Revista Ñ (Argentina).- No se puede hablar de la bicicleta, dice el antropólogo francés Marc Auge, sin hablar de sí mismo. La bicicleta es la infancia, es el descubrimiento del cuerpo, una exploración del espacio y el tiempo distinta; el conocimiento de los límites y del más allá. El sueño del ciclista es el de andar por la tierra como el pez en el agua o el ave en el cielo y sin embargo, como paradoja, la bicicleta frente al mundo mediático en que vivimos es el principio de realidad. Andar en bicicleta es también lo que no se olvida.
Los franceses, tan inclinados a la exageración, es uno de sus rasgos de estilo después de todo, querrán llevar el asunto para el lado de lo subjetivo; así Eric Fottorino, ciclista, novelista y hasta el año pasado director de Le Monde, llega a decir que andar en bicicleta es un modo de escritura. ¡Esta manía de querer convertirnos a todos en plumas! En su Pequeño elogio de la bicicleta (ed. Gallimard, aún no traducido) alega que muchas ideas vienen mientras se pedalea. Y trae la imagen, como si fuera una foto vieja, de Diño Buzzatti, enviado en el año 1949 por el Corriere della Sera para escribir sobre la vuelta de Italia, competencia que, con sus maratónicas -y muchas veces inhumanas- tres semanas de recorrido por las rutas de la península y países vecinos, este año cumple cien años. Aunque la anécdota es muy buena (más allá de lo que haya escrito el autor de El desierto de los tártaros, quien al parecer equiparó el duelo de los dos favoritos con la lucha Aquiles y Héctor), y hasta parece inventada, no creo que alcance. Se necesita algo más. En una entrevista reciente, el maratonista y novelista japonés Haruki Murakami también resal-
taba la importancia del esfuerzo físico para la escritura. Haciendo de contrapeso, el desaparecido Ro- berto Bolaño, en una conferencia amarga y ahora célebre aparecida en El gaucho insufrible, decía que estamos en una época de escritores que van al gimnasio. Como para poner las cosas un poco más parejas, como para no ponernos sin quererlo e inadvertidamente del lado del fitness y la cosmética en general (del cuerpo, de ideas, da lo mismo). Pero no; la bicicleta que está del lado de la cultura del cuerpo hermoso es justamente la negación de la bicicleta que amamos; la bicicleta ñja, la bicicleta inmóvil que ni siquiera hay que saber manejar y que no nos lleva a ninguna parte.
El antropólogo Marc Auge aunque también se ha dedicado a estudiar la dimensión poética de la bicicleta -ya que subrepticiamente nos hace entrar en otra geografía, uniendo puntos y recorridos que otros medios de transporte impiden unir- es más medido en su análisis y no va tan lejos como Fottorino. Andar en bicicleta no nos convertirá en artistas; para Auge, la bicicleta simplemente nos hará más humanos, nos ayudará a comprender a los otros; nos ayudará a cambiar la ciudad y empezando por ahí, quizás, a la sociedad toda. En su reciente Elogio de la bicicleta (ed. Manuels Payot, no se tradujo aún al castellano), dice: “La bicicleta es un humanismo”. Antes de llegar a esta conclusión propone un recorrido que va del mito a la utopía pasando por la crisis. Una utopía que él llama eficaz, en tanto fuera capaz de convencer a los habitantes de una ciudad determinada. La bicicleta -se entusiasma Auge- cumple con un doble aspecto central: es la dimensión perceptible y real de un mundo utópico. Parte del aspecto mitológico de la bicicleta había sido magjstralmente puesta de relieve por Roland Barthes en sus célebres Mitologías, en las que analizaba la construcción de la figura de héroe por parte de la prensa que cubría el Tour de France.
Pero más allá del imaginario alrededor de las dos ruedas, parte del interés del rescate de la bicicleta radica en el modo en que ella articula la mitología social y la personal. Todos tienen su historia personal para contar con la bicideta y el uso o no de la bicicleta como transporte también puede hablar de la comunidad que somos o queremos. En mi propia historia, hasta llegada la edad adulta, la bicicleta había sido una presencia intermitente aunque siempre asociada con el cambio, o al menos, la voluntad de tal cosa. Llegado del Gran Buenos Aires, me permitió descubrir la ciudad y, al mismo tiempo que la conocía, de forma paradójica, transformarla en un lugar siempre nuevo y extraño. En especial, los paseos nocturnos saciaban para mí dos pasiones fundamentales. Una: la idea de aventura representada por el viaje; salidas solitarias que me transformaban; sin gastar dinero que por otra parte no tenía y amaneciendo la mañana siguiente en la misma ciudad (lo que, después de todo, era una ventaja, teniendo en cuenta que había que ir a trabajar). Dos: la literatura, y con ella la revelación y el misterio; esos paseos, se me antojaba -tal vez era sólo un capricho-, me acercaban a la ciudad de Borges y Bioy, representada no sólo en sus escritos sino en sus largas caminatas, cuya referencia ha sido siempre una constante. Llegada y bien entrada la treintena; habiendo perdido ya una novia de años a la que mi condición de peatón y ciclista ocasional ponían los pelos de punta, la bicicleta se hizo definitivamente parte de mi vida y así me transformé, como lo había sido mi abuelo italiano, en una persona que nunca tuvo auto.
Marc Auge, el teórico de los no lugares, el cronista de la deshumanización del espacio urbano, hace también un ferviente Elogio de la bicicleta; librito aparecido también en el último año, en ocasión del proyecto de bicicletas comunitarias como transporte público que le está cambiando la cara a ciudades como París, Barcelona, Londres y pronto -ojalá- a Buenos Aires. Nuestra ciudad podría ser un caso emblemático. Porque nada más fácil aquí que una primera reacción de negación; decir que es imposible. Pero la idea de la bicicleta como medio de locomoción protagonista en la ciudad no es tratar de acomodarse a lo que hay, sino justamente una invitación a transformar lo dado. En un momento de urbanización del mundo, escribe Auge, donde los sueños rurales están condenados al clisé de la naturaleza domesticada de los parques regionales o a sus simulacros, los parques temáticos, el milagro del ciclismo reinventa la ciudad como un lugar de aventura. El sistema que pone bicicletas a disposición tanto de los habitantes como de sus visitantes obliga a reencontrarse, socializar las calles, rehacer los lazos vitales y soñar con un nuevo espacio. El libro de Auge, como un espejo del fenómeno que retrata, es en sí un lugar de encuentro; porque, lo que rara vez ocurre, la teoría parece encontrarse con la práctica; el catedrático se confunde con el hombre común; el pesimismo reinante en la academia deja de lado por un rato su pasión por el cinismo, sonríe e invita a la acción.
Auge refiere cierta experiencia vacía del turismo, vivida incluso por el habitante nativo fruto de este urbanismo galopante que transformó a la ciudad antigua en un armazón vacío, en un decorado o un museo: el viejo museo, a cielo abierto. El placer de andar en bicicleta restituye una dimensión simbólica y vocación primera de la ciudad; la del encuentro imprevisto. En general, lo poco que se comparte en una ciudad desconocida son los medios de transporte; pero compartir el sistema de Bicing (nombre que adquirió el proyecto en Barcelona) es algo totalmente distinto a soportar el calor y el gentío del subte. Es ser parte de una empresa común de transformación. Lo urbano, dice Auge, se extiende por todas partes pero a pesar de ello, o mejor dicho, por ello, estamos perdiendo a la ciudad y así a nosotros mismos. Por eso la bicicleta podría jugar un rol crucial para recuperar la conciencia de sí y del lugar donde vivimos, dimensiones que, al fin de cuentas, van juntas.
Auge señala como un peligro (mucho más peligroso que las calles mismas, que no lo son más para los ciclistas que para los peatones o los automovilistas) que esta experiencia se transforme en un evento veraniego, para turistas y de publicidad. No hay que engañarse; el proyecto Vélib (así se llama en París) sólo será exitoso cuando los habitantes de hecho crean que ir a trabajar o hacer lo que sea en bicicleta es una opción natural; cuando poner 20 mil bicicletas en la calle obligue a realizar la infraestructura necesaria para que todo el mundo se contagie y rescate su bicicleta. Cuando nuestras ciudades se parezcan más a Amsterdam que a Los Angeles. Lo mismo vale para Buenos Aires.
Hasta hoy, las únicas bicisendas eficaces están en el área de los Bosques de Palermo y sólo sirven al esparcimiento; son sendas que no van a ningún lado. A los carriles para bicicletas en las avenidas los usan en su mayoría motos o aparecen como lugar de estacionamiento para automovilistas, para quienes las bicis son sólo una molestia. Así y todo, cada día son más y más los que salen a enfrentar la ciudad en dos ruedas; hay muchas agrupaciones de ciclistas de todo orden y una conciencia de que la transformación es posible. Sin profundizar el hecho de que esta revolución es de la clase media; hay que recorrer las grandes estaciones de trenes y los furgones para saber que, para muchos, la bicicleta siempre fue la única herramienta y el único bien.
Auge toma nota de otro desafío: no cerrar el fenómeno intramuros. La vida no termina en la General Paz. Todo lo contrario; recorrer la ciudad, conocer sus declives y elevaciones, la calidad de sus calles, la pureza o no de su aire y recorrer también con las alforjas a cuestas las rutas, me han dado en lo personal una hermosa sensación de continuidad. De golpe Buenos Aires se abre y me encuentro en la llanura, bajo un cielo pampeano. Si tomo hacia el Oeste para el lado de Mataderos, donde la avenida Alberdi es bien abierta, en general pedaleo contra el viento que -se sabe- la mayoría de las veces sopla desde la cordillera.

Mariana Sirimarco

I

La producción de nuevo conocimiento, o la combinación del ya existente bajo nuevas modalidades, con el objeto de dar lugar a transformaciones que resulten en nuevos productos significativos, supone un complejo proceso de aprendizaje, que opera en múltiples niveles. Señala Lundvall que el conocer no se agota en el solo conocimiento fáctico (know-what), sino que implica asimismo el conocimiento de principios, leyes o reglamentos básicos (know-why), así como el know-how: el conocimiento de las capacidades o habilidades requeridas para la acción (en López, s/d).
Lo anteriormente dicho puede tal vez aportar a la reflexión acerca del proceso de enseñanza/aprendizaje en el ámbito de la Escuela Superior de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (PBA), en tanto trae a colación herramientas útiles para reflexionar en torno al proceso de adquisición de nuevos conocimientos, y a la modalidad (y factibilidad) por las que discurre el aprendizaje en este espacio educativo.
En tanto la Escuela constituye la institución encargada de dictar aquellos Cursos de capacitación que debe cumplir el cuadro de Oficiales como condición previa y obligatoria para el ascenso a ciertos grados de la jerarquía1, sus alumnos son personal policial que ya cuenta con varios años de servicio en la fuerza. Estos Cursos representan, en la mayoría de los casos, el único espacio de educación formal que dichos alumnos han frecuentado desde su egreso de la Escuela de Cadetes; esto es, desde el inicio de su carrera profesional. En tal sentido, muchas de las asignaturas cursadas suponen un primer contacto con la materia tratada en ella, ya sea porque sus contenidos se han visto escasa o superficialmente con anterioridad, o bien porque nunca se han visto para nada.
Tal es el caso de la asignatura Derecho de Familia y Minoridad, dictada por una Licenciada en Abogacía. A juzgar por los dichos del propio personal policial, los menores delincuentes se han transformado en una de las problemáticas que más azotan al conurbano bonaerense, y para la cual no han sido nunca preparados. Capacitarlos en este campo es uno de los objetivos de la materia, acercándoles los conocimientos que requiere su función en relación a la legislación vigente respecto de los menores en conflicto con la ley penal.
La enseñanza brindada por la Profesora va más allá del mero comentario de la ley. Y no es extraño que entre números de artículos y explicaciones de alcances legales se cuele una y otra vez otra clase de discurso:

Hay que discriminar al menor de la calle y al menor delictivo. Y aun así hay que saber tratar al delictivo, porque ustedes tienen privilegios que ellos no tienen. El chiquito que los insultó, lo único que sabe es que va a ir a una institución, que lo despreciaron, que no lo quiere ni la familia. Ustedes piensan: “el menor es peligrosísimo, es nuestro enemigo”. Para él, ustedes son los enemigos. Los menores y los policías se ven como enemigos. No es la realidad. Ambos son víctimas. Son menores que no tienen afecto, de los que nadie se preocupa ni nadie les habla. Ni los padres los quieren. ¿Quiénes tienen más obligación? Ustedes, que están por elección -les guste o no-, que fueron a una Escuela Superior, que tienen un sueldo, un objetivo, un sentido de vida. Los menores no son sus enemigos, no tienen ni las posibilidades ni la instrucción que tienen ustedes.
(…)
Cuando se detiene a un menor hay que llamar inmediatamente a los padres y al juez. Cosa que no se hace, se lo llevan y listo. Eso es incorrecto, y muchos lo hacen. Es una cuestión de procedimientos. No cuesta nada hacer las cosas bien. Esto es lo que no tienen que olvidar: cuál es su función y su grado de responsabilidad. Es para que se cubran de un sumario. Ante la duda, cúbranse, hagan las cosas bien.

Semejante pieza discursiva no es inocente. Alude -sin hacerlo directamente- al conocimiento de las representaciones habituales de la policía respecto a los menores delincuentes (el enemigo), y a las prácticas también habituales a los que los someten (el maltrato)2. E intenta revertir estas cuestiones a través de una estrategia que se revela, en principio, más astuta que la condena moral de su accionar: la seguridad personal. Donde la actuación bajo el marco de la ley no se recalca como el desempeño correcto per se, sino como la manera de ponerse a resguardo del sumario administrativo3 que cualquier omisión de los procedimientos legales les pudiera ocasionar.
El conocimiento impartido opera, entonces, cuestionando el conocimiento policial, a la vez que proponiendo nuevas herramientas y parámetros para delinear una nueva modalidad de conocer que pueda dar cuenta de nuevas pautas de acción policial respecto a la minoridad delictiva. Este proceso de “enseñanza” se revela, es claro, como conflictivo, en tanto implica la impartición de nuevas perspectivas a quienes ya cuentan con un importante bagaje institucional.
Menciona Foucault (1984) que las prácticas sociales conforman dominios de saber: lo que un grupo hace, sus hábitos, sus concepciones, constituyen un terreno definido de conocimiento; a manera de coordenadas, delimitan un determinado campo de saber. Campo que hace aparecer, a su vez, nuevos objetos, conceptos, y técnicas de conocimiento: procedimientos, formas de requisas, teorías acerca de la minoridad delictiva, etc. Las prácticas policiales funcionan de tal modo, dando lugar a un conocimiento único, que sólo los policías -en virtud de serlo y saber, por lo tanto, lo que saben- poseen.
Lo que subyace a este proceso de enseñanza/aprendizaje es, entonces, la confrontación entre dos saberes especializados -el del derecho y el policial-, en tanto “cada tipo de discurso se convierte en una especialización privilegiada por cierto grupo de actores, con la que se instaura una compleja división del trabajo político-moral y cognitivo” (Soares, 1995:285).
Resulta de esto una suerte de tensión entre ambos saberes, tensión que no se manifiesta en el espacio de las aulas sino en charlas informales que escapan a la presión de estar siendo calificados. En el contexto de las clases, los policías no hacen sino hablar desde el “deber ser” y dar cuenta de procedimientos sumamente respetuosos de la ley. Fuera de ellas se animan a confrontar con el saber jurídico a partir de las experiencias que les depara el ejercicio de su profesión.
Lo que esto hace es poner de manifiesto el proceso de recepción del conocimiento impartido, teniendo en cuenta que los hábitos adquiridos pueden bloquear la incorporación de nuevos conocimientos, si estos entran en tensión con la propia experiencia. Si un experto es todo aquel que puede aducir capacidades o conocimientos específicos frente a otro que carece de esta formación, es claro que Profesora y alumnos se posicionan cada uno desde su propia expertise, donde ésta debe ser entendida en términos contextualmente relativos (Giddens, 1997).
Señalan Kalinsky y Pérez que “los conocimientos surgen de una encrucijada de discursos y prácticas que responden a diferentes, y a veces encontrados, intereses y ´lobbies´. Entre ellos se invalidan, cuestionan o autorizan. Cada uno trata de imponerse al otro con sus propios principios de racionalidad” (1993:6). ¿Qué discursos, prácticas y representaciones abonan el saber policial respecto a la minoridad delictiva, propiciando esta suerte de “pugna” con el saber jurídico? ¿Cuál es la lógica que puede sustentar el maltrato a estos menores como elemento estructurante del campo de saber policial?
Este trabajo puede leerse en dos niveles. Intenta, en primer lugar, un acercamiento al conocimiento que el personal policial construye en torno a esta problemática. En una tentativa de desnudar la racionalidad que lo subyace y de reflexionar, por ende, acerca de las fuentes de autorización en que se apoya y las fuentes de desautorización con que deslegitima al saber jurídico. Sugiere también, en segundo lugar, y en no menor medida, una reflexión respecto a las posibles dificultades que conlleva el proceso de enseñanza/aprendizaje en un espacio educacional como el mencionado.

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El Cronista (Argentina).- En “Mirta, de Liniers a Estambul”, una película de mediados de los ‘80, el personaje de Norberto Díaz se burlaba de la protagonista (Emilia Mazer), una estudiante de Antropología a quien “las empresas iban a buscar para darle trabajo”. Veinte años después, el jocoso vaticinio se hizo realidad. Cada vez más antropólogos son contratados por empresas de investigación de mercado para que apliquen sus conocimientos etnográficos al mundo del consumo. ¿De qué manera? Observando en base a hipótesis teóricas y recopilando los datos in situ, como todo antropólogo sabe hacer.

“Mediante las investigaciones etnográficas, más que reunir datos, se puede entender la experiencia de consumo”, explica Simon Pulman Jones, doctor en Antropología Social del Colegio de Economía de Londres y director del Centro Observacional y Etnográfico de GfK Kleinman Sygnos, quien visitó Buenos Aires para dar una conferencia sobre etnografía e investigación de mercado.

La etnografía es la rama de la antropología que tiene por objeto el estudio de las sociedades a través de la observación y la interacción con el individuo en su ámbito natural. Esta herramienta permite acceder a los códigos culturales que sólo se pueden percibir desde adentro, compartiendo con los consumidores sus actividades cotidianas como medio para la comprensión de conductas y hábitos de consumo.

“Hoy, tanto la etnografía como la tecnología nos permiten romper la barrera que separaba a los investigadores de mercado y los consumidores, y nos permiten entender la realidad desde el punto de vista del otro”, dice Mónica Kleinman, directora de GfK Argentina. La aceleración de los ritmos de cambio hacen que categorías sociales y de consumo tradicionales, como la división entre niños y adultos, hoy se diluyan y aparezcan nuevas.

Anticiparse a estos cambios es lo que permite detectar oportunidades para nuevos productos, innovar sobre productos ya existentes, extender su ciclo de vida adecuándolos a las nuevas tendencias y ajustar la comunicación a los valores y códigos de los consumidores. Muchas veces, las investigaciones “in situ” sobre el uso real que los consumidores brindan a los productos, permite adecuarlos mejor a sus necesidades o cambiar el mensaje comunicacional: ocurrió con harinas especialmente elaboradas para preparar pizzas o panes (incluso vienen con recetas en el packaging), con productos para el pelo (como las cremas para peinar que eran esencialmente acondicionadores de cabello que se dejaban sin enjuagar), o con las ojitas de afeitar para mujeres.

En el Centro Observacional y Etnográfico se realizan estudios de target, tendencias globales y emergentes, usos reales de los productos y nuevas necesidades de los consumidores, basados en el método etnográfico. Su director, Pulman Jones, presentó dos casos de éxito en los que se creó un nuevo producto (un medicamento para el resfrío) y se optimizaron las ventas (de celulares) en un local comercial.

Casos testigo

En el primer caso, se trató de un análisis de los hábitos y estrategias de las personas resfriadas para sentirse mejor. Fue realizado en dos ciudades de Estados Unidos (Boston y Atlanta) para un laboratorio que produce medicamentos de venta libre. El estudio involucró a cuatro farmacias y un número similar de hogares en los que el investigador pasó el día junto a la persona resfriada. En primer lugar, se diferenciaron cuatro etapas de la dolencia: primero la persona advierte sentirse diferente, luego se resfría, luego está resfriada, y por último comienza a recuperarse del resfrío. En cada una de estas etapas, las personas y su familia realizan distintas actividades para sentirse mejor: tomar un té, recostarse, aromatizar el ambiente con hierbas.

A partir de este estudio surgió la posibilidad de crear un nuevo producto: el “Koala Care”, un osito de peluche Koala que tiene un aromatizador de eucaliptus en su interior, y que sirve para acompañar a los niños resfriados cuando se van a dormir.

El segundo caso que presentó Pulman Jones se aplicó a la innovación en el retail, y fue realizado para una fabricante de teléfonos celulares (Nokia), que buscaba incrementar sus ventas en los locales de electrónica de consumo. Para esto se realizó una observación, apoyada por filmaciones, en varias tiendas de telefonía celular. Luego se llevaron a cabo entrevistas y focus groups con clientes. El estudio permitió detectar, en primer lugar, los obstáculos para la venta: que el producto no estaba en exhibición, no había ningún vendedor, y que el producto no se puede tocar son los principales, en ese orden.

Investigaciones cuantitativas de consumo señalan que el 60% de las decisiones de consumo se toman dentro del negocio y frente a la góndola, con lo que la disposición de los diferentes productos en los locales resulta determinante. A partir de esto, se realizó un mapeo de circulación de los clientes dentro de las tiendas seleccionadas y se elaboraron recomendaciones en cuanto a la disposición de los productos, la iluminación, y otras. Como resultado, se lograron incrementar las ventas mensuales de Nokia y del reseller.

Sin dejar de lado las encuestas, grupos de opinión y otras herramientas más tradicionales del marketing, la antropología viene a sumar una perspectiva diferente al estudio del consumo, y muchas veces sirve para ampliar o corroborar datos. “No es que las personas mientan descaradamente en las encuestas, sino que muchas veces contestan lo que se espera de ellas. Y así, cuando preguntamos qué tipos de alimentos se consumen en el hogar, la gente contesta que consumen muchas más frutas, verduras y comidas caseras de lo que se comprueba cuando un investigador acompaña a la familia a comprar o comparte el almuerzo con ellos.

Hace apenas un par de décadas, tal vez no habría sido posible “inmiscuirse” en la vida de los hogares como hoy lo hacen los antropólogos-investigadores de mercado. Gracias a la webcam, los videos caseros en youtube o programas como Gran Hermano, las personas tienen cada vez menos pruritos a la hora de mostrar y mostrarse en su vida cotidiana Otra señal de que los tiempos van cambiando.

María Gabriela Ensinck

Nación (Costa Rica).-El investigador argentino Ariel Gravano, especialista en antropología urbana, considera que el diseño y la planificación de una ciudad moderna no se reduce únicamente a la infraestructura.

Gravano es uno de los invitados internacionales al II Congreso Latinoamericano de Antropología, que finaliza hoy en la Universidad de Costa Rica.

Con el lema “Antropología latinoamericana: gestando un nuevo futuro”, el encuentro congregó a 500 especialistas de toda América Latina y Europa que participaron en 32 simposios.

Gravano fue uno de los coordinadores del simposio “Imaginarios urbanos y participación social”.

Las ponencias presentadas en el congreso latinoamericano analizaron cómo se relaciona lo que la gente imagina cuando vive su propia ciudad con las oportunidades de participación colectiva en distintos niveles.

Más que edificios. Como experto en antropología urbana, Gravano ha dedicado muchos años a investigar la identidad de los barrios y su relación con los problemas urbanos.

El especialista asegura que es necesario entender los barrios desde su dimensión simbólica.

“Esto quiere decir que los barrios son algo más que espacios físicos compuestos materialmente por casas, calles, edificios y equipamientos, pues forman parte de un sentimiento colectivo y están llenos de significados para sus habitantes”, explicó el antropólogo.

Con base en sus investigaciones, Gravano define una cultura barrial que contempla aquellos aspectos de los barrios con los que la gente se identifica más.

“Uno de esos valores es el arraigo, el cual hace la distinción entre los antiguos y los nuevos pobladores”, afirmó el experto.

Otro aspecto relevante es la relación primaria o los encuentros cara a cara entre sus habitantes.

La última categoría de valores se asocia con rasgos particulares de un barrio; por ejemplo, si es de origen obrero o si se construyó alrededor de un foco comercial.

Ciudades para todos. Gravano destacó la importancia de los barrios en el contexto de la planificación urbana.

“Al crecer los barrios, las ciudades también crecen pues se expande la alfombra urbana. Pero el urbanismo no se limita a la infraestructura porque también incluye el conjunto de símbolos, creencias y ritos con los que conviven las personas que construyen esa ciudad”, aseguró Gravano. El antropólogo sostiene que la planificación de los espacios urbanos debe considerar obligatoriamente las formas en que los residentes se imaginan esos barrios para su bienestar.

Página 12 (Argentina)

“La idea de los candidatos a jefe de Gobierno de emplear a los cartoneros en centros verdes no cierra en los números: se puede dar trabajo a unos cientos de los miles que hay en la calle. ¿Y los otros?”, se pregunta el antropólogo Pablo Schamber, que desde hace seis años investiga este fenómeno urbano que creció al calor del desempleo y la crisis de 2001. En cambio, el investigador propone que los recuperadores presten un servicio de recolección diferenciada, “como un engranaje de un sistema económico” en el que ciertos materiales pueden reutilizarse como materia prima. Junto con su colega Francisco Suárez, Schamber es autor y compilador de una serie de artículos reunidos en el libro Recicloscopio: Miradas sobre recuperadores urbanos de residuos, que editaron las universidades de Lanús y General Sarmiento y se presentó ayer en el centro verde del Bajo Flores.

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