Una aproximación al “carácter nacional vasco”

abril 28, 2007

Leandro Etchichury

A lo largo de este trabajo se intentará transitar entre las ideas que en los últimos años se han ido elaborando respecto a los conceptos de “nación” y “nacionalismo”, con el objeto de aportar contenidos a un furioso debate, como es el de la legitimidad de la construcción de una nación vasca; polémica que ha excedido el terreno de lo teórico para pasar a ser una herramienta de lucha política.

En estos años, tanto en ámbitos académicos, como políticos y a través de la prensa, se ha intentado negar, con distintos argumentos, la legitimidad de conceptos como “pueblo vasco” o “Nación histórica” que a lo largo de su trayectoria el movimiento nacionalista vasco ha utilizado para reivindicar su identidad respecto a España y a Francia. Tenemos como ejemplos las declaraciones realizadas a la prensa uruguaya, a finales del año 2002, por Jaime Mayor Oreja, quien, en su carácter de jefe de bancada del Partido Popular, en el Parlamento de la Comunidad Autónoma Vasca, expresó que: “El País Vasco ha sido el corazón de España. La historia del País Vasco ha sido todo, menos la independencia. El País Vasco no ha existido como realidad política y jurídica hasta la democracia española de 1977. (…) Creo que la historia del País Vasco es incompatible con lo que hoy está preconizando el señor (Juan José) Ibarretxe, cuando viene a Uruguay y enaltece el valor de lo unilateral, como si éste fuese el valor democrático por excelencia, la forma para decidir la libre determinación, la autodeterminación, en fin, para hacer lo que en el fondo uno quiera o le dé la gana, que es el valor supremo de la convivencia. (…) El nacionalismo vasco es un movimiento con dos realidades: ETA y PNV . Y es verdad que tienen objetivos comunes. Lo que pasa es que unos lo hacen de una manera y otros de otra manera. Unos rompen con el crimen y otros rompen a plazos, con la mentira. Ellos quieren destrozar España con la mentira. Y otros quieren romper instantáneamente, con el crimen[i]. 

A principios del año 2003, en una intervención a la que asistió el ministro de Justicia, José María Michavila, el entonces presidente del Tribunal Constitucional español, Manuel Jiménez de Parga, reivindicó que “el único poder originario es el de la nación española” y calificó de “gran falacia” las reclamaciones históricas de Euskal Herria, Catalunya o Galicia, cuestionando además el concepto constitucional de “nacionalidades históricas”[ii].

Así las cosas, veremos que son frecuentes los calificativos de “racistas” y “fascistas”  que se lanzan contra los integrantes de las fuerzas nacionalistas en general, y en particular contra los militantes de los nacionalismos emergentes (es decir, aquellos que no se han podido constituir en el orden jurídico internacional como un estado-nación); en un intento de asociar nacionalismo con extrema derecha. Pero, haciendo un ejercicio de reflexión, bien podemos comenzar por preguntarnos entre otras cosas, si la vinculación del término nacionalismo con la extrema derecha no fue acaso producto de políticas que llevaron adelante estados-nacionales consolidados, como fue el caso de los totalitarismos italiano, alemán y español en la primera mitad del siglo XX?

Otra pregunta. Estos tres estados mencionados, a los que podemos agregar Gran Bretaña –y por qué no Francia-, no se consolidaron a partir del sojuzgamiento de regionalismos con una fuerte identidad local? Ya, entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, un diccionario holandés destacaba la particularidad francesa e inglesa de aplicar el término de nación abarcando a pueblos que no hablaban la misma lengua; claro que para adquirir los derechos ciudadanos primero debieron adquirir el idioma oficial[iii] del Estado.  

Y siguiendo con los interrogantes, a caso las luchas de los movimientos nacionalistas y anticolonialistas del Tercer Mundo, luego de la Segunda Guerra, no se dirigieron contra esos nacionalismos oficiales expresados por las potencias con deseos imperiales?

Al recordar que los teóricos de la modernidad imputaron a los nacionalismos el carácter de reaccionarios, en asociación, fundamentalmente, con la política de la Alemania nazi, la antropóloga argentina Ana María Lorandi calificó de ingenuas a aquellas líneas de pensamiento que prolongan esta visión a todas las reivindicaciones étnico-nacionales del presente. El desprecio hacia el otro, distinto,  incivilizado, y su consecuente subordinación, fueron una constante en las políticas expansionistas de las potencias centrales que se consolidaron a partir del siglo XVIII. Entonces, por qué no cuestionar si el rótulo de inviabilidad que se le asignan a muchos de estos nacionalismos emergentes, más que por una supuesta saturación de naciones o algún otro impedimento de tipo legal o socio-cultural, no está dado por el peso desigual de determinadas relaciones de poder en el campo de la política.

Esta exposición se fundamentará en tres autores de habla inglesa que han trabajado profundamente, desde distintas visiones, los conceptos de nación y nacionalismo; y que precisamente no se caracterizan por ser sus propagandistas. Son ellos Anthony Smith, Eric Hobsbawm y Benedict Anderson.

Haciendo una rápida síntesis del trabajo de éstos académicos, podemos decir que Smith toma al grupo étnico como la antesala potencial de una nación, siendo lo que caracteriza a dicho grupo la pertenencia común a un nombre, un mito de origen, una cultura, una historia y un territorio. De realizarse la nación,  son esos lazos primordiales los que la diferenciarán de otras. La hermandad y solidaridad del grupo surgen del mito motor, es decir un mito constitutivo que encierra un proyecto político, y que si no existe -a no asustarse- se inventa. Ese sentido de solidaridad será fundamental para el desarrollo del nacionalismo, que tiene, además, la necesidad de contar con el apoyo de la intelectualidad. La historia de los nacionalismos europeos del siglo XIX ha resaltado el papel militante de numerosos poetas, escritores, lingüistas e historiadores.

De acuerdo con el modelo de expansión en Europa, Smith[iv] considera dos tipos de naciones: las territoriales y las étnicas. En las territoriales la inclusión o exclusión está dada por los límites. La ciudadanía y la pertenencia territorial están estrechamente entrelazadas. Es el concepto más moderno de nación. Por su parte, las naciones étnicas
otorgan la nacionalidad a partir de vínculos ancestrales comunes. Smith destaca que toda nación debe tener un cierto anclaje en lo étnico, a la vez que reconoce un suelo natal. Lo ancestral, como depósito de las experiencias colectivas, y lo territorial, como continuidad de la nación histórica.

De Eric Hobsbawn se rescatará aquí el sentido moderno del término nación, que recién se empieza a trabajar en el siglo XVIII,  y también sus transformaciones a fines del siglo XIX. Según algunas investigaciones la palabra “nacionalismo” tuvo un uso generalizado recién a fines del siglo XIX, no encontrándose dicha palabra en muchos de los diccionarios de la época. Así, las aspiraciones nacionales surgen en un determinado contexto histórico, social, político y económico; en estrecha vinculación con lo que Hobsbawn llama el protonacionalismo popular, con sus elementos étnicos, lingüísticos, religiosos y territoriales.

Hasta aquí, ya podemos ir viendo que la carta de presentación del nacionalismo vasco plantea reunir los mismos requisitos formales que cualquiera de los nacionalismos europeos que se constituyeron y expandieron como estados-nacionales.

Por último, tenemos la visión que Benedict Anderson[i] ha construido sobre la nación, como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” y su vinculación con lo que él llama grandes sistemas culturales precedentes, la comunidad religiosa (a través de la lengua sagrada: el latin) y el reino dinástico, los que en su ocaso comienzan a ser suplantados por unidades atravesadas por vínculos hasta entonces no expuestos.

Popularmente los vascos se referencian como el pueblo más antiguo de Europa, a la par que su idioma el euskera. Se menciona su presencia en la región como previa a las oleadas migratorias celtas, y que a la llegada de los romanos a la Península Ibérica, en el siglo II previo a nuestra era, los vascos ya existían como una comunidad bastante organizada. Es de entonces que data la ciudad Pamplona.

Como símbolo de la fortaleza cultural frente al avasallador poder de Roma, se señala la supervivencia del esukera ante el idoma oficial del Estado: el latín. A la caída del imperio resistieron las sucesivas invasiones de los llamados pueblos bárbaros (suevos y visigodos) y posteriormente musulmanas. No obstante, el año 778 marca el punto en el que los hechos históricos, emparentándose con los relatos míticos -o viceversa-, comienzan a perfilar la construcción de la identidad colectiva de un pequeño grupo humano, en el extremo occidente de Europa. Es cuando el ejército de Carlomagno, de regreso de una incursión militar en la Zaragoza musulmana, ataca  la ciudad de Pamplona. La represalia de las fuerzas vascas, que se nutre con el aporte de efectivos provenientes de los distintos poblados de la región, ataca la retaguardia del ejército agresor en Roncesvalles y mata a Rolando, mano derecha del emperador del Sacro Imperio Romano.

“La historia institucional del País Vasco empieza así con el levantamiento popular frente a una agresión, con una gigantesca acción antirrepresiva”, escribe el  sociólogo vasco Luis Núñez Astrain.  Y agrega, “El poema épico La Chanson de Roland, primera pieza importante de la literatura francesa –de claro contenido patriótico- y equiparable al Cantar de Mío Cid en la española, ambas del siglo XII, atribuye falsamente a los musulmanes el ataque de Roncesvalles, lo que apunta ya otros dos rasgos que luego serán tónica en la posterior historia oficial: el de que el País Vasco sencillamente no existe y el de que los hechos históricos serán trastocados por completo al gusto del ejército invasor de turno”, agrega Núñez[v].

Estamos aquí ante lo que Smith llama mito motor o mito constitutivo; construcción que se encuentra ligada desde sus orígenes a un proyecto político. Es un elemento con una fuerte carga simbólica, al que además está intensamente vinculada la solidaridad del grupo.

Desde la visión de Hobsbawm toda esta construcción histórica estaría relacionada a la propaganda nacionalista que surge en la Europa del siglo XIX, de dudosa veracidad, aunque reconoce la existencia de una identificación protonacional previa que le servirá de base.

Pero lo que es más interesante aquí, es el concepto de nación de Anderson, quien la define como una “comunidad política imaginada, como inherentemente limitada y soberana”. Imaginada, porque la unidad de sus miembros es un principio ideal, a pesar de que entre ellos nunca se conocerán personalmente. Limitada, porque sus fronteras siempre tendrán un límite, no abarca a toda la humanidad. Y soberana, porque el poder nace de la propia comunidad y no por mandato Divino como en los reinos dinásticos. A partir de esta definición, Anderson hace un contrapunto con otro investigador, Ernest Gellner –que se puede extender a todos aquellos teóricos que muestran hostilidad hacia estas categorías de identidad colectiva- rechazando esa visión que impregna al concepto de falsedad política, y que llevaría a una supuesta invención de naciones donde no existen. Por ello asegura Anderson que “de hecho, todas las comunidades mayores que las aldeas primordiales de contacto directo (y quizá incluso éstas) son imaginadas”. 

Anderson habla del reino dinástico como uno de los grandes sistemas culturales (el otro, como ya habíamos dicho, es la comunidad religiosa) que precedieron y de alguna forma condicionaron el surgimiento del nacionalismo a partir del siglo XVIII. Y es en el Reino de Pamplona, constituido a principios del siglo IX, donde los vascos visualizan un poder central y autónomo que los convoca desde la historia. Luego pasaría a ser el Reino de Navarra, que conservará su soberanía hasta el siglo XVI.

El desarrollo hacia un reino único, nacido de las coronas de Aragón y Castilla, que competirá por territorios y demostrará una mayor dinámica expansionista, marcarán el ocaso de Navarra. Primero logran sacar de su esfera de influencia, en los albores del siglo XI, a las actuales provincias vascongadas (más o menos, la actual CAV) –cabe destacar aquí, además, que lo que fue una zona periférica es ahora la única zona vasca con reconocimiento oficial-, y con la unión de Castilla y Aragón el Duque de Alba inicia la conquista de Navarra en 1512, proceso que llevará diez años.

El historiador Horst Pietschman[vi], destaca que las luchas que sostuvieron conjuntamente castellanos y aragoneses en Granada, Italia y Navarra conformaron una conciencia de identidad española, la gran adversaria del nacionalismo vasco. Otro dato importante que agrega es el de destacar a las provincias vascongadas como una excepción dentro de un reino de Castilla fuertemente centralizado, al ser las únicas en conservar órganos representativos independientes.

De estos hechos Núñez destaca tres cosas: 1) que los navarros fueron conquistados por la corona española más tarde que muchas de las actuales naciones de América; 2) que a pesar de la conquista se mantuvo intacta la estructura foral, con sus leyes, fronteras propias, moneda y Cortes diferentes; 3) que la conquista fue el triunfo de la Contrarreforma, es decir la Inquisición, contra un reino tolerante en lo cultural, religioso y político; bajo el que se imprimieron  los primeros libros en vasco.

En la región norte (la actual zona bajo jurisdicción francesa), la Baja Navarra se mantendrá como un reino administrativamente separado que sostendrá con el reino francés sucesivas disputas por el rechazo a la unificación. Con la Revolución Francesa se suprimen las constituciones de Baja Navarra, Lapurdi y Zuberoa, las cuales son anexadas definitivamente hasta la fecha.

Ya desde el siglo XVI, en las colonias americanas, los vascos conformaron un grupo bastante cerrado, con tendencia a casarse entre ellos mismos y a fundar sus propias organizaciones. El historiador James Lockhart[vii] los iguala en su actitud  a otros sectores de las sociedades coloniales como eran los negros y los herreros.

La participación vasca en las guerras carlistas[viii] que se desarrollan en el Estado español (1833 a 1839 y 1872 a 1876) se transforma en un nuevo impulso para la propia identidad.  Núñez recuerda que “el Estado carlista está asentado sobre la zona liberada por su ejército, que deja fuera a las cuatro capitales del sur vasco pero que incluye a todo el territorio existente entre ellas, que es precisamente la misma zona vascoparlante (…), para los vascos de entonces, las guerras carlistas serán en el fondo antes que nada, una defensa de sus instituciones, leyes propias y costumbres, una defensa de su personalidad colectiva. De haber sido un simple problema dinástico o religioso, el arraigo del carlismo en el País Vasco habría sido similar, y no superior, al de otras parte del Estado español”[ix]. El producto de estas guerras en el sur, y el estado de pobreza y represión en el norte, ante la negativa de combatir del otro lado de la frontera en los primeros años de la revolución jacobina, a fines del siglo XVIII, llevaron al inicio de lo que se conoce como la diáspora vasca; tanto por Europa como fundamentalmente por América. La Guerra Civil y el régimen franquista hicieron el resto de las tareas necesarias para ofrecer un escenario de fragmentación, dispersión, aculturación y violencia. 

El hecho de que el llamado País Vasco no tuviera en sus orígenes fronteras claramente definidas, hizo que la situación diera lugar a una llamativa paradoja. Los vascos reconocen actualmente como sus territorios a aquellos que se extienden a la zona  vascoparlante; una zona en la que el uso de la lengua vasca no es mayoritario. No obstante ser vasco es ser un euskaldun, un hablante de la lengua vasca. En los hechos se trata de un portador simbólico de la construcción cultural más emblemática de todo pueblo: la lengua.

La lengua es una construcción cultural, quizás la de mayor peso simbólico; que le da a los grupos hablantes una particular identidad social. El propio Hobsbawm destaca en su libro Naciones y Nacionalismo que la lengua hablada por el pueblo llegará a ser un criterio central para la definición moderna de la nacionalidad, aunque posteriormente deslice que no necesariamente siempre esto sea así. No obstante, las lenguas nacionales tendrán para los movimientos nacionalistas europeos una gran importancia política e ideológica.

Respecto a la situación vasca, el historiador inglés hace una interesante y polémica comparación con el caso catalán. “… Si bien el 80 por 100 de todos los habitantes de Cataluña hablaban la lengua (…), sólo el 30 por 100 de los habitantes del País Vasco hablaban la lengua en 1977 –las cifras más recientes no parecen haber cambiado-, hecho que quizá esté relacionado con el mayor entusiasmo de los nacionalistas vascos por la independencia total en contraposición a la autonomía”[x]. Luego continúa, “quizá no sea extraño que el catalanismo se haya apuntado un éxito más espectacular en lo que se refiere a asimilar a los inmigrantes que viven en Cataluña en comparación con el movimiento vasco, que en gran parte se mantiene unido gracias a la xenofobia”.

“El vasco da tanta importancia a su lengua que se autodefine a si mismo precisamente por ese rasgo, por el rasgo lingüístico. No se autodesigna en relación con una raza o tribu, con una divinidad, con una localización geográfica, sino en relación exclusiva con su lengua”, asegura el sociólogo Luis Núñez. El problema, como ya lo señaláramos, se presenta, y él lo reconoce, con una gran mayoría que se identifica como vasca y no habla el idioma.

En este mismo sentido, al País Vasco se lo designa como Euskal Herria que significa pueblo de la lengua vasca. Aquí Núñez destaca la doble designación, al País y al pueblo. Cabe señalar que el término Euskadi para denominar al País Vasco tiene una connotación más de carácter político, ligado al nacionalismo de Sabino Arana[xi].

Para el historiador Roger Collins[xii] “si la historia de los últimos tres mil años tiene alguna lección que darnos, es sin duda que el mantenimiento de la entidad vasca se debe más a la independencia lingüística que a la política”.

Se podría concluir junto con Anderson[xiii]: “Las Naciones Unidas admiten nuevos miembros casi todos los años. Y muchas naciones antiguas, que se creían plenamente consolidadas, se ven desafiadas por sub nacionalismos dentro de sus fronteras, es decir, nacionalismos que naturalmente sueñan con desprenderse de ese sufijo sub, un buen día. La realidad es evidente: el fin de la era del nacionalismo, anunciado durante tanto tiempo, no se encuentra ni remotamente a la vista. En efecto, la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo”.

Esta síntesis ha podido ser confirmada a diario en la  sección política o internacional de la prensa. En los últimos doce años la legitimidad enarbolada por el nacionalismo como bandera política se hizo claramente manifiesta con el descalabro de los países  del llamado socialismo real; ya que al calor del debate entre sistemas socio-económicos contrapuestos durante el pasado siglo, de alguna manera, se pretendió -fundamentalmente desde cierta visión ortodoxa de la izquierda- ocultar su fuerza. De hecho, los irlandeses, los escoceses y los vascos, por citar sólo a algunos de estos movimientos, vienen planteando sus objetivos políticos desde muchos años antes de la caída del muro. Y, vaya paradoja, las luchas nacionales en el occidente capitalista recobraron bríos en la década del ’60, a partir de renovadas organizaciones con un importante aporte juvenil, que en muchos casos asumieron una ideología de izquierda.

En definitiva, mientras las relaciones internacionales asuman como principal estructura jurídico-política a los estados nacionales –y a pesar de la llamada globalización y el fortalecimiento de los bloques económicos regionales, nada indica que los estados estén desapareciendo, aunque sí hay que reconocer que se abren nuevos campos de acción en este terreno-, decía entonces, que mientras esto suceda, habrá pueblos que para defender su identidad cultural y social, en un mundo con una fuerte tendencia a la homogeneización, basada en los valores de los países hegemónicos, decidirán recorrer el camino en la búsqueda de la autodeterminación política; ya que si bien la política puede ser entendida por algunos como “el arte de lo posible”, además, tiene la capacidad de conducir las soluciones a las carencias del presente. 

En muchos casos, el actual rechazo a las ideas de nación y nacionalismo es la reacción académica a las teorías esencialistas, las cuales fueron potenciales portadoras de valores racistas y excluyentes; que tomaron a las construcciones culturales de un pueblo como un fenómeno natural, aislado e inmutable. Estas ideas transformadas en ideología oficial de algunos estados o partidos políticos, y llevadas a sus extremos, originaron los hechos más vergonzosos de la humanidad, actitud de la que ni siquiera ha quedado exento los propios Estados Unidos, país en el que durante las primeras décadas del siglo XX los más altos círculos académicos  y gubernamentales propugnaron la aplicación de la eugenesia, es decir evitar la reproducción de las llamadas “razas inferiores”. La paradoja es que hoy algunos de sus herederos son los que acusan a los vascos de xenófobos.

Como afirma el antropólogo argentino Alejandro Grimson, la nación también puede ser vista como un marco en el que se desarrolla una experiencia histórica y social concreta, a partir de la constitución de unos específicos actores sociales; experiencia ésta que “configura culturas nacionales del relacionamiento”[xiv].

La cultura es una permanente construcción colectiva por parte de un pueblo. Ella está influida tanto por factores endógenos, como exógenos; y como toda construcción es un invento, o mejor dicho una creación. Y no se trata sólo de una, sino de múltiples creaciones, y en ello radica la riqueza del género humano: en su diversidad cultural. Su defensa, estoy convencido, es una causa por la que vale la pena involucrarse.




[i] ANDERSON, Benedict. Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, México, 1993.




[i] Diario El País (Uruguay), del 4 de diciembre de 2002.

[ii] Gara, 22 de enero de 2003.

[iii] Eric Hobsbawm, Naciones y Nacionalismo desde 1780, 1992

[iv] Anthony Smith, The Ethnic origins of Nations,New York,1989

[v] Luis Núñez Astrain. Op. Cit. P 111

[vi] Pietschman Horst, El Estado y su evolución al principio de la colonización española de América. México, 1989.

[vii] James Lockhart, Organización y cambio social en la América española colonial. En Leslie Bethell (ed) Historia de América Latina, 1990.

[viii] Guerras que comenzaron por la disputa al trono de España y que llevó a la formación de dos facciones políticas -los que apoyababan a Isabel II  frente a los partidarios de Carlos Isidro-, identificándose a los carlistas con el sector  ultraconservador.

[ix] Op. Cit. Pp 117,118

[x] Op. Cit. P 150

[xi] “(…) Euskal Herria jamás puede basar su historia en el pensamiento dominante del nacionalismo vasco actual, es decir: la herencia emanada del ideario de Sabino Arana. Principalmente porque este señor se inventó un país que jamás existió y unos pactos entre los vascos y el Estado que han sido desvirtuados en su esencia por su afán de justificación de una Euzkadi folklórica”, escribió en el diario Gara (30/9/02) el escritor Xabier Armendariz.

[xii] Roger Collins, Los Vascos, Alianza, Madrid, 1989; en La Razón Vasca (op. cit.), página 18

[xiii] Op. Cit. P 19

[xiv] Grimson, Alejandro: “La Nación después del deconstructivismo”. En Sociedad. Buenos Aires, 2003.

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