Página 12 (Argentina).- Por varias razones, el caso de Jorge Prelorán –fallecido el sábado por la noche en su casa de Culver City, Los Angeles, Estados Unidos, a los 75 años– fue único en el cine nacional. Una fue su quehacer continuado fuera de las estructuras económicas tradicionales. Otra su especialización en el documental antropológico, una disciplina muy poco transitada no sólo en nuestro país sino también en el exterior. Una tercera resulta de sus profundos conocimientos del folklore, que lo impulsaron a llevar a cabo, en la década del ’60, un exhaustivo relevamiento cultural del país cuyo protagonista fue el hombre argentino del interior profundo.

Director, camarógrafo, sonidista y compaginador de casi todas las películas que realizó, Prelorán llegó a rodar más de medio centenar de films, la mayoría documentales de cortometraje. En 1981, fue candidato al Oscar por su largo documental Luther Metke at 94, sobre un leñador estadounidense que a esa edad continuaba trabajando como si fuera el primer día. Cineasta solitario, acostumbrado a valerse por sí mismo, los protagonistas de Prelorán también fueron, en general, hombres solos, en contacto con el trabajo manual y la naturaleza.

Como ha señalado Graciela Taquini, estudiosa de su obra, Prelorán “jamás hizo cine publicitario y nunca permitió que sus documentales se exhibieran pagando entrada. Puso su vida y su energía en empresas difíciles, no redituables, que implicaban traslados, viajes, fuera del lujo y el jet set. Siempre en contacto con sus protagonistas o sus familias, ayudándolos, sintiéndose responsable hasta la obsesión”.

Hijo de madre estadounidense y padre argentino, Prelorán –nacido en Buenos Aires el 28 de mayo de 1933– siguió Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, pero en 1955, sin haber concluido la carrera, decidió cambiar el tablero de dibujo por una filmadora 16mm y se inscribió en la University of California, Los Angeles (generalmente conocida como UCLA), una institución a la que estuvo ligado durante toda su vida, primero como estudiante y luego, durante muchos años, como docente. Allí se recibió de Bachelor en Cine, en 1961, y comenzó a realizar sus primeras experiencias, con una rápida inclinación hacia el documental.

Un primer encargo de un filántropo neoyorquino entusiasmado con las culturas de América del Sur lo devolvió a la Argentina, donde realizó una serie de films sobre la figura exótica del gaucho. Los resultados le parecieron insuficientes y se propuso no sólo profundizar en el tema sino también cambiar la forma. Los documentales de esos años tendían a utilizar un intolerable tono didáctico y un narrador omnisciente, un locutor que explicaba el mundo a través de la voz en off. Esta convención fue la primera que intentó abolir Prelorán, en la convicción de que eran él y sus espectadores quienes tenían que escuchar la voz de aquellos que exponía delante de su cámara.

“La filosofía que sustenta mi cine es dar voz a la gente que no la tiene y acceso al medio de comunicación más sofisticado a gente que nunca podrá acceder siquiera a la radio”, afirmaba Prelorán. “Darles el micrófono y las visuales para que se expresen como quieran y me digan a mí, y por lo tanto al público, lo que quieran decir.” Empezó a llevar a cabo este proyecto a partir de 1965, cuando obtuvo un contrato del Fondo Nacional de las Artes y la Universidad Nacional de Tucumán para hacer un relevamiento cinematográfico de expresiones folklóricas argentinas. El trabajo se hizo bajo el asesoramiento del especialista en folklore Augusto Raúl Cortazar, quien había visto las películas de los gauchos y concibió el plan general, inspirado en el calendario de festividades autóctonas confeccionado por Félix Coluccio. En el asesoramiento musical se sumó Leda Valladares y otros folklorólogos, como Agustín Chazarreta y Luis Olivares, quienes también aportaron sus conocimientos.

De esta cantera surgieron los films más perdurables y recordados de Prelorán, aquellos que dieron a conocer en Buenos Aires no sólo a un cineasta fuera de norma sino también unas realidades que eran casi desconocidas en la Capital fuera del ámbito estrictamente académico. A los cortometrajes Máximo Rojas, monturero criollo, Trapiches caseros, Casabindo, Feria en Simoca, El Tinkunako (todas en 1965), Viernes Santo en Yavi, Purmamarca, Chucalezna, Araucanos de Ruca Choroy (1966), Un tejedor de Tilcara y La feria de Yavi (1967), Prelorán sumó los largos Hermógenes Cayo (1969), Valle Fértil (1966-1972) y Cochengo Miranda (1975).

Entre esos años, Prelorán recorrió –en jeep, con los menores recursos, parando en escuelas rurales– todo el país, desde La Quiaca a Tierra del Fuego. “Los primeros viajes fueron al noroeste argentino, zona de influencia de la Universidad de Tucumán”, recuerda Taquini. “Silenciosamente, se fueron cubriendo diversos aspectos de la cultura tradicional, convirtiendo esa zona en una de las más filmadas del mundo con propósitos antropológicos.”

En Quilino (1966), rodado en uno de los parajes más pobres de Córdoba, y en Ocurrido en Hualfín (1967), sobre un coplero ciego de Catamarca, colaboró con Prelorán el cineasta Raymundo Gleyzer (el autor de Los traidores, desaparecido por la dictadura militar en 1976), lo que derivó en films más polémicos e ideologizados. Más cercanos en el tiempo son Mi tía Nora (1982), su primer largometraje de ficción, filmado en Ecuador; el largo documental Zulay frente al siglo XXI (1989), el corto Luther Metke at 94 (1984), que fue candidato al Oscar, y la serie para televisión Patagonia en busca de su remoto pasado (1992).

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Desde el 12 de marzo y hasta el 2 de abril se proyectarán cuatro miradas distintas sobre un mismo país, durante el ciclo de cine documental organizado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). Las producciones audiovisuales tratarán temas tan diversos como la violencia juvenil en Cali, la explotación minera en el Chocó, los rituales Yucuna en el Amazonas, y las historias de un cirujano y un soldado colombiano entretejidas alrededor de un mismo órgano: el corazón.

El ciclo de cine documental hace parte de la celebración de los 70 años del Instituto, y se realizará todos los jueves, a las 5 de la tarde, en el Auditorio Paul Rivet del ICANH, ubicado en la Calle 12 No. 2 – 41. La entrada es libre.

Al finalizar cada proyección se realizará un conversatorio con los directores de las diferentes producciones, con el fin de ofrecer un espacio de diálogo y discusión con el público asistente.

De izquerda derecha Iván Acosta, director, Eddy Appels y  Jem Willem Meurkems Durante el Festival se exhibieron 24 peliculas en el Cineclub de la Universidad Central en Bogotá.

De izquerda derecha Iván Acosta, director, Eddy Appels y Jem Willem Meurkems Durante el Festival se exhibieron 24 películas en el Cineclub de la Universidad Central en Bogotá.

El Espectador (Colombia).- “Convencido de que Colombia es uno de los mayores escenarios de diversidad étnica y cultural, apoyé la realización del Festival de Documental Etnográfico en Bogotá y estoy feliz con la acogida de un público heterogéneo que recibió las películas con gran interés y admiración”, dijo Eddy Appels, director del Festival Beeld voor Beeld, que se realiza desde hace 19 años en Holanda y que a lo largo de la semana pasada exhibió 24 películas en el Cineclub de la Universidad Central en Bogotá.

No es para menos el entusiasmo. Eventos de la vida cotidiana, fenómenos culturales, ritos, mitos, leyendas y arte procedentes de Mongolia, Rumania, Japón, India, Colombia y de muchos otros países de cuatro continentes, filmados no sólo por cinematógrafos, sino por antropólogos, formaron parte de la selecta muestra escogida para el Festival.

En 2006 Iván Acosta, director del Cineclub, comenzó a rodar la idea de mostrar algunas de las más importantes películas del Beeld voor Beeld. Uno de sus primeros socios fue el holandés Jan Willem Meurkens, productor del Festival y curador de esta muestra, quien tiene en su maleta nacional un documental sobre el Amazonas, una esposa antropóloga colombiana y muchas ganas de compartir con cineastas y estudiantes de antropología locales las películas de los grandes maestros como Jean Rouch, David MacDougall, John Marshall, Robert Gardner, Ian Dunlop y las de quienes los están emulando en todo el mundo. En nuestro medio Martha Rodríguez, Yezid Campos, Gloria Triana y el desaparecido Jorge Silva, entre otros, forman parte de este selecto grupo de realizadores de documentales antropológicos.

En los últimos años el Beeld voor Beeld ha introducido una temática para cada versión del Festival: “¿De quién es esta historia?”, “El mundo Musulmán”, “El documental personal”, “La nueva Europa”, “Mujeres de Marruecos atrás y adelante de la cámara”, “Imágenes de África”, algunas de las cuales fueron exhibidas en Bogotá. Para el próximo año el tema será la música y la influencia de la migración en Europa, después de la caída del Muro de Berlín.

Una de las características del Beeld voor Beeld es que cada película es presentada por su realizador, quien además de narrar el cómo, hace un relato pormenorizado del qué y el  por qué, convirtiendo la presentación en casi una clase magistral de antropología y etnografía. En Bogotá, Eddy y Jan cumplieron el papel didáctico antes y después de cada exhibición.

Cine y antropología

febrero 8, 2007

Cinencuentro.com

En 1895 el doctor Felix-Louis Regnault, miembro de la Sociedad de Antropología de Paris, registró a través de la crono fotografía escenas de una mujer africana, con la intención de estudiar las imágenes en movimiento a posteriori. Él preconizó “la utilización sistemática de la película en antropología y la constitución de archivos antropológicos en película1”. De esta forma, el film se convierte simultáneamente en instrumento y objeto de estudio.

Se atribuye a Regnault la paternidad de la Antropología Fílmica, ciencia que tiene como objeto de estudio al hombre, “tal como éste es aprehendido por la película, en la unidad y la diversidad de maneras como coloca en escena sus acciones, sus pensamientos y su medio ambiente”. Claudine de France, antropóloga, cineasta y profesora de la Universidad de Paris X prefiere la nominación de Antropología Fílmica en detrimiento de etnografia visual, “porque la utilización de la cinematografia hace nacer métodos y procedimientos de mise en scène propios, y levanta problemas epistemológicos específicos”.

La productora InterPovos de Andréa Tonacci (Sao Paulo) y la Veneta Vídeo, de Rio de Janeiro, fueron proyectos pioneros en el Brasil dedicados a realizar documentales en aldeas indígenas. La Veneta Vídeo trabajo con los Kaiapó, Ticuna del Rio Solimões y los Torü Düü Ugü; los Kaiapó poseían oro y compraron sus própias camcorders, colocando en práctica los conocimientos proporcionados por la productora carioca en el uso de los equipos. Infelizmente estas iniciativas duraron poco tiempo, debido a la novidad que la tecnologia del video representaba en la época, por los altos costos de inversión y la falta de una red de distribución.

Entre octubre y noviembre de 1986, Vincent Carelli, entonces fotógrafo del Centro de Trabajo Indigenista (CTI), organización sin fines lucrativos fundada en 1979, introdució el uso del vídeo entre los Nambiquara de Mato Grosso del Norte y los Gavião del Pará. El registro de un ritual de iniciación feminina “en el contexto de una amplia reunión regional de los Nambiquara de todos los dialetos, así como de otros grupos tribales vecinos4” y la posterior exibición de ésta documentación videográfica para los Namiquara superó las expectativas de Carelli. Realizase una segunda fiesta de pubertad encenada especialmente para la camera, adoptando costumbres tradicionales abandonadas después del contacto con la civilización (perforación de narices, labios y danzas sin ropa). Este ritual reaparece en el vídeo intitulado “A festa da moça” (1987).

De estas primeras experiencias nace Vídeo en las Aldeias como una extención del CTI, en 1987. Los primeiros diez años de su existencia caracterizaronse por las exibiciones in loco de las imagenes registradas por Vincent Carelli en las aldeas, así como documentales de otras tribus. Una segunda etapa en la historia del proyecto comienza con el ingreso de Mari Corrêa, documentalista egresada de los Ateliers Varan5. Desde 1998 hasta ahora, 2006, Mari y Vincent dctaron cursos visando formar realizadores indígenas capaces de operar cameras digitales y también priorizaron su participación en el proceso de edición. En este contexto fueron producidos aproximadamente veinte videos, producto de numerosos cursos que beneficiaron diversas comunidades.

En el año 2000, la recién formada ONG Vídeo en las Aldeias, recibió el Premio UNESCO por el respeto a la diversidad cultural y de la busca de relaciones de paz interétnicas. En 2003 ganó el premio Chico Mendes del Ministerio del Medio Ambiente por la valorización de las referencias culturales y ambientales de las poblaciones de la Amazonía.

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