Diario Hoy (Argentina).- Mar del Plata no sólo es noticia por sus playas, sino también por sus riquezas arqueológicas. Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de La Plata dio a conocer ayer que el sitio encontrado en el barrio Alfar, en plena zona urbana, tiene una antigüedad de 5.700 años. Se hallaron objetos confeccionados en piedra y restos fósiles que revelan la existencia de pobladores en la región hace más de 5 mil años.

Alfar está ubicado en la margen derecha del arroyo Corrientes, a 650 metros de la línea de costa. Fue descubierto mientras se hacían obras para la Cumbre de las Américas en 2005. Las máquinas viales que operaban sacaron a la superficie instrumental construido en piedra y restos óseos. A partir de ese hallazgo, el museo arqueológico Guillermo Magrassi pidió la intervención del Instituto de Cultura de la provincia de Buenos Aires y del Museo de Ciencias Naturales de la UNLP.

Según indicó a Hoy el antropólogo Mariano Bonomo, las excavaciones para los estudios son realmente complejas, ya que el sitio está ubicado dentro del arroyo. El especialista es investigador del Conicet y llevó adelante las investigaciones junto al antropólogo Diego León y la colaboración del estudiante Eduardo Apolinaire.

A partir de los estudios se comprobó que Alfar presenta importantes particularidades con respecto a otros sitios del sudeste bonaerense. Es uno de los pocos que, cercano a la costa, está en estratigrafía, es decir, en profundidad, lo que permite leer sedimentos y su relación con los materiales hallados, que los sitios de superficie no admiten.

La llanura bonaerense, hasta el momento, no poseía sitios datados entre los 5.000 y 6.000 años, por lo tanto algunos investigadores conjeturaban que durante esos milenios se había producido un despoblamiento general de esa región. Con las recientes investigaciones se puede decir que Alfar fue ocupado por cazadores recolectores prehispánicos en el Holoceno medio y/o tardío.

El hallazgo permitió concluir que las principales actividades desarrolladas por estos grupos humanos fueron la talla y manufactura de instrumentos con rodados costeros. Y que emplearon rocas de distinto origen con las que confeccionaron raederas, filos retocados, bolas de boleadora, yunques y percutores. También, que se dedicaban al procesamiento y consumo de lobos marinos y guanacos, a los que cazaban.

Los investigadores de la UNLP destacaron que el registro faunístico de Alfar posibilita ampliar información sobre la subsistencia de las sociedades prehispánicas del litoral marítimo pampeano.


Más que un antropólogo

enero 24, 2009

El Periódico (Guatemala).- El antropólogo, Charles R. Hale, estadounidense, blanco, de clase media alta, educado en Harvard y Stanford, ha utilizado sus conocimientos para dedicar más de 25 años a analizar la categoría raza –como una construcción social– desde una perspectiva crítica. Esto le ha permitido realizar una incisión, junto a su colega Edmundo T. Gordon, antropólogo afroamericano, en esta disciplina para crear la corriente de la antropología social activista que entierra la posición de asumir a las comunidades o a sus integrantes como objetos de investigación que terminan siendo útiles para generar publicaciones que facilitan una carrera académica individualista y “apolítica”.

Por el contrario, la antropología activista busca generar una conexión orgánica con luchas específicas de pueblos subalternos, a través de un trabajo académico de alto nivel, con acompañamiento político de largo alcance y de respeto hacia las comunidades y sus entornos.

Su compromiso intelectual y político ha llevado al doctor Hale a trabajar en Bolivia con líderes indígenas y académicos de distintas tendencias ideológicas, mucho antes de que los ojos del mundo se detuvieran en ese país gracias al triunfo de Evo Morales. Posteriormente, con su familia se trasladó por varios años a Nicaragua en donde apoyó los esfuerzos de la revolución sandinista por construir equidad, lo que lo llevó a inmiscuirse en la lucha del pueblo miskito que con derecho se negaba a ser cobijado bajo el único paraguas: el de la igualdad social. Se puso a caminar con ellos, buscó entender sus luchas y apoyó las demandas de autonomía que los pueblos de la costa atlántica lograron bajo el sandinismo. De este complejo proceso entre el Estado y pueblos indígenas publicó el libro: Resistance and Contradiction: Miskitu Indians and the Nicaraguan State, 1894-1987.

Posteriormente, lo cautivó Guatemala y la insurrección indígena. La entereza estoica de un pueblo maya que no dejó de ser crítico a las ortodoxias, que contra los análisis y planes militares no fue aniquilado, que se levantó dignamente y no fue vencido en el último genocidio estatal. A partir de su llegada empezó a crear redes familiares, académicas y de activistas, que lo llevaron a comprender la necesidad de entender que otro desafío de Guatemala, es no caer en la trampa del multiculturalismo neoliberal, por ser una respuesta superficial que no transforma las opresiones sustantivas.

La Consejera de Cultura Miren Azkarate, Gurutz Larrañaga, Viceconsejero de Cultura Juventud y Deportes,  la Directora de Patrimonio Cultural Arantza Arzamendi y la responsable del Centro, Koro Mariezkurrena,  han presentado esta mañana el nuevo Centro de Depósito de Materiales arqueológicos y paleontológicos del Gobierno Vasco en Gipuzkoa , ubicado en el barrio donostiarra de Intxaurrondo. Este Centro de Depósito, de 1.000 metros cuadrados de superficie útil, es un servicio del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco y en el mismo se albergan y están a disposición de los investigadores los materiales de yacimientos arqueológicos y paleontológicos de Gipuzkoa que se han ido formando a lo largo de más de 100 años de investigaciones, y siguen y seguirán creciendo al compás de la actividad actual y futura.

El Centro de Depósito de Materiales arqueológicos y paleontológicos del Gobierno Vasco es un servicio del Departamento de Cultura destinado a la conservación, catalogación y puesta a disposición de investigadores de los materiales arqueológicos y paleontológicos descubiertos en el territorio histórico de Gipuzkoa, además del préstamo de fondos para su exhibición y muestra en exposiciones o Museos. Con mil metros cuadrados útiles y dotado de las más modernas medidas para garantizar la adecuada conservación de los materiales depositados, el  servicio del Centro de Depósito va a ser atendido por un equipo formado por personal con solvencia técnica acreditada en materia de paleontología del cuaternario, y arqueología prehistórica e histórica, así como una serie de asesores científicos en otros ámbitos relacionados con las colecciones depositadas y su conservación.
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Dado el debate producido en Bolivia respecto a la pertinencia de hablar de “naciones indígenas” y sus consecuencias políticas quisiera sumar un apresurado aporte teórico al interesante debate allí originado (más allá de la acusación de “falsa ciencia” atribuida a la antropología por el Sr. Jorge Echazu Alvarado), teniendo siempre presente que la base de esta elaboración tiene centro en Europa y su particular experiencia, y que por ello presenta puntos diferenciales respecto de una realidad americana producto de la conquista.

Podemos, entonces, partir de la ya famosa frase de Benedict Anderson y su idea sobre la nación, la que es pensada como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Para Anderson, “la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo”.

Según el modelo de expansión en Europa, Anthony Smith considera dos tipos de naciones: las territoriales y las étnicas. En las territoriales la inclusión o exclusión está dada por los límites. La ciudadanía y la pertenencia territorial están estrechamente entrelazadas. Es el concepto más moderno de nación. Por su parte, las naciones étnicas otorgan la nacionalidad a partir de vínculos ancestrales comunes. Smith destaca que toda nación debe tener un cierto anclaje en lo étnico, a la vez que reconoce un suelo natal. Lo ancestral, como depósito de las experiencias colectivas, y lo territorial, como continuidad de la nación histórica. Smith toma al grupo étnico como la antesala potencial de una nación, siendo lo que caracteriza a dicho grupo la pertenencia común a un nombre, un mito de origen, una cultura, una historia y un territorio. De realizarse la Nación como tal, son esos lazos primordiales los que la diferenciarán de otras. La hermandad y solidaridad del grupo surgen del mito motor, es decir un mito constitutivo que encierra un proyecto político, y que si no existe debe ser inventado. Ese sentido de solidaridad será fundamental para el desarrollo del nacionalismo.

De Eric Hobsbawn rescataré el sentido moderno del término nación (siglo XVIII) y sus transformaciones a fines del siglo XIX. Es de destacar que para fines del siglo XVIII un diccionario holandés subrayaba la particularidad francesa e inglesa de aplicar el término de nación abarcando a pueblos que no hablaban la misma lengua; claro que para adquirir los derechos ciudadanos primero debieron adquirir el idioma oficial del Estado.

Las aspiraciones nacionales surgen en un determinado contexto histórico, social, político y económico, en estrecha vinculación con lo que Hobsbawn llama el protonacionalismo popular, con sus elementos étnicos, lingüísticos, religiosos y territoriales. Hobsbawm nos habla de nacionalismos históricamente justificables, es decir aquellos que por cuestiones de escala permitían a sus sociedades encajar en el progreso. Por ello remarcará al respecto: “¿cuál podría ser la defensa de los pueblos pequeños, las lenguas pequeñas y las tradiciones pequeñas, en la inmensa mayoría de los casos, sino una expresión de resistencia conservadora al avance inevitable de la historia?”. “La gente, la lengua o la cultura pequeña encajaba en el progreso sólo en la medida en que aceptara la condición de subordinada de alguna unidad mayor o se retirase de la batalla para convertirse en depositaria de nostalgia y otros sentimientos: en pocas palabras, si aceptaba la condición de viejo mueble de la familia que le asignó Kautsky”.

Una visión más próxima a la experiencia americana es subrayada por el antropólogo brasileño João Pacheco de Oliveira, para quien la noción de territorialización debe ser definida como un proceso de reorganización social que implica la creación de una nueva unidad sociocultural mediante el establecimiento de una identidad étnica diferenciadora, la constitución de mecanismos políticos especializados, la redefinición del control social sobre los recursos ambientales y la reelaboración de la cultura y de la relación con el pasado.

Como decía el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla , “la noción de un origen común, la identidad colectiva, el territorio, la unidad en la organización política, el lenguaje y otros rasgos comunes, adquieren valor como elementos característicos del grupo étnico, en la medida en que sea posible encuadrarlos dentro de esa relación específica y significativa entre sociedad y cultura propia”. Esa relación estaría dada por el control cultural, “es decir la capacidad social de decisión sobre los elementos culturales”.

El antropólogo Fredrik Barth supo destacar que los procesos identitarios deben ser estudiados en contextos precisos y percibidos como actos políticos, ya que los límites, las fronteras, de un grupo étnico son construidos por los propios miembros a partir de diferenciales culturales que se resignifican en un proceso de autoadscripción, dado por una interacción social significativa con otro.

Quisiera destacar aquí el concepto de etnogénesis. La etnogénesis fue y es un proceso histórico que refiere a la dinámica cultural y política de las sociedades anteriores o exteriores al desenvolvimiento de los Estados nacionales. Es el proceso básico de configuración y estructuración de la diversidad cultural humana. Así el antropólogo Miguel Bartolomé afirma que subyacente al desconcierto ante los fenómenos de etnicidad está presente la reificación del Estado-nación, al cual se atribuye la capacidad de producir una deseada homogeneización cultural, para lo cual las lealtades étnicas son percibidas casi como una traición a la patria.

Por ello el concepto de “etnicidad” no es equiparable a la idea homogeneizante y colonialista de “indio”. Es una categoría para el estudio de determinados procesos identitarios ocurridos en los distintos grupos humanos. Ahora bien, debemos convenir que cuando hablamos de “pueblo” y/o “nación” implica darle un carácter netamente político a ese proceso identitario, lo cual no es ni bueno ni malo en sí mismo. En lo personal la acción política de las sociedades no me asusta, a menos que asuma un perfil racista y opresor. Ya de por si, recuperar, como en el caso americano, una identidad estigmatizada por la discriminación social supone asumir una actitud de desafío respecto de la comunidad hegemónica con la que se desenvuelve a diario.

Barth ya había estudiado, en situaciones de contacto, el rol de determinados agentes que se definen como élites, que en su afán de participar en sistemas sociales más amplios optan por las siguientes estrategias: 1) incorporarse a la sociedad más amplia, 2) aceptar el status de minoría, para intentar reducir sus desventajas en un proceso de articulación entre ambas sociedades, y 3) acentuar su identidad étnica con el fin de luchar por alcanzar nuevas posiciones, hasta la creación de nuevos estados.

Entonces, asumimos que la resignificación de la especificidad étnica de un grupo dado bien puede ser utilizada como soporte de un específico objetivo político, ligado a la construcción de un proyecto nacional. “La interacción colonial, aún en los casos menos evidentes, refuerza la construcción de identidades étnicas que se resignifican a medida que los juegos de oposiciones reubican a los actores en nuevas coyunturas políticas y económicas o, en otros términos, históricas” (Lorandi y del Río).

Como afirma el antropólogo Alejandro Grimson, “la nación” también puede ser vista como un marco en el que se desarrolla una experiencia histórica y social concreta, a partir de la constitución de actores sociales específicos, experiencia ésta que “configura culturas nacionales del relacionamiento”. Y ya que hablamos de Grimson diremos que este debate que instaló el diario La Razón refleja a “la nación” como un campo de interlocución en el que se dan dos luchas. Una por las categorías, y por los significados de esas categorías. Y otra por el campo de interlocución en sí.

Leandro Etchichury

Jorge Echazu Alvarado (Bolpress)
En el periódico “La Razón” del domingo 4 de enero de 2009, se ha publicado un artículo sobre las 36 naciones indígenas que existen en el territorio boliviano y que se encuentran consignadas en el texto del Proyecto de Nueva Constitución Política del Estado. Según los antropólogos Wigberto Rivero (Vice-ministro de Bánzer) y Milton Eizaguirre la “tesis” nacional carecería de base “académica”.
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(Notimex).- La producción de 10 obras antropológicas y la creación de un grupo de asesores son algunas de las metas que se ha puesto para julio la tercera etapa del proyecto Etnografía de las regiones indígenas de México en el nuevo milenio: Una contribución al desarrollo y actualización de la antropología mexicana, del INAH.

Tras señalar tareas pendientes en materia de inclusión de los pueblos indígenas en el panorama nacional, la Coordinación Nacional de Antropología (Cnan) del Instituto pondrá en marcha esta tercera etapa, orientada a los procesos de articulación social y diálogo intercultural en un Estado pluriétnico.
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El País (España).- Pocas serán las instancias culturales y académicas de todo el mundo que no estén celebrando de algún modo estos días el centésimo cumpleaños de Claude Lévi-Strauss, sin duda uno de los autores más influyentes del siglo XX. Todas las ciencias sociales, la crítica literaria, el psicoanálisis, la lingüística, la historia, la filosofía…, llevan medio siglo dialogando con él, incluso contra él, sin que ninguna haya podido sortear su ascendente. Sería vano intentar añadir desde estas páginas algo a lo ya dicho por tantos y en tantos sitios. Cientos de libros, artículos, monográficos, exposiciones, programas y ciclos especiales, en decenas de idiomas, lo están haciendo o lo harán mejor que lo que se intentaría aquí. Un rasgo merece, no obstante, ser destacado: el autor de Tristes trópicos y El pensamiento salvaje no es propiamente un pensador o un intelectual, aunque haya sido reconocido como tal. Claude Lévi-Strauss es, sobre todo, un antropólogo.

He ahí un elemento de la personalidad del ahora homenajeado en el que merece la pena detenerse. Lo que Lévi-Strauss nos ha transmitido es un conocimiento que no es sólo resultado de una honda reflexión sobre el vivir juntos humano, sino de los testimonios que una determinada ciencia social ha podido establecer acerca de hombres y mujeres concretas, cuya vida concreta -en tiempos y lugares no menos concretos- otros hombres y mujeres fueron a conocer de cerca. Seres humanos estudiando seres humanos, conociendo y dándose a conocer, recolectando tecnologías y sabidurías ajenas y lejanas, aprendiendo de gentes que siempre sabían más que quienes les estudiaban. Una disciplina -la antropología- que nació y existió para que pudiéramos instalar nuestra sociedad entre todas las demás sociedades y elaborásemos, con el conjunto producido, algo parecido a una cartografía de la condición humana en toda su amplitud.

Pero si Lévi-Strauss ha podido enseñarnos tanto y marcar nuestra época es porque pudo desempeñar su tarea como investigador y como docente en un contexto en el que la ciencia que ejercía merecía un reconocimiento, en una sociedad para la que la antropología era importante y que escuchaba lo que se le decía desde ella. Ése ha sido el caso francés y el de su área de influencia cultural, como lo ha sido el de la mayoría de países anglosajones, con el Reino Unido o los Estados Unidos a la cabeza. Otra cosa es lo que vaya a ser en el futuro -y de ello hablan las protestas estudiantiles “anti Bolonia” de estos días en toda Europa- de aquellas áreas académicas que no se demuestren lo bastante rentables o serviles. Pero, al menos hasta ahora, la antropología ha estado ahí, en esos países y en otros, viendo atendida públicamente su forma de dar con las cosas humanas, mirándolas de cerca y comparándolas entre sí.

Por desgracia, ese no es el caso de la antropología española. Una disciplina que había nacido en el último cuarto del siglo XIX se incorporaba con ánimo crítico al ámbito universitario español a principios de la década de los años 70 del siglo pasado, pero ha permanecido encapsulada en él hasta ahora. A pesar de la proyección internacional de algunos de sus exponentes -Julio Caro Baroja, Carmelo Lisón Tolosana, Claudi Esteva Fabregat-, miles de estudiantes y licenciados en antropología no pueden desarrollar plenamente lo que son o van a ser: antropólogos. Por ello, en un momento en que se abre la perspectiva feliz de un grado de Antropología en algunas universidades españolas, se entiende la preocupación de esas mismas universidades para que la disciplina que enseñan logre trascender su actual acuartelamiento académico. Es en esa dirección que todas ellas trabajan en orden a la creación de un colegio profesional que regule la práctica de una profesión tan necesaria como inexistente, en la medida en que sus miles de licenciados actuales y quienes obtengan la nueva titulación se van a ver obligados a aplicar lo que han aprendido bajo todo tipo de denominaciones profesionales, que, salvo pocas excepciones, podrán ser de cualquier cosa menos la de antropólogos.

Y lo que sorprende es que esa invisibilidad forzada de los antropólogos españoles en tanto que tales contrastes con la pertinencia y hasta con la urgencia de una mirada como la suya para observar y entender cuestiones centrales para los tiempos que corren. La antropología almacena décadas de trabajo en áreas como la de la vivencia de la enfermedad y de la muerte o la de los estilos que adoptan los diferentes grupos de edad -jóvenes, ancianos…-, siempre desde una perspectiva que recoge su variabilidad histórica y cultural. Los antropólogos han advertido hasta qué punto los objetos son fundamentales para entender la cultura que los ha creado y usado, por lo que tienen un papel que jugar en la protección y la divulgación del patrimonio cultural, defendiendo lo que de él se mantenga vivo y custodiando y haciendo accesible su pasado en museos. Su preocupación por la práctica y la concepción del espacio convierte en fundamental la perspectiva que les es propia en temáticas territoriales, tanto rurales como urbanas, en contextos en los que las grandes dinámicas de transformación no suelen tener en cuenta el precio social a pagar. La comprensión del sentido que los seres humanos otorgan al medio que los rodea y a sí mismos dentro de él, hace de los antropólogos interlocutores necesarios en los debates medioambientales y ecológicos.

Una experiencia abundante en el campo del estudio de los mitos y los símbolos rituales le permite al antropólogo detectar qué funciones y a qué demandas satisfacen las prácticas religiosas vigentes en nuestra sociedad, tanto las tradicionales como otras que hasta hace poco podrían habernos resultado exóticas. El mercado y los hábitos de consumo no son ajenos al conocimiento que los antropólogos tienen de la dimensión económica de la vida social y ni siquiera las recién nacidas tecnologías de la comunicación se escapan a la competencia que han demostrado a la hora de estudiar los lenguajes humanos. Tanto la diversificación creciente que conoce la institución familiar como el aumento de los contactos entre formas de ser y de estar derivados de los flujos migratorios o del turismo deberían hacer idónea una visión como la suya, especialmente entrenada para encarar la heterogeneidad. No se olvide que la antropología ha sido estratégica en orden a desautorizar todos los argumentos que han intentado mostrar como “natural” la desigualdad humana y continúa siendo fuente de recursos teóricos contra las nuevas y las viejas formas de racismo, xenofobia y sexismo.

La antropología se antoja ahora más que nunca útil en orden a entender las lógicas y las dinámicas que organizan nuestro presente, reconociendo en él cambios constantes, pero también repeticiones e inercias. Ese es su trabajo: ver de qué están hechas la diversidad y la complejidad sociales y mostrarlas no, como se pretende, en tanto que motivos de alarma, sino al contrario: como la materia primera de que se nutre la capacidad de las sociedades humanas para mejorarse a sí mismas.

Esa es la virtud fundamental de Claude Lévi-Strauss. Mirar como mira un antropólogo, contemplando lo remoto como ordinario y sorprendiéndose ante lo cotidiano, ejerciendo un oficio en el que la competencia y la versatilidad explicativas nunca han ido separadas de una fuerte dimensión ética, preocupada por pensar y dar a pensar el valor de la pluralidad humana y la necesidad de defenderla. Celebrar la vida de Lévi-Strauss es celebrar su vida de antropólogo. Pero se hace el elogio del sabio, sin hacer lo propio con la naturaleza misma de su saber, su fuente y su sentido. Al tiempo que multiplican las alabanzas al maestro, bien estaría que se reconociera el esfuerzo y la singularidad de quienes han decidido seguir su camino.

Manuel Delgado es profesor de Antropología en la Universidad de Barcelona y prologuista y traductor de Claude Lévi-Strauss.