Euskonews ha conversado con la antropóloga Anuntxi Arana.

Nació en Luiaondo (Ayala) en 1947. Vive en Anglet (Lapurdi). En 1996 realizó en euskera su tesis doctoral en torno a la mitología vasca: Orozko haraneko kondaira mitikoak (Leyendas Míticas del Valle de Orozko), publicada por la UPV/EHU.

Por otra parte, ha estudiado creencias y leyendas del País Vasco Norte en libros como Bidarraiko Harpeko Saindua (El Santo de la Cueva de Bidarrai) o la edición de Ipar Euskal Herriko legenda eta ipuinak (Leyendas y Cuentos del País Vasco Norte, 1986) de Cerquand.

En el año 2000 publicó el libro Mito hurbilak (Mitos Cercanos) y en 2004 Mitoen bilakatzea (Devenir de los Mitos), en la editorial Gatuzain. En 2008, Euskal mitologiaz: jentilak eta kristauak (Sobre la mitología vasca: gentiles y cristianos), en la editorial Elkar.

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Página12 (Argentina).- En el colegio se aburría, en la universidad no lograba sentirse cómoda. La vida de la socióloga y antropóloga francesa Michèle Petit, tironeada entre el Pato Donald y Thomas Bernhard, es como una película filmada en los márgenes de la gran industria cinematográfica. En junio de 1940 un muchacho de dieciocho años, su padre, abandonó París justo cuando el ejército alemán invadía el norte del país. Durante su fuga, el padre conoció a un grupo de refugiados políticos españoles que huían del franquismo. Y aprendió y cantó las canciones de la República. La familiaridad con el español le facilitó que años después partiera rumbo a Colombia, con una hija de trece años, para dar clases de matemática en un centro universitario. Sus primeras exploraciones como lectora empezaron en una biblioteca, la de la Alianza Colombo-Francesa de Bogotá, en medio de las plantas tropicales. Los libros le permitían construirse a sí misma, le decían que no estaba loca ni era tan rara, que había otras maneras de vivir y de pensar. Después de tres años regresó con su familia a París. Otra vez al Liceo, al rebaño uniformado con las blusas de color beige, a la asfixia de las aulas. Mayo del ’68 la sorprendió deambulando por las calles, observando cómo la gente discutía a lo largo del boulevard Saint Michel. Por fin ocurría algo, el mundo parecía cambiar. Una pena de amor la excluyó de esa fiesta. Las carreras literarias eran para las jóvenes de la burguesía de alcurnia, pero Petit pertenecía a una clase media en ascenso que debía ser moderna y estudiar alguna carrera científica. Se anotó en Sociología como solución intermedia entre las letras y las ciencias. Pero la literatura la salvó. A los 22, decidió estudiar griego moderno. Y anduvo por España y Grecia, por México y Guatemala. Después de investigar las diásporas china y griega, en 1992 comenzó a trabajar el tema de la lectura y la relación de distintos sujetos, especialmente de ámbitos rurales o barrios marginales, con los libros.

Petit se siente como en casa en Buenos Aires, “ciudad de gigantes”, como la define en el prólogo de Lecturas: del espacio íntimo al espacio público (FCE), que visitó por primera vez en la Feria del Libro del 2000. El sábado cerró el II Encuentro Nacional de Bibliotecas Populares, organizado por la Conabip, ante más de 1100 bibliotecarios. Los ojos curiosamente insaciables de la antropóloga francesa están siempre en estado de alerta. Es una cazadora que no quiere que nada se escape de la telaraña envolvente que teje con su mirada. El color de sus ojos varía de acuerdo a cómo la ilumina la luz. Si es de frente, parecen verdes tirando a grises, si es de lejos o de forma oblicua, el color es miel o avellana. “Si hoy fuera adolescente, ante estos discursos que se repiten hasta el hartazgo de que ‘hay que leer’, creo que me iría a jugar a los videojuegos en vez de leer”, admite la antropóloga en la entrevista con Página/12 mientras camina por los pabellones de la Feria en busca de un café donde poder charlar un poco más tranquila.

–¿Por qué conviven de un modo un tanto esquizofrénico ese discurso imperativo, “hay que leer”, con la visión de que la lectura sigue siendo una actividad peligrosa o prohibida?

–Las generaciones anteriores, en muchas circunstancias, leían bajo las sábanas, con la lámpara iluminando apenas el libro, contra el mundo entero. Pero ahora la lectura aparece como una faena austera a la que uno debe someterse para satisfacer a los adultos. El peligro de que las autoridades políticas, educativas, maestros y padres coincidan en este “hay que leer” es que muchos chicos no quieran leer y salgan corriendo a jugar a los videojuegos. Poder transmitir el hábito de la lectura es una tarea muy sutil. A veces los discursos que hay en torno de la lectura tienen algo que va en contra de lo que pretenden defender. El tema de las prohibiciones no ha caducado. Cuando empecé a trabajar sobre la lectura hace unos quince años, en Francia, en medios rurales y en barrios marginales, me impactó rápidamente el hecho de que la gente que se había convertido en lectora evocaba espontáneamente los miedos que había tenido que traspasar, las prohibiciones que existían en su medio social contra la lectura. Por ejemplo, el miedo a pasar por perezoso, pero “¿para qué sirve la lectura?”, “eso es inútil”; otro miedo era ser visto como un egoísta. En los medios sociales donde se privilegian mucho las experiencias compartidas, la lectura en la habitación propia entre comillas aún hoy en día está mal vista.

–Leer aísla, disgrega a la persona de su grupo, pero también es una actividad rodeada de un halo de misterio, ¿no?

–Claro. Me acuerdo que una vez un señor que viajaba conmigo en un avión, cuando se enteró de que yo trabajaba sobre la lectura me dijo que las mujeres que leen son egoístas (risas). Ese secreto, ese misterio de la persona que lee, también hace que uno se vuelva lector. La mayoría de la gente que es lectora siempre evoca escenas iniciáticas: la madre, la abuela o el padre que le cuenta historias al niño o que le lee en voz alta. Pero también hay otra escena, donde los padres o los abuelos no le leen al niño, pero ellos leen, y el niño los observa y está fascinado. ¿Dónde están? ¿Qué es lo que hay en ese libro? A veces uno se convierte en lector porque quiere encontrar el secreto o misterio que tiene el libro. Y cuando no es en la familia, puede ser a través de un mediador, si se trata de un docente o un bibliotecario que tiene una incidencia fuerte en el niño.

–Usted se opone a la expresión “construcción del lector”, en la que se explicita la idea de que el lector se puede “fabricar”. ¿A qué atribuye la generalización de esta idea?

–La verdad que la expresión “construcción del lector” la descubrí en América latina, en México, Colombia y la Argentina. Me parece una idea de lo más ingenua; cada vez que la escucho pienso en la imagen de Frankestein, “vamos a construir un lector”. Es curioso porque se trata de una posición omnipotente: “Nosotros tenemos el poder de construir lectores”. Cuando empecé a trabajar con la lectura, mi primera referencia teórica fue Michel de Certeau, un investigador atípico que amaba mucho a América latina. A él le interesaba lo que pasaba del lado del lector, lo que el lector creaba. Lo que me interesó siempre fue situarme del lado del lector, estando atenta a sus maneras propias de construir sentido con lo que encontraba en los libros, de construirse a sí mismo con palabras o historias robadas de acá o de allá. Y digo robadas porque De Certeau decía que la lectura era una “caza furtiva”. La cultura se hurta, se roba; es la única manera de que funcione. Lo difícil, pero lo interesante para el mediador, es que pueda contagiar las ganas de apropiarse, de robar. Lo que podemos hacer es multiplicar las oportunidades del encuentro con personas que no repitan el imperativo “hay que leer” sino que tengan una actitud mucho más sutil frente a la lectura.

Ampliando este rechazo a la “construcción de lectores”, en uno de los ensayos de Lecturas… Petit sugiere por qué la lectura no es compatible con la idea de promoción. “¿Se le ocurriría a alguien promover el amor, por ejemplo? ¿Y encargar el tema a las empresas o a los Estados? –se pregunta la antropóloga en ‘Los lectores no dejan de sorprendernos’–. Sin embargo, eso existe. En Singapur, donde realicé investigaciones hace unos quince años, el Estado fletaba barcos del amor y los ejecutivos de empresas, solteros de ambos sexos, eran insistentemente alentados a embarcarse en esos cruceros. Me parece que éste sería un buen método para fabricar todo un pueblo de frígidos.”

–Algunos afirman que la lectura es un placer, una actividad lúdica; otros plantean que decir que la lectura es un juego es engañoso, además de frustrante, porque oculta que detrás de todo placer hay una dificultad. ¿Cuál es su posición ante estos discursos?

–El discurso del placer surgió siguiendo a Daniel Pennac, que había escrito su libro, Como una novela, en reacción a un discurso que hacía de la lectura una faena austera. Por favor, si no hay un gozo, una alegría, un placer, entonces para qué leemos. Aunque él lo planteaba de una manera más compleja, quienes retomaron esta idea la redujeron solamente al “placer de leer”. A una persona que ha crecido en un medio alejado de la cultura escrita y que le cuesta leer, si se le dice que leer es un placer, pero él no lo siente, se lo está excluyendo aún más. Es un poco complicado el tema del placer. Aprendí mucho de los propios lectores que entrevisté en medios rurales, en barrios marginales o en contextos difíciles de violencia. Esa gente no habla tanto del placer de leer. Lo que más me impactó es que evocan de qué manera la lectura les había permitido construir un poco de sentido a su experiencia humana. En Colombia, estuve con chicos que han padecido la violencia y han vivido cosas atroces; han visto morir a amigos y tienen un caparazón durísimo, heridas terribles producto del terror. Muchos ni siquiera pueden hablar. Pero de pronto se encontraban en espacios de lecturas y narración oral de historias típicas de Colombia y empezaban a recordar. Y hacían un relato de la propia vida que antes no habían podido desencadenar. La lectura reactiva el pensamiento en contextos difíciles. No vamos a pecar de ingenuos, tampoco lo soluciona todo, pero demuestra la importancia que tiene la lectura en la construcción o reconstrucción de uno mismo. Esta es la dimensión que más me interesa de la lectura, de la que menos se ha hablado, y no tanto la mera visión de la lectura como placer o distracción. Para los chicos colombianos no es una mera distracción sino que la lectura les permite integrar a su memoria sus propias historias.

–¿La palabra placer estaría asociada a un léxico típico de las clases medias?

–No. La experiencia de la lectura no es diferente de un medio social a otro. Los seres humanos estamos siempre en busca de ecos exteriores, de decir la experiencia, un duelo o estar enamorado, que no son experiencias fáciles de poner en palabras. No es por casualidad que todas las sociedades han tenido escritores, poetas, psicoanalistas, que observan la experiencia humana y que tratan de escribirla de manera condensada y estética. Todos estamos en busca de un eco de lo que pasa en nosotros.

–¿Qué opina de los discursos catastrofistas que advierten que cada vez se lee menos cuando cada vez se publican más libros en el mundo?

–Los escritores parece que temen quedarse sin clientela (risas). A esta feria viene un millón de personas, siete veces más que en la Feria del Libro de Francia, a la que van unas 160 mil personas. Acá viene gente de sectores populares, no como en Francia que es sólo para las clases medias escolarizadas. Yo no comparto ese discurso catastrofista porque tiene un efecto contraproducente y la realidad es mucho más compleja.

–¿Por qué se deposita en el libro una suerte de “utopía de la salvación”, como si leer inmunizara de todos los males, aun cuando no impidió el nazismo en Alemania ni la dictadura militar en la Argentina?

–La lectura no va a solucionar los problemas del mundo. No forzosamente construye gente crítica, con distanciamiento. Pero el que no puede apropiarse de la cultura escrita está más marginado de la sociedad. La lectura no te garantiza nada, pero si no tienes ese derecho estás más excluido porque vivimos en una sociedad donde se cambia rápidamente de trabajo y hay que estar permanentemente capacitándose. La lectura tampoco garantiza una ciudadanía activa, pero si no leés tenés mucho menos voz y voto en los espacios públicos. La lectura te permite transitar pasarelas, generar caminitos con sutileza, inventar mediaciones que facilitan la apropiación de la cultura escrita.

–En Del Pato Donald a Thomas Bernhard. Autobiografía de una lectora nacida en París en los años de posguerra confiesa que la escritura fue algo prohibido para usted, que era el privilegio de su madre, que tocarla “era como robarle sus vestidos”. ¿En su próxima visita entrevistaremos, finalmente, a Michèle Petit novelista?

–(Se ríe a carcajadas) Escribí una mala novela, que gracias a Dios no fue publicada, para repararme de una pena de amor. Escribo, es cierto, pero nunca se sabe qué puede pasar.

La Gaceta (Argentina).- Como buen mexicano, el médico Roberto Campos Navarro concilia los saberes de la ciencia occidental con los de las culturas indígenas. Estuvo en Tucumán, donde reivindicó las técnicas curativas del campo argentino

Perfil: Es médico cirujano, está doctorado en Antropología y tiene una maestría en Antropología Social. Actualmente se desempeña como docente e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de la cual egresó. Es coordinador de investigaciones de la sección de Antropología Médica del departamento de Filosofía e Historia Médica de la Facultad de Medicina. Tiene 57 años, está casado y tiene tres hijos. Vive en México DF. Asegura que no tiene un hobby determinado, pero que realiza ejercicios todos los días y que disfruta de compartir tiempo con su familia y en contacto con la naturaleza. Se define como un fanático del buen fútbol y admira a Diego Armando Maradona.

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Página 12 (Argentina).- Las diversas ramas del protestantismo fueron ganando millones de adeptos en todo el mundo, a veces escudadas en el vínculo directo con la divinidad y otras en el más puro marketing. César Ceriani Cernadas, doctor en Antropología por la Universidad de Buenos Aires y especialista en religiones, traza un arco que va desde los mormones hasta la Iglesia Universal del Reino de Dios y analiza un fenómeno que, en Argentina, ya está comenzando a echar raíces en la clase media.

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Público (España).- Con poco más de veinte años, cuando era un simple estudiante de Medicina, Bernard Wood se incorporó al primer equipo de trabajo del histórico antropólogo Richard Leakey. La labor de este grupo en África dio las principales pistas sobre el origen de la humanidad y demostró con claridad que la especie humana comenzó su desarrollo en ese continente.

Desde entonces (1978) hasta ahora, el antropólogo británico no ha dejado de investigar sobre fósiles. En su visita a España, invitado por la Fundación LaCaixa, Wood, que trabaja en el Departamento de Antropología de la Universidad George Washington en Estados Unidos, quiere recalcar su idea que de muchos de los hallazgos realizados están incorrectamente ubicados dentro del linaje del Homo sapiens. Read the rest of this entry »

Memoria del fuego

febrero 24, 2009

Lola Kiepja en 1966. Foto Anne Chapman

Lola Kiepja en 1966. Foto Anne Chapman

Página 12 (Argentina).- Desde que fue invitada a formar parte de un equipo de investigación en Tierra del Fuego durante 1964, Anne Chapman se dedicó a documentar la vida de los selk’man, también conocidos como onas. Incluso logró una amistad con Lola Kiepja, una chamana que murió en 1966 y a quien se considera la última selk’nam que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo. Ahora Chapman es la curadora e investigadora de una muestra fotográfica, histórica y antropológica llamada El fin de un mundo-Los selk’nam de Tierra del Fuego, una extraordinaria y definitiva exposición que cuenta la historia de los aborígenes fueguinos con imágenes, películas y textos.

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La República (Argentina).- Los últimos hallazgos de restos humanos y objetos de alfarería en territorio correntino, como el caso de los huesos que tendrían al menos 500 años de sepultura en la Laguna Vallejos de San Luis del Palmar, encontrados por lugareños en septiembre último, generaron grandes expectativas entre los expertos del Gabinete de Investigación Antropológica (GIA) y la Policía Científica de Corrientes. La noticia va más allá del descubrimiento al tiempo que ya se estudia la posibilidad de concretar una nueva hipótesis científica para revisar el pasado más lejano que puede conocerse actualmente en esta parte del continente. Corrientes tiene nuevos elementos para indagar sobre su pasado y La República entrevistó a los investigadores, entre ellos, el antropólogo Humberto Micelli.
—¿Cuáles son las características de los hallazgos?
—En los dos lugares donde fueron hallados los restos, las características son notablemente diferentes entre ambos (hablando de los restos encontrados en la Laguna Vallejos de San Luis del Palmar y en la localidad de San Roque), estas son sin duda señales que vienen desde el pasado, para continuar delineando las raíces culturales de quienes poblaron este territorio cientos de años atrás.
—¿Cuál es el objetivo principal de las investigaciones?
—Lo que buscamos es exaltar las raíces de la cultura que habitó estas tierras, por eso sostenemos que son tesoros incalculables los restos encontrados.
Además, esto nos sigue dando herramientas para establecer fehacientemente el pasado de la región.
—¿Esto quiere decir que Corrientes está delineando su historia?
—Es mucho más que delinear, estas son las herramientas que tanto se necesitaban para tener la certeza de cuál fue el pasado de esta tierra. Se está armando el rompecabezas con relación al ambiente y las características culturales, que son todas cosas que ayudan a interpretar y conocer cómo vivieron las tribus que habitaron este territorio. Características que hasta este momento sólo se podían estimar pero no confirmar como lo comenzamos a hacer.
—¿Con qué se encontraron al llegar a la Laguna Vallejos?
—Llegar hasta el lugar donde se había encontrado los restos fue una verdadera odisea que debimos atravesar con los integrantes de la Policía Científica. Al llegar al lugar señalado observamos tres montículos separados entre sí por 150 metros, en donde se encontraron una gran cantidad de piezas dentarias, mandíbulas, cráneos y restos óseos, cerámicas repartidas por toda la zona.
— ¿A qué profundidad estaban los restos?
—Todos los hallazgos realizados se produjeron en la superficie sin la realización de excavaciones. Ya que esta es la primera parte de la investigación, con los datos obtenidos lo que se realizará será un proyecto que posteriormente se entregará a las autoridades para poder continuar y en esa etapa sí excavar.
— ¿Qué datos arroja la investigación hasta el momento?
—Las investigaciones preliminares permitieron definir que los restos encontrados pertenecieron a la etnia Tupí Guaraní. En una primera aproximación estamos hablando de restos que sobrepasan los 500 años, pero sólo los estudios de radio carbono van a determinar la antigüedad exacta. Lo compacto de la tierra que se encuentra en el lugar hace considerar que son restos precolombinos. Además, los restos encontrados son poderosas señales de la presencia de la cultura prehispánica en el territorio correntino que son al mismo tiempo insoslayable de su relación con una diversidad de espacios ecológicos definidos. Ahora tenemos elementos para ir definiendo cómo eran los paisajes miles de años atrás, entre muchos otros datos que hasta el momento no teníamos elementos para confirmar.