NOS MUDAMOS

mayo 23, 2009

En la búsqueda de nuevas experiencias decidimos mudar a Antropológicas a la siguiente dirección:

http://notiantropologicas.blogspot.com/

Esperamos que continúen con nosotros.

Gracias a WordPress por todo lo brindado en esta etapa

Euskonews ha conversado con la antropóloga Anuntxi Arana.

Nació en Luiaondo (Ayala) en 1947. Vive en Anglet (Lapurdi). En 1996 realizó en euskera su tesis doctoral en torno a la mitología vasca: Orozko haraneko kondaira mitikoak (Leyendas Míticas del Valle de Orozko), publicada por la UPV/EHU.

Por otra parte, ha estudiado creencias y leyendas del País Vasco Norte en libros como Bidarraiko Harpeko Saindua (El Santo de la Cueva de Bidarrai) o la edición de Ipar Euskal Herriko legenda eta ipuinak (Leyendas y Cuentos del País Vasco Norte, 1986) de Cerquand.

En el año 2000 publicó el libro Mito hurbilak (Mitos Cercanos) y en 2004 Mitoen bilakatzea (Devenir de los Mitos), en la editorial Gatuzain. En 2008, Euskal mitologiaz: jentilak eta kristauak (Sobre la mitología vasca: gentiles y cristianos), en la editorial Elkar.

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El País (España).- Ida tiene 47 millones de años pero se conserva muy bien para su edad. “Es el fósil de primate más completo que se ha encontrado nunca”, explica el grupo de científicos que ha presentado este martes en el Museo de Historia Natural de Nueva York los restos de una hembra joven que, aseguran, podría ser el “eslabón perdido” de la evolución antropoide.

La presentación de Ida, realizada por el canal de televisión temático History junto con un grupo de científicos de del Instituto de Investigación Senckenberg de la Universidad de Oslo, se produce un día antes de la incorporación del fósil a la exposición sobre los más grandes y pequeños mamíferos de la historia que realiza el museo neoyorquino.

Según lo expuesto por los expertos en la presentación, el fósil de Ida, de 58 centímetros de longitud, es veinte veces más antiguo que la mayoría de los restos existentes que explican la evolución humana. Y no sólo eso, estos científicos afirman que podría ser “una especie transitoria que muestra características de una línea muy primitiva no humana, la de los prosimios parecidos a los lemures, pero que se relaciona con la evolución humana, la de los antropoides, que incluye a monos, simios y humanos”.

Los hallazgos científicos apuntan que el fósil de Ida se situaría “en la raíz de la evolución antropoide”, cuando los primates desarrollaron por primera vez características que después evolucionarían en las de la especie humana.

“Este espécimen es como encontrar el arca perdida para un arqueólogo”, ha dicho en científico noruego Jorn Hurum, de la Universidad de Oslo, director del equipo de paleontólogos que durante los últimos 2 años han analizado el 95% del fósil y estudiado su código genético. Hurum encontró el fósil en una convención anual de paleontología celebrada en la ciudad alemana de Hamburgo, y tras confirmar su autenticidad, recaudó los fondos necesarios para incorporarlo al museo de Historia Natural de Oslo.

Según el paleontólogo alemán, Jens Franzen, Darwinius masillae, nombre oficial del fósil, bautizado en honor a Charles Darwin, pero apodado Ida, “es de lejos el fósil de primate más completo que se ha encontrado. Cuando se publiquen los resultados de nuestra investigación, tendrá el mismo efecto que si un asteroide chocase contra la Tierra”.

Página12 (Argentina).- En el colegio se aburría, en la universidad no lograba sentirse cómoda. La vida de la socióloga y antropóloga francesa Michèle Petit, tironeada entre el Pato Donald y Thomas Bernhard, es como una película filmada en los márgenes de la gran industria cinematográfica. En junio de 1940 un muchacho de dieciocho años, su padre, abandonó París justo cuando el ejército alemán invadía el norte del país. Durante su fuga, el padre conoció a un grupo de refugiados políticos españoles que huían del franquismo. Y aprendió y cantó las canciones de la República. La familiaridad con el español le facilitó que años después partiera rumbo a Colombia, con una hija de trece años, para dar clases de matemática en un centro universitario. Sus primeras exploraciones como lectora empezaron en una biblioteca, la de la Alianza Colombo-Francesa de Bogotá, en medio de las plantas tropicales. Los libros le permitían construirse a sí misma, le decían que no estaba loca ni era tan rara, que había otras maneras de vivir y de pensar. Después de tres años regresó con su familia a París. Otra vez al Liceo, al rebaño uniformado con las blusas de color beige, a la asfixia de las aulas. Mayo del ’68 la sorprendió deambulando por las calles, observando cómo la gente discutía a lo largo del boulevard Saint Michel. Por fin ocurría algo, el mundo parecía cambiar. Una pena de amor la excluyó de esa fiesta. Las carreras literarias eran para las jóvenes de la burguesía de alcurnia, pero Petit pertenecía a una clase media en ascenso que debía ser moderna y estudiar alguna carrera científica. Se anotó en Sociología como solución intermedia entre las letras y las ciencias. Pero la literatura la salvó. A los 22, decidió estudiar griego moderno. Y anduvo por España y Grecia, por México y Guatemala. Después de investigar las diásporas china y griega, en 1992 comenzó a trabajar el tema de la lectura y la relación de distintos sujetos, especialmente de ámbitos rurales o barrios marginales, con los libros.

Petit se siente como en casa en Buenos Aires, “ciudad de gigantes”, como la define en el prólogo de Lecturas: del espacio íntimo al espacio público (FCE), que visitó por primera vez en la Feria del Libro del 2000. El sábado cerró el II Encuentro Nacional de Bibliotecas Populares, organizado por la Conabip, ante más de 1100 bibliotecarios. Los ojos curiosamente insaciables de la antropóloga francesa están siempre en estado de alerta. Es una cazadora que no quiere que nada se escape de la telaraña envolvente que teje con su mirada. El color de sus ojos varía de acuerdo a cómo la ilumina la luz. Si es de frente, parecen verdes tirando a grises, si es de lejos o de forma oblicua, el color es miel o avellana. “Si hoy fuera adolescente, ante estos discursos que se repiten hasta el hartazgo de que ‘hay que leer’, creo que me iría a jugar a los videojuegos en vez de leer”, admite la antropóloga en la entrevista con Página/12 mientras camina por los pabellones de la Feria en busca de un café donde poder charlar un poco más tranquila.

–¿Por qué conviven de un modo un tanto esquizofrénico ese discurso imperativo, “hay que leer”, con la visión de que la lectura sigue siendo una actividad peligrosa o prohibida?

–Las generaciones anteriores, en muchas circunstancias, leían bajo las sábanas, con la lámpara iluminando apenas el libro, contra el mundo entero. Pero ahora la lectura aparece como una faena austera a la que uno debe someterse para satisfacer a los adultos. El peligro de que las autoridades políticas, educativas, maestros y padres coincidan en este “hay que leer” es que muchos chicos no quieran leer y salgan corriendo a jugar a los videojuegos. Poder transmitir el hábito de la lectura es una tarea muy sutil. A veces los discursos que hay en torno de la lectura tienen algo que va en contra de lo que pretenden defender. El tema de las prohibiciones no ha caducado. Cuando empecé a trabajar sobre la lectura hace unos quince años, en Francia, en medios rurales y en barrios marginales, me impactó rápidamente el hecho de que la gente que se había convertido en lectora evocaba espontáneamente los miedos que había tenido que traspasar, las prohibiciones que existían en su medio social contra la lectura. Por ejemplo, el miedo a pasar por perezoso, pero “¿para qué sirve la lectura?”, “eso es inútil”; otro miedo era ser visto como un egoísta. En los medios sociales donde se privilegian mucho las experiencias compartidas, la lectura en la habitación propia entre comillas aún hoy en día está mal vista.

–Leer aísla, disgrega a la persona de su grupo, pero también es una actividad rodeada de un halo de misterio, ¿no?

–Claro. Me acuerdo que una vez un señor que viajaba conmigo en un avión, cuando se enteró de que yo trabajaba sobre la lectura me dijo que las mujeres que leen son egoístas (risas). Ese secreto, ese misterio de la persona que lee, también hace que uno se vuelva lector. La mayoría de la gente que es lectora siempre evoca escenas iniciáticas: la madre, la abuela o el padre que le cuenta historias al niño o que le lee en voz alta. Pero también hay otra escena, donde los padres o los abuelos no le leen al niño, pero ellos leen, y el niño los observa y está fascinado. ¿Dónde están? ¿Qué es lo que hay en ese libro? A veces uno se convierte en lector porque quiere encontrar el secreto o misterio que tiene el libro. Y cuando no es en la familia, puede ser a través de un mediador, si se trata de un docente o un bibliotecario que tiene una incidencia fuerte en el niño.

–Usted se opone a la expresión “construcción del lector”, en la que se explicita la idea de que el lector se puede “fabricar”. ¿A qué atribuye la generalización de esta idea?

–La verdad que la expresión “construcción del lector” la descubrí en América latina, en México, Colombia y la Argentina. Me parece una idea de lo más ingenua; cada vez que la escucho pienso en la imagen de Frankestein, “vamos a construir un lector”. Es curioso porque se trata de una posición omnipotente: “Nosotros tenemos el poder de construir lectores”. Cuando empecé a trabajar con la lectura, mi primera referencia teórica fue Michel de Certeau, un investigador atípico que amaba mucho a América latina. A él le interesaba lo que pasaba del lado del lector, lo que el lector creaba. Lo que me interesó siempre fue situarme del lado del lector, estando atenta a sus maneras propias de construir sentido con lo que encontraba en los libros, de construirse a sí mismo con palabras o historias robadas de acá o de allá. Y digo robadas porque De Certeau decía que la lectura era una “caza furtiva”. La cultura se hurta, se roba; es la única manera de que funcione. Lo difícil, pero lo interesante para el mediador, es que pueda contagiar las ganas de apropiarse, de robar. Lo que podemos hacer es multiplicar las oportunidades del encuentro con personas que no repitan el imperativo “hay que leer” sino que tengan una actitud mucho más sutil frente a la lectura.

Ampliando este rechazo a la “construcción de lectores”, en uno de los ensayos de Lecturas… Petit sugiere por qué la lectura no es compatible con la idea de promoción. “¿Se le ocurriría a alguien promover el amor, por ejemplo? ¿Y encargar el tema a las empresas o a los Estados? –se pregunta la antropóloga en ‘Los lectores no dejan de sorprendernos’–. Sin embargo, eso existe. En Singapur, donde realicé investigaciones hace unos quince años, el Estado fletaba barcos del amor y los ejecutivos de empresas, solteros de ambos sexos, eran insistentemente alentados a embarcarse en esos cruceros. Me parece que éste sería un buen método para fabricar todo un pueblo de frígidos.”

–Algunos afirman que la lectura es un placer, una actividad lúdica; otros plantean que decir que la lectura es un juego es engañoso, además de frustrante, porque oculta que detrás de todo placer hay una dificultad. ¿Cuál es su posición ante estos discursos?

–El discurso del placer surgió siguiendo a Daniel Pennac, que había escrito su libro, Como una novela, en reacción a un discurso que hacía de la lectura una faena austera. Por favor, si no hay un gozo, una alegría, un placer, entonces para qué leemos. Aunque él lo planteaba de una manera más compleja, quienes retomaron esta idea la redujeron solamente al “placer de leer”. A una persona que ha crecido en un medio alejado de la cultura escrita y que le cuesta leer, si se le dice que leer es un placer, pero él no lo siente, se lo está excluyendo aún más. Es un poco complicado el tema del placer. Aprendí mucho de los propios lectores que entrevisté en medios rurales, en barrios marginales o en contextos difíciles de violencia. Esa gente no habla tanto del placer de leer. Lo que más me impactó es que evocan de qué manera la lectura les había permitido construir un poco de sentido a su experiencia humana. En Colombia, estuve con chicos que han padecido la violencia y han vivido cosas atroces; han visto morir a amigos y tienen un caparazón durísimo, heridas terribles producto del terror. Muchos ni siquiera pueden hablar. Pero de pronto se encontraban en espacios de lecturas y narración oral de historias típicas de Colombia y empezaban a recordar. Y hacían un relato de la propia vida que antes no habían podido desencadenar. La lectura reactiva el pensamiento en contextos difíciles. No vamos a pecar de ingenuos, tampoco lo soluciona todo, pero demuestra la importancia que tiene la lectura en la construcción o reconstrucción de uno mismo. Esta es la dimensión que más me interesa de la lectura, de la que menos se ha hablado, y no tanto la mera visión de la lectura como placer o distracción. Para los chicos colombianos no es una mera distracción sino que la lectura les permite integrar a su memoria sus propias historias.

–¿La palabra placer estaría asociada a un léxico típico de las clases medias?

–No. La experiencia de la lectura no es diferente de un medio social a otro. Los seres humanos estamos siempre en busca de ecos exteriores, de decir la experiencia, un duelo o estar enamorado, que no son experiencias fáciles de poner en palabras. No es por casualidad que todas las sociedades han tenido escritores, poetas, psicoanalistas, que observan la experiencia humana y que tratan de escribirla de manera condensada y estética. Todos estamos en busca de un eco de lo que pasa en nosotros.

–¿Qué opina de los discursos catastrofistas que advierten que cada vez se lee menos cuando cada vez se publican más libros en el mundo?

–Los escritores parece que temen quedarse sin clientela (risas). A esta feria viene un millón de personas, siete veces más que en la Feria del Libro de Francia, a la que van unas 160 mil personas. Acá viene gente de sectores populares, no como en Francia que es sólo para las clases medias escolarizadas. Yo no comparto ese discurso catastrofista porque tiene un efecto contraproducente y la realidad es mucho más compleja.

–¿Por qué se deposita en el libro una suerte de “utopía de la salvación”, como si leer inmunizara de todos los males, aun cuando no impidió el nazismo en Alemania ni la dictadura militar en la Argentina?

–La lectura no va a solucionar los problemas del mundo. No forzosamente construye gente crítica, con distanciamiento. Pero el que no puede apropiarse de la cultura escrita está más marginado de la sociedad. La lectura no te garantiza nada, pero si no tienes ese derecho estás más excluido porque vivimos en una sociedad donde se cambia rápidamente de trabajo y hay que estar permanentemente capacitándose. La lectura tampoco garantiza una ciudadanía activa, pero si no leés tenés mucho menos voz y voto en los espacios públicos. La lectura te permite transitar pasarelas, generar caminitos con sutileza, inventar mediaciones que facilitan la apropiación de la cultura escrita.

–En Del Pato Donald a Thomas Bernhard. Autobiografía de una lectora nacida en París en los años de posguerra confiesa que la escritura fue algo prohibido para usted, que era el privilegio de su madre, que tocarla “era como robarle sus vestidos”. ¿En su próxima visita entrevistaremos, finalmente, a Michèle Petit novelista?

–(Se ríe a carcajadas) Escribí una mala novela, que gracias a Dios no fue publicada, para repararme de una pena de amor. Escribo, es cierto, pero nunca se sabe qué puede pasar.

Tendencias Científicas (España).- Una reflexión colectiva de antropólogos, neurólogos, tecnólogos, arqueólogos y filósofos, desarrollada esta semana en Berlín, ha puesto de manifiesto los desafíos que afronta la evolución previsible del cerebro a partir de las aplicaciones tecnológicas que pueden mejorar nuestras capacidades cognitivas. Mientras algunos científicos creen que este paso es inevitable, otros advierten de los peligros que entraña: la posibilidad de que una parte de la población mundial pueda acceder a estas mejoras cerebrales artificiales y otra parte no, podría dar lugar a dos especies humanas distintas. Más allá de las elucubraciones, otros expertos afirman que el cerebro humano evolucionará con o sin tecnología, y que el control de sus capacidades futuras no está bajo nuestro control.

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La Gaceta (Argentina).- Como buen mexicano, el médico Roberto Campos Navarro concilia los saberes de la ciencia occidental con los de las culturas indígenas. Estuvo en Tucumán, donde reivindicó las técnicas curativas del campo argentino

Perfil: Es médico cirujano, está doctorado en Antropología y tiene una maestría en Antropología Social. Actualmente se desempeña como docente e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de la cual egresó. Es coordinador de investigaciones de la sección de Antropología Médica del departamento de Filosofía e Historia Médica de la Facultad de Medicina. Tiene 57 años, está casado y tiene tres hijos. Vive en México DF. Asegura que no tiene un hobby determinado, pero que realiza ejercicios todos los días y que disfruta de compartir tiempo con su familia y en contacto con la naturaleza. Se define como un fanático del buen fútbol y admira a Diego Armando Maradona.

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La Nueva España.- Según el equipo científico que estudia los fósiles neandertales de la cueva de Sidrón (Piloña) esta especie, extinguida hace unos 35.000 años, tenía condiciones para hablar. La afirmación está basada en que el hombre neandertal compartía con los humanos modernos las mutaciones del gen FOXP2, implicadas en el habla.

Pero esta teoría, defendida por los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que en ningún momento hablan de «gen del lenguaje» sino de un gen que interviene en la base neuronal de la capacidad del habla, fue cuestionada ayer por José Egocheaga, catedrático jubilado de Antropología Física de la Universidad de Oviedo. Egocheaga ofreció, ayer, en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, una conferencia titulada «¿Podría o no hablar el hombre de Sidrón?», que fue presentada por Esteban Alú Mortera, presidente del Ateneo de Oviedo.

Para el antropólogo, concluir a partir del descubrimiento del gen FOXP2 que los neandertales podían hablar es aventurado. «No es sencillo hacer un diagnóstico rápido sobre si poseían esa capacidad», dijo. Y en un intento de explicar la complejidad del lenguaje humano dio un repaso por los órganos que intervienen en el habla: cerebro, oído y aparato fonador.

Para llegar a emitir palabras es necesario recorrer un largo camino que Egocheaga inició con el desarrollo del cerebro y la transformación del aparato fonador, «cuyas partes deben estar perfectamente controladas para la modulación de las palabras». Según expuso, es un proceso que requiere muchos participantes y gran perfeccionamiento para «pensar que un solo gen es capaz de hacer todo eso».

A su juicio, «el lenguaje es paralelo al proceso de hominización» y sus comienzos tienen alguna relación con el momento en el que los los homínidos se hacen bípedos. «Seguramente los primitivos hablantes no dirían más que bisílabos y se ayudarían con las manos para expresarse», aseguró.

«Si el lenguaje fura una mutación de un gen, habría que suponer que se adquirió de repente; pero no fue así», afirmó, «forma parte de un proceso que ha permitido ir adquiriendo las propiedades necesarias para desarrollarlo». A juicio de Egocheaga, el lenguaje no se hereda, se hereda la capacidad de emitir sonidos lingüísticos.

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