran tener un gran panorama primero, para saber dónde hacer excavaciones más detalladas después. Fue una de las primeras veces en que se trabajó así.

–¿Cómo continuó su carrera?

–Terminé mi master en Carolina del Norte y me fui a la Universidad de Michigan. En aquel momento, de ese centro procedían las distintas visiones que se tenían de la arqueología. Allí me doctoré y empezaron los problemas. Primero, porque yo tenía una pequeña empresa de construcción en Carolina y tuve que vender todo y abandonar la construcción. Después, para el momento en que estaba haciendo mi tesis, James Griffin, el arqueólogo más importante del Departamento de Antropología, había decidido que yo estaba loco y que la Nueva Arqueología era realmente mala. Griffin no me dejaba doctorarme. Finalmente, otros miembros del departamento, como Marshall Sahlins, aprovecharon una ausencia de Griffin y me permitieron defender mi tesis. A su regreso, Griffin se puso furioso, rojo como un tomate. Supe que me tenía que ir de Michigan y me fui a enseñar a la Universidad de Chicago.

–Cuando usted fue contratado en Chicago, ¿sabían ellos lo que estaba pasando con la Nueva Arqueología?

–Sí, lo sabían. Querían tener más estudiantes y pensaron que conmigo iban a atraerlos. Y así fue. Pude formar allí una nueva generación de arqueólogos que fueron muy importantes. –¿En qué momento exacto comenzó a pensar las ideas que dieron origen a la Nueva Arqueología?

–Para serle franco, yo no estaba solo ni era el único. En ese entonces, los arqueólogos éramos pocos. Muchos habían estado en la guerra, teníamos aproximadamente la misma edad y esa circunstancia facilitó los contactos entre nosotros. Pensábamos que se podía hacer mucho más de lo que se nos había enseñado. Éramos mayores que el resto de los estudiantes y estábamos casados, lo que constituía una diferencia. Mi mérito, supongo, es haber sido el primero en plantear por escrito las críticas y las propuestas que teníamos para hacer.

–¿Cuáles diría que fueron los principales postulados de la Nueva Arqueología que hicieron que efectivamente se la considerara “nueva”?

–Hasta ese momento, se nos enseñaba a clasificar las piezas arqueológicas. O sea, a encontrar en un sitio arqueológico un tipo de punta de flecha X, al cual le seguía en el tiempo otro tipo de punta Y, y así, en una sucesión temporal. Luego de establecida esa serie en un sitio, cada vez que yo encontrara el tipo X podría hablar de ese período cronológico que ya había fijado en otro sitio. Entonces, una vez clasificadas las piezas, los datos hablaban por sí solos. Si una punta de flecha X aparecía primero acá y después allá, bueno, había “migrado”. A los que iniciamos esta nueva forma de pensar la arqueología, esa postura nos parecía ingenua. Los datos nunca hablan. ¡Son los científicos los que hablan! Nosotros, entonces, propusimos pensar en problemas y postular hipótesis que pudieran ser sometidas a prueba. Aunque después se supiera que esas hipótesis eran falsas o incorrectas, el hecho de postularlas y de someterlas a prueba era un avance: esas cronologías armadas sobre la base de tipos de puntas no se podían someter a prueba. Lasreacciones fueron algo airadas. Me acuerdo que en un congreso, en una sesión, había en el fondo un tipo de la vieja ola con el cual discutimos públicamente un buen rato. De repente el hombre se levantó y me dijo: “Si esto es la Nueva Arqueología, yo no quiero tener nada que ver con ella”. Y se fue, teatralmente, esperando que todos sus estudiantes lo siguieran. Pero los tiempos estaban cambiando: ninguno se movió y se quedaron escuchando lo que teníamos para decir.

–Usted no se limitó a culturas del pasado, como hacen otros arqueólogos, ya que realizó numerosos trabajos estudiando a cazadores-recolectores actuales. ¿Qué lo llevó a dedicarse a la etnografía?

–La etnografía me ayudó a aprender sobre métodos. Creo que lo que une todos los pasos de mi carrera es mi pregunta sobre los métodos: cómo aprendemos cosas, cómo evaluamos nuestros argumentos, métodos de aprendizaje o estrategias. Y los cazadores- recolectores actuales saben cómo construir sus conocimientos. Cuando fui a trabajar con los Nunamiut, un grupo esquimal de Alaska, me di cuenta de que ellos sabían todo lo que había sucedido en un lugar a partir de los huesos. Me decían: “Un viejo estuvo acampando aquí hace tres días. Estaba su hija con él”. Podían leer los huesos. Los Nunamiut, como otros cazadores-recolectores actuales, hacen cotidianamente lo que un arqueólogo debería ser capaz de hacer con sus materiales. Por eso también trabajé fundamentalmente en el desierto de Kalahari, en África, y en Australia. Allí los cazadores-recolectores nos permiten saber qué cosas producen, qué patrones dejan sus campamentos, y los arqueólogos podemos usar esos conocimientos para interpretar los materiales que encontramos en el presente y saber lo que ocurrió en el pasado. Para ser más claro, hacemos lo que hacen los investigadores de CSI. ¿O son ellos quienes hacen lo mismo que los arqueólogos?