Una entrevista con John V. Murra (1916-2006)

octubre 27, 2006

por John Howland Rowe

Peripecias Nº20

John Howland Rowe (1918-2004), Doctor en Historia y Antropología de América Latina en la Universidad de Harvard. Profesor de la Universidad de Berkeley desde 1948 y profesor honorario de Popayán, del Cuzco, de la Universidad Brown y de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Peruanista de reconocida trayectoria, tiene numerosas publicaciones sobre la arqueología, cronología y etnohistoria de los Andes Centrales.

Murra falleció el pasado 16 de octubre en Ithaca, Nueva York.

John Murra

A raíz del reciente fallecimiento del antropólogo John V. Murra reproducimos, a modo de homenaje, una entrevista realizada por otra figura de la disciplina, también fallecida, el profesor John Howland Rowe.

 

John Murra es un antropólogo que ha dedicado gran parte de su carrera profesional al estudio de la etnología histórica de los incas y de otros pueblos andinos de Ecuador, Perú y Bolivia, mediante la utilización de fuentes y métodos históricos. En el transcurso de su quehacer científico ha editado una serie de documentos de la mayor importancia e interés para los historiadores, ha realizado una cantidad sustancial de trabajo de archivo y ha tratado más que nadie de acercar a historiadores y antropólogos de tres continentes y de mantener el diálogo entre ellos. Lo que ha incentivado su investigación de archivo es la convicción de que para lograr un mayor conocimiento de la etnología histórica andina es menester encontrar nuevas fuentes. Siempre ha prestado especial atención a los problemas de orden económico. Lo que a Murra le interesa es averiguar cómo funcionaba el Estado inca, u otra organización política andina, en los años inmediatamente anteriores a 1532, particularmente en el campo económico. Para esta labor, ha dependido de documentos históricos. Me he referido a lo que él hace como “etnología histórica”. Su hipótesis sobre el “archipiélago vertical” ha estimulado la investigación y la discusión entre estudiosos interesados en los Andes comprendidos entre Ecuador y Bolivia.

 

En 1963, Murra recibió una importante subvención de la National Science Foundation para un proyecto de tres años que buscaba suministrar contexto antropológico a la visita de Huánuco de 1562. Se trataba de conformar un equipo de arqueólogos, etnólogos, un etnobotánico y otros especialistas, con el fin de realizar investigaciones en la zona descrita por la visita. Según Murra, los proyectos anteriores habían surgido del interés de arqueólogos o etnógrafos en regiones específicas, y la búsqueda de documentos históricos referentes a ellas se realizaba con posterioridad. Debido a la irregular preservación de los documentos históricos, era frecuente que hubiera pocos documentos disponibles para la zona escogida. La visita de Huánuco ofrecía una oportunidad, posiblemente única en el Perú, para organizar un proyecto de investigación regional en el que la documentación histórica, o al menos la parte de ésta que interesaba a Murra, ya estaba a la mano. Para los historiadores, el aspecto más importante del proyecto era la publicación de una nueva y asequible edición de la visita y la acumulación de información contextual para ella.

 

Después de concluir el proyecto de Huánuco, en 1966-1967, Murra fue becario posdoctoral de la National Academy of Sciences destacado ante la Smithsonian Institution. En 1968 fue nombrado profesor de antropología en la Universidad de Cornell, puesto que ocupó hasta su jubilación, en 1982. Su incansable búsqueda de nuevos contactos personales y de estímulo intelectual lo llevó a servir como profesor visitante en Yale entre 1961 y 1963; como investigador del Instituto para Estudios Avanzados de Princeton entre 1974 y 1975; como profesor en Francia en Nanterre y París entre 1975 y 1976, y en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México en la primavera de 1977; entre 1978 y 1979 pasó su año sabático trabajando en el Archivo de Indias de Sevilla y en la primavera de 1980 adelantó investigaciones de tiempo completo en Lima, mientras que en la de 1981 fue profesor visitante en John Hopkins.

 

La jubilación de Murra no ha resultado en una disminución de sus actividades académicas. En 1982 y 1983 fue consultor del Banco Nacional de Bolivia, comisionado de tiempo completo en el Museo Nacional de Etnografía de la Paz, y de 1983 a 1984 fue becario Guggenheim.

 

En 1969, Murra fue seleccionado para dictar la conferencia en honor de Lewis Henry Morgan en la Universidad de Rochester y ha desempeñado la presidencia de la American Society of Ethnohistory (1970-1971), de la American Ethnological Society (1972-1973) y del Institute of Andean Research de Nueva York (desde 1977). Actualmente colabora con los consejos editoriales de Histórica de Lima; Historia Boliviana, de Cochabamba; Changara de Arica, y HAHR.

 

Antecedentes

 

[ Nota de Peripecias: los siguientes párrafos son escritos por Murra, luego de ellos se ofrece la entrevista realizada por Rowe ]

 

En Rumania, donde nací, las vocaciones literarias gozaban de gran aprecio entre mis compañeros; leíamos mínimo en dos idiomas: rumano y francés. A los diecisiete, cuando ni se me había ocurrido que alguna vez visitaría este país, ya traducía la trilogía U.S.A. de John Dos Passos. A los quince ya tenía trabajo fijo como aprendiz para las páginas deportivas de un diario. Al terminar mi educación secundaria tenía mi propia columna y hasta algo de salario. El convertirme en cronista deportivo adulto era aceptable para mí, pero no para mis mayores. Si la oportunidad de asistir a la Universidad de Chicago (de lo que hablaré más adelante) no se hubiera presentado, seguramente me habría transado, como lo hicieron muchos de mis compañeros, por estudiar en la escuela de leyes, a la que, en la Rumania de antes de la guerra, se ingresaba directamente después de la secundaria, como se hace hoy día en hispanoamérica.

 

A la postre, nunca estudié en una universidad rumana. En mi último año de liceo fui expulsado por pertenecer a las juventudes de la socialdemocracia, una organización legal. Finalmente me presenté a los exámenes nacionales para mi bachillerato como estudiante particular. Mientras tanto, primero en Rumania y luego en Croacia, mi padre me consiguió trabajo como aprendiz en fábricas de papel. Él creció en un orfanato y a la edad de doce años ya había comenzado a trabajar; aunque nunca realizada, su fantasía perenne fue la de convertirse en el primer fabricante de papel para cigarrillos del país. Yo estaba destinado a ser su técnico.

 

El trabajo en las fábricas de papel fue una importante experiencia educativa; me gusta pensar que me preparó para el trabajo de campo etnográfico. Conocí la primera generación de trabajadores industriales balcánicos, quienes, en su mayoría, eran campesinos serranos arrancados de sus fincas. En Croacia trabajaban turnos de doce horas con descansos de veinticuatro, lo que les permitía contar con luz solar para atender sus cultivos, día de por medio. En ambas naciones era cosa de rutina que mis compañeros de trabajo me invitaran a sus casas, donde la conversación giraba alrededor de los cultivos, las ceremonias de cosecha, la reforma agraria de 1918. También conocían los sindicatos, legales en Rumania y clandestinos en Croacia. En Rumania todos los obreros eran varones; en Croacia, país al que yo veía como “europeo”, también las mujeres trabajaban en las plantas.

 

El señalar tales diferencias parecía tan natural como la permanente conciencia de la etnicidad: los serbios y los croatas podían hablar el mismo idioma, pero mis compañeros de trabajo constantemente insistían sobre las diferencias. La brecha étnica entre ellos era tan amplia, que no recuerdo situación alguna en la que fuese pasada por alto. Sin embargo, de hecho, se me había preparado desde la infancia para advertir tales diferencias. Sólo las mujeres gitanas vendían maíz y nadie más cargaba bultos sobre la cabeza; el yogur llegaba a casa todas las tardes y sólo los búlgaros lo repartían; los dulces eran hechos por sajones o griegos. Los húngaros de mi edad hablaban rumano con frecuencia, pero ninguno de los rumanos que conocía admitía saber húngaro, a pesar de que entre nosotros vivían tres millones de hablantes nativos de esa lengua. A los dieciocho yo no tenía ni idea de que el clasificar tales diferencias podía ser una ocupación, que uno podía ganarse la vida observando la diversidad étnica.

 

También resultaron aleccionadoras algunas breves detenciones entre 1933 y 1934: los prisioneros se segregaban, no sólo por grupo étnico, sino también por credo político. Decenios más tarde, la novela carcelaria de José María Arguedas El sexto me pareció conmovedoramente familiar. El ascenso de Hitler al poder estimuló a la Guardia de Hierro rumana a exigir “pureza racial”: se oían muchas versiones de lo que esto podía significar en un país tan multiétnico. Una vez pasé un mes en una cárcel de provincia, donde yo era el único “rojo” entre unos veinticinco miembros de la Guardia de Hierro que acababan de asesinar al primer ministro. Me escapé de algunas de las palizas que se me venían encima cuando se supo que yo era experto en jugadores y tácticas de fútbol.

 

Inesperadamente, y sin que yo tuviera nada que ver con ello, todo esto terminó en diciembre de 1934, cuando me fui a Chicago para asistir a la Universidad de Robert Maynard Hutchins. El hermano de mi padre, un virtuoso del contrabajo, había venido a los Estados Unidos diez años antes como integrante de una banda gitana y había terminado por pertenecer a la Sinfónica de Chicago. Al leer en el Chicago Tribune de lo radical que se había vuelto la universidad bajo la dirección del señor Hutchins, mi tío decidió que este era el lugar preciso para un joven inquieto. En 1934, dadas las circunstancias, habría ido a cualquier parte, ya que no había ningún lugar en particular en el que deseara estar. Todo lo que sabía era que el estudio de la química del papel en Grenoble, la preferencia de mi padre, no constituía una posibilidad real. Así que la decisión fue por Chicago.

 

La investigación académica es una actividad que nunca tomé en cuenta con anterioridad a 1935: antes de venir a la Universidad de Chicago no había tenido noticia de nadie dedicado a ella. Seguramente sabía que tal labor existía en el mundo adulto cercano a mí, pero en Rumania, único país que conocía, una carrera académica no había descollado como opción.

 

Me fui inclinado hacia las ciencias sociales, de cuya existencia misma más allá del marxismo tenía sólo una vaga idea; tanto la antropología como la historia eran materias obligatorias para los estudiantes de tercer año, nivel en el que se me situó en la universidad debido a mi baccalauréat de estilo francés. Pensaba que los cursos exigidos eran lentos y aburridos; mi promedio de notas en la universidad fue sistemáticamente una humilde C. Pero el alcance comparativo mundial de la antropología fue una revelación; tal como la enseñaba el doctor Fay-Cooper Cole, especialista en etnología filipina, nunca perdía su dimensión histórica. Cole había estudiado con Franz Boas y había creado un departamento de antropología en Chicago, al que traía diversidad de personajes tales como Edward Sapir, de Ottawa, en lingüística, y A. R. Radcliffe-Brown, de Australia, en antropología social. En el doctor Cole admiraba al hombre y al organizador; por intermedio de él conocí una clase de estadounidense del medio oeste, cuya integridad y equidad intelectual no tenían antecedentes en mi experiencia. Mirando hacia atrás, otro hombre que desempeñó un papel decisivo en mi determinación de hacerme antropólogo profesional fue el arqueólogo de la Florida Charles H. Fairbanks, quien más tarde organizó esta disciplina en su estado natal.

 

Sin embargo, gran parte de su influencia quedó en el subconsciente incluso después de graduarme en junio de 1936, poco antes de cumplir los veinte años. Ese año, nada en la vida académica podía compararse con las exigencias de la política. En el otoño, cuando en las universidades de la nación se inició el reclutamiento para formar una brigada internacional que fuera a la guerra civil española, estaba preparado para enrolarme. Y es justo lo que hice, y fue así como aprendí castellano y cómo llegué a convertirme en estudioso del mundo andino.

 

Tres años más tarde, cuando logré regresar a la Universidad de Chicago, mi interés en la política se estaba desvaneciendo. Pocas experiencias pueden ser más benéficas que la participación en una guerra civil moderna para explorar las realidades del centralismo “democrático” o la presión ejercida por los lazos nacionales y étnicos sobre la posición de clase. Como miembro polígloto, aunque subalterno, de la plana mayor de las brigadas internacionales en Albacete, fui testigo de cómo las decisiones que afectaban a miles de personas las tomaban gente que no era española y cuyo rango y autoridad venía de fuera de la República, de sus respectivos comités centrales. Si bien es cierto que en el frente los líderes militares eran frecuentemente promovidos en el campo de batalla y que algunos eran excelentes comandantes, los de la contraparte política eran abrumadoramente incompetentes. De los comisarios británicos, canadienses y estadounidenses a quienes serví durante el primer año de la guerra, sólo retengo a uno en la memoria como capaz de llevar a cabo sus funciones especializadas: Steve Nelson, croata de Pensilvania, cuya autobiografía demasiado desteñida y defensiva, con pretensiones de “historia oral”, fue publicada hace algunos años. Se merece algo mejor.

 

Lo ganado en los dos años de participación en el estado mayor y en la línea de combate (1937-1938) fue una valoración, compartida por pocos académicos, del talento que implica la destreza militar y una permanente admiración por el pueblo español; de haber triunfado la República, dudo que hubiera regresado a los Estados Unidos.

 

Hacia noviembre de 1938, la mayoría de los extranjeros que estaban de nuestro lado y que provenían de países democráticos fueron repatriados; sin embargo, el mayor número de voluntarios era de ciudadanos de regímenes dictatoriales de Europa Oriental, los Balcanes, Italia y Alemania. No se nos admitió en Francia hasta febrero de 1939 y fuimos entonces encerrados tras alambradas de púa en las playas al este de Perpiñan.

 

Después de unos seis meses en varios campos, logré regresar a Chicago. La antropología emergió ahora como algo más que un pasatiempo; tenía un nuevo viso, debido especialmente a que el doctor Cole me había dado la bienvenida. Entonces me parecía que se ocupaba en alternativas humanas fundamentales que en mi anterior activismo no había analizado a fondo. Periódicamente desde entonces, hace más de cuarenta y cinco años, he redescubierto esta trascendencia y siempre es una experiencia mágica y vigorizante.

 

¿Cómo se inició su interés por la etnohistoria?

 

Cuando yo era estudiante de postgrado en Chicago, no veíamos la etnohistoria como subdivisión institucional de la antropología, aunque mucha gente en los Estados Unidos la practicaba. En la década del treinta, Fay-Cooper Cole había iniciado un estudio sobre los indios Illinois y uno se podía ganar la increíble cantidad de un dólar la hora si era capaz de leer y evaluar relatos franceses sobre los aborígenes del estado. A pesar de que algunos de mis profesores en Chicago consideraban que el interesarse por la historia de poblaciones ágrafas era un ejercicio perdido, normalmente enfocado a validar prioridades o intereses étnicos muy posteriores. Fay-Cooper Cole, Fred Eggan, otro de mis profesores, y yo no nos desanimamos por ello.

 

A principios de la década del cuarenta considerábamos que nuestro trabajo era esencialmente histórico, aunque se practicara independientemente de los departamentos de historia existentes. Cualquier información sobre los otoes, los illinois o los shawnees y, más allá de nuestro territorio, acerca de cualquier grupo étnico ágrafo del mundo era bienvenida. Para el estado de Illinois esta información se podía conseguir mediante excavaciones o escudriñando los setenta tomos de las Relations des Jésuites (1). En anterior oportunidad, cuando estudiaba la etnología de las Filipinas, Cole hizo uso de la arqueología, los relatos tempranos de testigos españoles y la comparación de grupos étnicos que aún vivían en las tierras altas de ese archipiélago. En los Estados Unidos la antropología surgió de un interés por pueblos como los illinois o los igorotes y no de un compromiso con un propósito académico en particular.

 

En 1943, Wendell C. Bennett, quien estaba entonces en Yale, encargó dos artículos sobre los grupos indígenas del Ecuador para el Handbook of Southamerican Indians. Donald Collier preparó el referente a la arqueología de los Andes del norte; él había dirigido un estudio en la región el año anterior. A mí se me solicitó analizar los relatos tempranos de testigos europeos relacionados con la misma zona periférica de los Andes. Esta fue mi primera incursión en la etnohistoria andina, emprendida cuando sólo tenía un conocimiento mínimo de las fuentes. Con el tiempo Bennett se convirtió en mi otro maestro que, aunque extraoficial, compartía mi interés por los Andes y, de alguna forma, comprendí que yo disfrutaría descifrando la escritura de los observadores del siglo XVI. Al igual que Cole, de quien había sido alumno diez años antes, Bennett recibía con beneplácito cualquier información sobre su región, bien fuera ésta arqueológica, histórica o de etnografía contemporánea.

 

Estas fuentes las leí en la Biblioteca del Congreso, en Washington, donde tuve la suerte de conocer a José Antonio Arze, el investigador boliviano, y a Alfred Métraux, el inspirador del Handbook y en muchos sentidos su redactor principal. Los tres reflexionábamos acerca de la organización social y económica de los incas. Debatíamos sobre el “modo de producción” que considerábamos había predominado en el Cusco antes de 1532, aunque a la vez estábamos de acuerdo en que las fuentes disponibles eran demasiado limitadas para permitir un veredicto confiable. Ninguno de nosotros era “etnohistoriador”, entrenados en países muy diferentes, lo que nos unía era nuestra dependencia de los relatos administrativos y de testigos presenciales del siglo XVI. A la postre, concluí que el Estado inca era feudal, idea que resultó ser falsa y que me tomó hasta 1955 retirar formalmente.

 

¿Podría darnos una idea de la magnitud de sus viajes al exterior? ¿En el campo de la etnohistoria, han existido vínculos con el extranjero de particular importancia para usted?

 

Si no contamos como “viaje” mi emigración a los Estados Unidos ni mi servicio militar en España, el viaje decisivo fue la ida al Ecuador en 1941 como asistente de Donald Collier del Field Museum. El propósito del viaje era un estudio arqueológico; Collier ya había realizado investigaciones en los Andes y su objetivo era explorar los límites septentrionales del Horizonte Chavín Temprano (algunos siglos antes de Cristo).

 

Este propósito inicial debió ser abandonado cuando el ejército peruano invadió el sur del Ecuador ese año, pero nos reacomodamos rápidamente: había mucho por hacer y la entidad que nos auspiciaba, el Institute of Andean Research, estuvo de acuerdo. Mientras buscábamos supuestas influencias mayas en los Andes del norte, aprendí a montar a caballo y a dudar de mi vocación como arqueólogo. También descubrí que mis conocimientos sobre la estructura social balcánica eran útiles en Hispanoamérica. La consecuencia más importante de mi trabajo de campo en el Ecuador fue mi descubrimiento de la civilización andina como logro humano fundamental, y de mi interés por estudiarla y, además, en ser su partidario.

 

Poco después de regresar de Cañar y Quito se me pidió dictar clases en reemplazo de personas que se habían ido a la guerra (las heridas recibidas en España me habían dejado por fuera de la segunda guerra mundial). Disfruté la repentina responsabilidad, particularmente debido a que el doctor Cole (y Chicago) me dio amplia libertad respecto a la manera de hacerlo. Cuando la guerra terminó, la SSRC me otorgó una beca para regresar a los Andes, esta vez como etnólogo, a investigar sobre la “anómala” historia del éxito económico de los campesinos andinos de siete parcialidades en los alrededores de la ciudad de Otavalo.

 

Cuando estaba listo para partir, descubrí que el gobierno de los Estados Unidos no me dejaría viajar y que el departamento de Justicia no permitiría mi nacionalización. La guerra civil española y anteriores asociaciones obstaculizaban mi expediente. Mi solicitud fue rechazada en varias ocasiones; incluso después que la Corte de Circuito Federal dispuso mi nacionalización en 1950, el departamento de Estado retuvo mi pasaporte hasta 1956. Así que mi regreso a los Andes se demoró y algunos buenos años de trabajo de campo se perdieron.

 

Sin embargo, esto me llevó a un interludio en el Caribe: algunos años como docente en la Universidad de Puerto Rico, cuando esa institución empezó a ofrecer sus cursos en castellano, más varias temporadas de campo en vacaciones de verano en otros lugares del Caribe, especialmente Jamaica y Martinica. Todo esto fue agradable, además de instructivo, pero todo el tiempo supe que pertenecía a los Andes. En 1958 comencé a trabajar en los archivos del Cusco, mientras disfrutaba de un año sabático otorgado por Vassar College, donde había sido nombrado en 1950. Durante los últimos veinticinco años he buscado documentación andina en los archivos de Sucre, Sevilla, Buenos Aires, Lima y Madrid. Me propongo continuar.

Fue entre 1958 y 1959 cuando conocí a mis primeros colegas andinos después de J. A. Arze. Don Luis Valcárcel, cuyas Memorias fueron publicadas recientemente en Lima, fue el primero en utilizar el término etnohistoria para describir el estudio de los relatos de testigos presenciales del siglo XVI sobre la invasión europea. El descubrió estas fuentes en el primer decenio del siglo, en la Universidad del Cusco, y pasó una vida entera estudiándolas y redactando ediciones mejoradas de algunas crónicas. Otra de las personas que conocí fue doña María Rostoworowski, la investigadora andina más imaginativa en el uso de documentos etnohistóricos: hasta sus trabajos más tempranos están llenos de ideas que permanecen insuficientemente exploradas. En 1960, traté de atraer la atención del mundo académico de los Estados Unidos hacia su trabajo, mediante la traducción y publicación en el Southwestern Journal of Anthropology de un artículo con su explicación del incesto real entre los incas; no tuvo ningún eco en este país. Desde entonces, ella se ha concentrado en la historia de grupos étnicos de la costa andina y lo ha hecho sumamente bien. Finalmente, me gustaría llamar la atención sobre el trabajo de Emilio Choy, cuya familiaridad con las fuentes e implacable cuestionamiento al que las sometió fue todo un descubrimiento. Pudimos estar en desacuerdo sobre la interpretación de las fuentes (Choy estaba convencido de que el modo de producción del Tahuantinsuyu era esclavista), pero su conocimiento de la información empírica era de primera.

 

Entre los muchos lugares que ha visitado, ¿cuál le ha producido la mayor impresión estética?

 

Indudablemente, el macizo andino y la puna en toda su majestuosidad. Los he cruzado y vuelto a cruzar durante cuarenta años, pero nunca han perdido su poder para deslumbrarme.

 

Aunque me pregunto si este deslumbramiento será una “impresión estética”. Cuando contemplo el paisaje andino, siempre pienso en el reto que éste imponía al hombre andino y en su habilidad para lograr una densa población y una alta productividad en circunstancias físicas tan extremas. Así que es posible que la categoría “estética” no sea la adecuada y, en ese caso, no tengo respuesta alguna para su pregunta.

 

¿Ha habido escritores en particular –filosóficos, histórico-filosóficos o incluso literarios– que lo hayan influido considerablemente?

 

En mi juventud y durante la década del cuarenta, el marxismo fue la metodología que más me ayudó. De ahí la preocupación por adivinar el “modo de producción” correcto para describir a los incas que alimentó el debate entre Arze, Métraux y yo en 1943. Diez años más tarde rectifiqué formalmente la caracterización de “feudal” que había propuesto en el Handbook. No lo hice porque tuviera información adicional que me alentara a cambiar de manera de pensar, sino porque el problema en sí, la idea misma de meter en cajón de sastre a las sociedades preindustriales de todo el mundo, de forzarlas dentro del limitado conjunto de posibilidades humanas propuesto por Friedrich Engels, se había vuelto improductiva.

 

La ruta que tomé implicó dos caminos diferentes: mi participación en la guerra española me ‘había distanciado de la ortodoxia estalinista, pero más importante aún fue mi descubrimiento de las grandes monografías de los antropólogos sociales británicos. Me encontré con estudios de campo de reinos africanos que fueron invadidos y vencidos hacia finales del siglo XIX, por lo que las tradiciones orales y las ideologías del pasado preeuropeo aún eran vividas como fuerza real. Los trabajos de E. E. Evans-Prichard sobre los azandes, de Rattray, Danquah y Fortes sobre los ashantis, y de Max Gluckman sobre los barotses y los zulúes, fueron todo un descubrimiento.

 

Nadie había enseñado este material en Chicago desde que Radcliffe-Brown se retiró en 1937, así que en 1944 le sugerí al doctor Cole la posibilidad de ofrecer tal curso. Yo nunca había estado en África pero me hallaba convencido de que, una vez terminada la guerra, los estudios africanos cobrarían mayor importancia para los pueblos implicados y también para efectos comparativos. Si uno quería entender las organizaciones sociales precapitalistas ágrafas del mundo entero, motivación de mi estudio sobre el Estado inca, era necesario plantearse nuevas preguntas y tener en cuenta la nueva información de fuera del continente americano.

 

Nunca he trabajado tan duro como cuando preparé mi primer curso de “etnología africana” y pocos han sido los esfuerzos que me han dado tanta satisfacción. Desde entonces lo he dictado en la Universidad de San Marcos, en Lima, en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad de París-X (Nanterre), como también en Vassar College, en la Universidad de Columbia y en la New School for Social Research. No me volví africanista, en un sentido profesional, pero me he mantenido al día con los Cahiers d’Etudes Africaines y el Journal of African History, y con el trabajo de Jan Vansina o Kwame Arhin, Paul y Laura Bohannan, Françoise Heritier e Ivor Wilks.

 

En algunos círculos antropológicos se oye con frecuencia el argumento de que los antropólogos sociales británicos no se interesaban por la historia, ya que provenían de una declarada perspectiva ahistórica. Me parecía que esto no tenía ninguna importancia, dados los resultados, y que incluso no era cierto en el caso de los estudios sobre los azandes de Evans-Prichard o sobre los zulúes de Gluckman. Lo que Bronislaw Malinowski y Raymond Firth lograron antes de 1940 fue un nuevo modelo para el trabajo etnográfico de campo: se exigía un conocimiento de las lenguas vernáculas y un contacto repetido con la gente estudiada.

 

En la década del treinta, dado lo reciente de la invasión europea, era posible todavía encontrar personas que recordaban a los primeros europeos que habían conocido. La política colonial había afectado, pero no eliminado, las luchas por la sucesión real y las múltiples formas de acceso a la tierra y a la energía humana. Los antropólogos informaron sobre tales asuntos, aun cuando profesaban no estar interesados en “la historia”. Me pareció que en los trabajos de Melville J. Herskovits, Audrey Richards, Sigfried Nadel e Isaac Schapera había material que me ayudaría en la búsqueda de regularidades históricas. Los cambios desde la invasión europea habían sido, sin duda, profundos, pero estos fueron frecuentemente manejados por la gente local, en contextos locales, particularmente en las inmensas regiones de África donde nunca hubo asentamientos europeos permanentes.

 

Algo que observé en ese entonces y que también considero pertinente es que la generación de antropólogos entrenados o influidos por Malinowski en Londres no incluía ni un sólo varón inglés: eran neozelandeses, sudafricanos, centroeuropeos, e incluso estadounidenses. Un buen porcentaje estaba constituido por mujeres y judíos. Lo que ellos lograron estableció un nuevo y muy alto nivel para el trabajo de campo, que luego habría de convertirse en modelo para el resto del mundo.

 

Estaba dispuesto entonces, y aún lo estoy, a aceptar aproximadamente una generación más de posturas ahistóricas en la antropología, si los resultados se fundamentan en un trabajo de campo concienzudo y llevado a cabo en la lengua local. Y hacia 1960, inclusive los antropólogos sociales británicos habían decidido que sus procedimientos eran compatibles con intereses diacrónicos. También en 1960 los historiadores africanos formalmente rechazaron el término etnohistoria como etiqueta para su trabajo.

 

Adicionalmente, una guía comparable (aunque separada) fueron los estudios de M. l. Finley y Jean-Paul Vernant sobre la historia y antropología del mundo clásico. Los debates que dirigieron en el decenio del sesenta se asemejaban a nuestras inquietudes sobre los “modos de producción” azteca e inca; a la larga, ellos también superaron los intereses sectarios. La reciente publicación en homenaje de sir Moses Finlev, titulada Trade in the Ancient Economy y, que versa sobre las sociedades esclavistas del Mediterráneo temprano, es buen ejemplo del tipo de “etnohistoria” que yo encuentro útil en los Andes.

 

Es dentro de estos lineamientos donde yo situaría la orientación teórica que he dado a la información andina. El materialismo histórico que me nutrió, no ha desaparecido; lo he interiorizado y sale a flote en el tipo de prioridad que doy al estudio de los derechos sobre la tierra, de las complementariedades macroeconómicas y los mecanismos de intercambio, de las relaciones entre el Estado y los grupos étnicos. Los críticos han observado que no hago contribución alguna al estudio de la religión y del simbolismo andinos, ni a problemas estructuralistas de mayor amplitud, y me declaro culpable.

 

Al releer mi respuesta, de repente dudo haber abordado en algo la pregunta. Tal vez debí comenzar por declarar que no leo filósofos. Los temperamentos más cercanos al tipo de investigación con el que congenio y de los que puedo resistir una relectura han sido Montaigne y Rousseau, Marc Bloch y Raymond Aron, Harry Stack Sullivan y Frieda Fromm-Reichmann. La obra literaria que consideré “mía” desde aproximadamente 1935 hasta 1955 fue la condition humain de André Malraux. Nada ha logrado reemplazarla.

 

Su notable reputación como etnohistoriador se basa en gran medida –aunque, ciertamente, no de manera exclusiva– en sus estudios sobre el período colonial. ¿Cómo ve usted personalmente las consecuencias a largo plazo de la experiencia colonial en América Latina? ¿Hasta dónde se ha reflejado el legado colonial en los periodos nacional y republicano?

 

Creo que la pregunta me atribuye un dominio demasiado amplio. Supone que mi versión de la “etnohistoria” incluye el período colonial. Lo hace sólo indirectamente, en la medida en que la ausencia de fuentes andinas escritas me obliga a basarme casi exclusivamente en fuentes coloniales, en los testimonios que del mundo andino dieron observadores europeos.

 

Si la arqueología de los Andes disfrutara de la prioridad nacional que merece, si tuviéramos más fuentes de escritores andinos como Waman Puma (2) , si Ludovico Bertonio nos hubiera dejado la descripción etnográfica implícita en su diccionario (3) , no seríamos tan dependientes de los documentos coloniales. Pero dado que las fuentes en aimará y quechua son tan escasas (aun al compararlas con las fuentes en náhuatl) uno se ve forzado a depender de las observaciones europeas. Debo anotar aquí que la mayoría de los etnohistoriadores que trabajan en los Andes no cuentan con un registro adecuado de las instituciones españolas pertinentes o del marco colonial montado en las Américas. Estudios como el de Silvio Z

avala sobre las encomiendas y la minería, el de James Lockhart sobre los hombres de Cajamarca, o relatos como el de Josep M. Barnadas sobre los primeros años en Charcas, conforman un inicio, aunque toquen los grupos andinos sólo tangencialmente. Por ejemplo, no existe un buen estudio sobre las reducciones, los protocolos de quienes las dirigieron, o la resistencia a esta exitosa imposición de “pueblos estratégicos” en el paisaje andino. El trabajo de Alejandro Málaga Medina constituye un buen comienzo (4), pero es indispensable esforzarse mucho más, en colaboración con antropólogos, para rescatar la información etnográfica. necesariamente contenida en tales protocolos.

 

Las consecuencias a largo plazo de la experiencia colonial en las Américas fueron no sólo destructivas sino, en términos de N. Wachtel, “desestructurantes”. La total aniquilación física, para 1560, de los indígenas de la costa andina, la cual estaba densamente poblada y era altamente civilizada, constituye apenas una de las dimensiones de esta experiencia.

 

En el altiplano, donde un porcentaje sobrevivió protegido por la altura, se observa de todas formas la temprana desaparición de la macroorganización: la construcción y mantenimiento de la red de caminos de aproximadamente 25.000 kilómetros, la capacidad administrativa reflejada físicamente en los miles de gigantescos depósitos y almacenes puestos al servicio de la burocracia y los ejércitos, los dispositivos ideológicos y administrativos que permitían que un Estado de tal multietnicidad perdurara, todo esto se ha ido y no podrá ser rescatado para la historia universal sin una importante, consciente y real inversión por parte de las repúblicas andinas.

 

Dentro de este contexto, impresiona observar cuántos elementos de continuidad funcionan aún a escala local: estudios recientes han documentado la vitalidad de la herencia andina en la producción agropecuaria, en la religión y la cosmología, en la percepción del paisaje natural y artificial, en la iconografía del principal arte andino: el tejido. El estudio de la herencia europea no me es indiferente, pero me inclinó más hacia la utilización del legado andino, aunque soy muy consciente de que son frecuentemente inseparables.

 

Si tuviera que escoger uno de sus libros como su principal contribución a la disciplina, ¿cuál destacaría y por qué lo coloca por encima de los demás?

 

He producido dos tipos de trabajos. En primer término, hay análisis interpretativos del logro andino, y entre estos me parece que Formaciones económicas y políticas del mundo andino es satisfactorio, ya que está más al día, en lo referente tanto a la información utilizada cuanto a mi propia habilidad para desentrañar el mundo andino.

 

Dentro de esa colección prefiero “El control vertical” de un máximo de pisos ecológicos en las sociedades andinas”, porque es una explicación aproximada del éxito andino, planteada en circunstancias bajo las cuales la historiografía europea y las cajitas evolucionistas son más bien impotentes. De todo mi trabajo, este es el ensayo que mayor debate ha provocado en los países andinos; la “complementariedad ecológica” puede tener implicaciones en la formulación de políticas contemporáneas. De este ensayo se han publicado versiones en italiano y rumano, pero la traducción al inglés no ha encontrado acogida.

 

En segundo término, también he enfatizado en la necesidad de nuevas fuentes y de mejores ediciones de las viejas. Desde 1964 he publicado varias colecciones con información administrativa, de litigios, censos y otros datos “en bruto”, con índices y comentarios analíticos. Entre lo que he editado, a lo que mayor cariño le tengo es al trabajo más reciente: la Nueua coronica y buen gouierno [1615] de Waman Puma, cuya preparación nos tomó más de veinte años, ya que fue muy difícil encontrar el traductor apropiado para los textos en quechua, el doctor Jorge L. Urioste. Rolena Adorno fue coeditora.

 

¿A qué proyectos se dedica actualmente?

 

Durante el período 1983-1985 espero completar lo siguiente:

 

– Una actualización, con nueva información y comentarios, del ensayo sobre “complementariedad ecológica” ya mencionado, profundizando en algunos aspectos que no se tocaron en 1972 y que buscan explicar la densa población y la alta productividad andinas. -Un estudio sobre los grupos étnicos andinos y sus relaciones con el Tahuantinsuyu, el Estado inca, que tendrá la magnitud de un libro, será escrito en inglés y estará dirigido a un público más amplio que el del lector especializado;

 

– La publicación de un número adicional de ediciones mejoradas de viejas fuentes para la historia del Collasuyu, que posteriormente se convirtió en la Audiencia de Charcas. Una de ellas presentará el texto, con índices y comentarios, de una inspección, casa por casa, en una instalación estatal para el cultivo de la hoja de coca en las yungas de La Paz, en Sonco. La otra (en colaboración con Gunnar Mendoza, Tristan Platt y Thierry Saignes) será una selección de litigios, censos y otros materiales descriptivos sobre grupos aimaraes de lo que es ahora el norte de Potosí.

 

Una vez listo lo anterior, mi intención es iniciar un nuevo proyecto cuyo propósito consiste en la búsqueda de datos, en los archivos de España, acerca de dos hombres que tuvieron excelente comprensión de la sociedad andina: Domingo de Santo Tomás, dominico, obispo de Charcas y autor de la primera gramática y diccionario quechuas, y Juan Polo de Ondegardo, su principal adversario público, abogado de Carlos V y Felipe 11. Supongo que esta búsqueda me convertirá finalmente en historiador.

 

¿Cuál considera que ha sido su mayor influencia sobre sus estudiantes de pregrado y de posgrado?¿Siente que ha tenido un resultado notablemente mejor con un grupo que con el otro?

 

Entre 1944 y 1963 enseñé principalmente a estudiantes de pregrado, cuyo principal campo de interés no era la antropología. En las Universidades de Chicago, Puerto Rico, Yale y en Vassar College hice hincapié en detalles etnográficos y en la diversidad humana, como también en la importancia de esta variabilidad para la comprensión del pasado indígena anterior a la invasión europea. Mis antecesores, Alfred L. Kroeber (especialmente en su Handbook of California Indians) y Paul Radin, fueron frecuente punto de referencia en esta labor. El descubrimiento de sus trabajos lo había hecho por mi cuenta, ya que mis profesores en Chicago no les dieron importancia.

 

Fui un buen profesor de pregrado. Mis colegas en las ciencias sociales con frecuencia consideraban que yo exageraba la extensión potencial de la variabilidad cultural, y admito que encuentro la diversidad de soluciones humanas más seductora que la estricta clasificación contemplada por otros. Cuando recientemente un crítico, ex alumno, exasperado, me llamó “casi boasiano”, no me sentí ofendido, como era su pretensión.

 

Los pueblos y regiones en que centré mi interés fueron Norteamérica indígena, los Andes y África. Algunos de los estudiantes de pregrado de las cuatro instituciones siguieron carreras profesionales. En ocasiones creí observar que en sus trabajos utilizaban mi mismo enfoque, pero no hay un grupo identificable de investigadores de esos primeros veinte años. Más que una posición teórica, lo que yo ofrecía era un antropología como compromiso y reto pedagógico.

 

Entre las pocas oportunidades que tuve de dictar clases a estudiantes de postgrado se cuentan los cursos de etnología africana en Chicago, en los cuales la presencia de colegas como Mark Hanna Watkins o St. Clair Drake sirvió para cotejar importantes diferencias de opinión en las aulas. Mi verdadero debut en la enseñanza a profesionales lo hice cuando regresé a los Andes. En San Marcos, en Lima (1958-1959 y 1965-1966) y en la Universidad de Chile, en Santiago (1965), todos tenían una orientación profesional y había menos interés por mi estilo de etnología comparada. Aunque deploraba el profesionalismo estrecho, las nuevas obligaciones me llevaron a reconsiderar mi manera de enfocar la antropología. La carencia total de traducciones al español de las grandes monografías de la etnología británica hizo que mis métodos de enseñanza habituales fueran inoperantes y dio un énfasis diferente a la clase de conferencias que era posible dictar. Algunas de las personas a quienes enseñé en esa época siguen siendo hoy en día, colaboradores y amigos, pero nuestras interpretaciones comunes son bastante diferentes de las que tengo con antropólogos de los Estados Unidos.

 

Enseñé en la Universidad de Cornell entre 1968 y 1982; de 1974 en adelante, lo hice sólo durante el semestre de otoño. Para entonces casi todos mis alumnos eran de postgrado, y tengo conciencia de una menor efectividad: como ha dicho A. L. Kroeber, a ningún antropólogo se le debería solicitar que enseñe después de los cincuenta años de edad. No sólo me estaba envejeciendo, sino que además me encontraba molesto con los cambios de la época en la antropología de los Estados Unidos: la decuplicación del número de antropólogos, la falta de interés en las civilizaciones aborígenes de América, el rechazo al concepto de cultura. Todo esto me dificultó ponerme a tono con las necesidades de los estudiantes y me obsesionó con las tendencias en la investigación andina. En este período, se escribieron en Cornell algunas tesis excelentes sobre los Andes; me siento orgulloso de que prácticamente todas se publicaran en las repúblicas andinas. Pero el hecho es que durante este período dirigí, por lo menos, tantas tesis en otras universidades de los Estados Unidos y de Europa, como en Ithaca. Desde que comencé a trabajar aquí, opiné ante mis colegas que cualquier departamento de antropología debería asumir la obligación de entrenar investigadores calificados de las regiones del mundo donde sus docentes estuvieran realizando trabajo de campo. Esta idea parece ser más aceptable hoy que hace quince años.

 

La nueva tarea docente que asumí en Cornell, espero que con éxito, fue dictar un curso de historia de la antropología en los Estados Unidos vista como institución y oficio, y no como compendio rutinario de teoría etnológica. En este país nuestra disciplina ha seguido caminos sin paralelo en ninguna otra parte y, puesto que hoy en día la gran mayoría de antropólogos en el mundo son estadounidenses, ejercen influencias y encuentran resistencias que ameritan atención intercultural. Hasta el momento no me ha sido posible dictar este curso en la región andina, pero lo he ensayado en Francia y en España.

 

¿Le importaría revelarnos el concepto en que se basa para seleccionar, entrenar y emplear a sus estudiantes de postgrado?

 

Yo haría una distinción entre los estudiantes de las repúblicas andinas y los de Estados Unidos y Europa Occidental. Estos últimos normalmente me han seleccionado. A comienzos de mi trabajo docente en Cornell, propuse la admisión de dos candidatos de los Estados Unidos que habían estado asociados a mis esfuerzos de investigación y publicación en los Andes desde hacía tiempo. Fueron rechazados porque el departamento “no aceptaba talleres”. Es cierto que ninguno de los dos era muy joven y que su calificación para ingresar al postgrado no llegaba a los ochocientos puntos, pero ambos contaban con años de experiencia en trabajo de campo y en archivos. Había confiado en que pudieran beneficiarse de una formación de postgrado y que, a su vez, harían aportes originales a las tareas andinas.

 

Así que he tenido que contentarme con el ocasional estudiante estadounidense o canadiense de postgrado que me ha escogido y, además, ha logrado satisfacer los criterios de admisión de la computa dora. Algunos de ellos son ahora profesionales creativos. De todos ellos solamente dos vinieron de los Andes y ambos eran de la clase alta, estaban bien relacionados y en situación de conseguir fuentes de financiación por fuera de Cornell. Ninguno de los dos hablaba las lenguas andinas; de hecho, les era más difícil aprenderlas que a los estudiantes de postgrado de los Estados Unidos. Ya hice mención de las tesis sobre temas andinos escritas en otros lugares de los Estados Unidos y en Europa Occidental, especialmente en Francia.

 

Las mayores desilusiones las tuve cuando excelentes candidatos oriundos de los Andes no lograron llenar los requisitos financieros y de admisión en este país. Durante el tiempo que he trabajado en los Andes, con frecuencia he conocido gente joven que necesitaba y estaba en capacidad de obtener el conjunto de beneficios ofrecido por una escuela de postgrado. El primer candidato andino que trajimos a los Estados Unidos vino a la Universidad de Chicago en 1943. Si bien es cierto que fue mucho más difícil lograrlo entonces, todavía hoy el proceso sigue siendo complicado.

 

En 1966, algunos tratamos de establecer una escuela de postgrado en la Universidad de La Plata (Argentina), donde se pudieran adiestrar antropólogos de las cinco repúblicas andinas. En 1972, Angel Palerm pudo llevar un grupo de investigadores jóvenes de cuatro países a participar en un seminario comparativo en México; en 1973, Luis G. Lumbreras y yo nuevamente los reunimos a casi todos en un seminario de campo alrededor del lago Titicaca; en 1977, la Comisión Fulbright nos ayudó a traer un grupo más joven de estos países para un “otoño andino” en Ithaca.

 

Generalmente, tales esfuerzos se veían como una afición personal. No fue hasta que el escándalo Camelot irrumpió amenazante cuando la American Anthropological Association creó un comité de relaciones con nuestros colegas en el continente, del cual Gonzalo Aguirre Beltrán y yo fuimos codirectores. Nuestras recomendaciones sobre cursos de especialización y publicaciones fueron pasadas por alto (véase Anuario indigenista, 1967).

 

Ya que me pregunta sobre mis métodos de selección, me remontaré a los lejanos días de la guerra civil española, cuando trabajé para la comisión de cuadros. Descubrí que estaba dotado de intuición para distinguir a las personas con posibilidades de sacar provecho de la escuela de oficiales. Pura casualidad. No tengo idea sobre los criterios que utilicé, lo que resulta más misterioso aún, habida cuenta de que el frente de batalla me producía tanto miedo, que era incapaz de dirigir a nadie. He puesto en práctica la misma confianza en mis predicciones de éxito en la preparación de investigadores andinos. Un ejecutivo de la Fundación Ford en Lima preguntó una vez cómo podría objetivar mis criterios -después de todo, la Fundación no quería apoyarse tan sólo en mi juicio-. No pude darle luces al respecto.

 

En cuanto a la colocación laboral: en tiempos mejores, uno tenía influencia y poder de decisión, lo que le permitía ayudar a la gente a conseguir trabajo en museos, archivos o como docentes. Eran tiempos en que me hallaba familiarizado con la estructura social de la antropología en los Estados Unidos. Aprendí casi todo al respecto observando a dos expertos: Fay-Cooper Cole y Wendell Bennett. Hace veinte años, yo conocía personalmente a la gran mayoría de antropólogos activos, gozaba de la confianza de muchos de ellos y a veces podía prever las necesidades de sus instituciones, lo que, en fin de cuentas, constituye el secreto de un buen sistema de empleo.

 

En los últimos años, la situación descrita ha variado casi totalmente. Se necesitan ingentes esfuerzos para conseguir cualquier tipo de trabajo. Hasta donde recuerdo, en los últimos cinco años sólo un candidato logró, con mi ayuda, colocarse milagrosamente en el puesto perfecto para él; lo había esperado durante varios años de ocupaciones marginales en una renombrada universidad estatal.

 

¿Cuál considera que ha sido su mayor satisfacción como antropólogo etnohistoriador?

 

La mayor satisfacción personal fue el descubrimiento, casi accidental, del mundo andino. Lo que sobre él conocía, antes de iniciar mi trabajo de campo allí era lo que un antropólogo “sabe” sobre el Tibet o Laponia a partir de los tópicos –o lugares comunes– que se aprenden de oídas en la escuela de postgrado.

 

Cuando terminé el trabajo de campo y una vez familiarizado con la literatura del siglo XVI, se produjo en mí una reacción directa e íntima, una profunda conmoción por lo descubierto y su inmediata aceptación. Aun cuando un compromiso tan personal y emotivo puede afectar negativamente el trabajo de uno, creo que en mi caso reforzó el interés académico, particularmente durante los años “secos” (1947-1956) en los que se me impidió regresar a los Andes. El hecho de considerar mi trabajo como algo que implica, no sólo la recuperación del pasado, sino además pertinencia para el futuro de la población andina, es algo que también ayuda.

 

La etnohistoria latinoamericana ha recorrido un largo camino desde que usted se inició en ese campo. ¿Tendría algún inconveniente en mencionar uno, dos o tres contemporáneos suyos que, en su concepto, hayan hecho contribuciones de particular importancia a dicha disciplina?

 

Se me ocurren dos dimensiones en las que el trabajo de otros me ha inspirado y enseñado. En primer lugar, están las personas que admiraba por su familiaridad con las fuentes del siglo XVI y su habilidad para manejarlas. Dado que quienes llegamos a la historia andina desde la antropología frecuentemente carecíamos de un entrenamiento serio en historiografía, no se puede dar por hecho el uso diestro y sutil de tales fuentes. Gunnar Mendoza, John H. Rowe, María Rostworowski y Nathan Wachtel son colegas de dos generaciones y cuatro países, cuyo trabajo y perspicacia utilizo permanentemente.

 

En segundo término, están aquellos a quienes posiblemente no les interesa hacer aportes al corpus de fuentes andinas, pero que sí nos ofrecen análisis e interpretaciones que ayudan en la formulación de preguntas más adecuadas. Durante mucho tiempo, las sociedades andinas han sido objeto de fantasías europeas que las definen como “socialistas”, “feudales” y demás (en época tan tardía como la década del cuarenta, aparecieron libros en los Estados Unidos que indicaban que Utopía de Thomas More había sido escrita con base en relatos de testigos presenciales). El rebasar las interpretaciones eurocéntricas, al enfrentar las civilizaciones americanas, africanas y del Pacífico, ha sido una labor estimulante pero muy difícil. Aquí nombraría a Angel Palerm y Friedrich Katz para Mesoamérica, Sidney Mintz para el Caribe y M. I. Finley para el mundo clásico.

 

¿Tiene alguna opinión sobre los caminos que está tomando la disciplina, o alguna sugerencia sobre la manera como usted considera que debería desenvolverse?

 

En 1970 publiqué un artículo en la Latin American Research Review y en la Revista del Museo Nacional de Lima, en el que hacía un inventario de las investigaciones del momento y sugería algunos de los rumbos hacia los que yo consideraba que podían dirigirse nuestros esfuerzos. Durante el siguiente decenio, Franklin Pease, García Yrigoyen y Frank Salomon, publicaron inventarios y recomendaciones análogos. En la década del setenta, Irene Silverblat añadió una nueva e importante dimensión: el papel de la mujer en la sociedad inca.

 

Hemos logrado algún éxito en la localización de nuevas fuentes, especialmente documentos administrativos, litigios y censos; ejemplos de esto son los descubrimientos de Wachtel en los archivos de Cochabamba (5) , los materiales de Pease sobre los collaguas (6) y los análisis demográficos de Sánchez Albornoz y N. David Cook (7). Sin embargo, una de mis sugerencias de 1970: la recuperación de los relatos de testigos presenciales del siglo XVI que se encuentran “perdidos”, no ha recibido la atención que merece; entre éstos se cuentan la historia de los incas de Cristóbal de Molina, la segunda parte de las entrevistas de Betanzos, hechas en 1548 a miembros de la nobleza sobreviviente en Cuzco, y los manuscritos de Diego Álvarez.

 

La colaboración entre etnohistoria y arqueología evoluciona lentamente, pero es ya una realidad; de ahí que estén próximos a publicarse el estudio de Craig Morris (8) sobre un centro administrativo inca de Huánuco Pampa y el de John Hyslop sobre la red de caminos incas. Algún día los arqueólogos emplearán a los etnohistoriadores como procedimiento normal.

 

Un derrotero sobre el que no insistí en el inventario y hacia el cual el trabajo etnohistórico fluyó exitosamente en el decenio del 70 fue su articulación con la etnología contemporánea. La lectura e interpretación de las fuentes por R. T. Z

uidema ha estimulado el trabajo sobre la región del Cuzco en la Universidad de Illinois. Se ha visto una inesperada pero sugestiva continuidad en etnoastronomía, regadío y organización de la comunidad.

 

Lo que aún falta por hacer, que atrae pocas contribuciones, es el trabajo comparativo, tanto con Mesoamérica como con otros continentes.

 

¿Cuál cree que ha sido el papel de los escritos históricos en la evolución de Latinoamérica?

 

No me siento calificado para responder esta pregunta, fuera de mencionar la redefinición propuesta por Franklin Pease, la cual fue aceptada en el nuevo programa de maestría de la Flacso, en Quito, donde se propone una historia andina que cobije las dimensiones indígena y colonial-republicana. Pienso que esto se asemeja al rechazo de la “etnohistoria” planteado en 1960 por historiadores africanos en Dakar.

 

¿Podría comparar el papel de los antropólogos e historiadores de los Estados Unidos con el de su contraparte en Latinoamérica y Europa?

 

Mucho más que la historia, la antropología en los Estados Unidos difiere de las variantes europeas. La inclusión de la arqueología, la lingüística, la biología humana, la etnología histórica y el estudio comparado de las civilizaciones como parte de la antropología es algo que no se comparte en casi ningún país europeo. Fue mi experiencia como docente en Francia, Gran Bretaña y Rumania la que me llevó al estudio de la historia de la antropología de los Estados Unidos, al que me referí anteriormente. En 1846, Henry Rowe Schoolcraft vio claramente la idea unificadora detrás de todas esas diferentes tácticas: en esa época los antropólogos de los Estados Unidos estaban interesados en los aborígenes americanos. Para los estudiosos de los mismos, todo lo que se relacionara con su pasado era de interés: la biología, las lenguas, las creencias y las organizaciones políticas y sociales. Mientras los antropólogos estadounidenses se han apartado de las prioridades de Schoolcraft, éstas siguen siendo dominantes en muchos países de América.

 

¿Tiene alguna sugerencia sobre la manera como nosotros, los que vivimos en Estados Unidos, podríamos mejorar nuestras relaciones con los científicos sociales de Latinoamérica?

 

En 1967, a raíz de Camelot, hubo una reunión en Burg Wartenstein, patrocinada por las fundaciones Ford y Wenner Gren. A ella asistieron cuatro antropólogos estadounidenses y cuatro europeos, pero la mayoría eran latinoamericanos provenientes de países donde existían activos grupos de antropólogos.

 

Centramos la discusión en las discrepancias entre docencia e investigación, cosa que parecía constituir el punto sensible del momento. Nuestros colegas consideraban que la mayor parte de las condiciones en que debían impartirla enseñanza a los investigadores nacionales eran excepcionalmente difíciles: bibliotecas deficientes, escasez de profesores de tiempo completo, inestabilidad dentro de las universidades y los museos. Mientras se veían forzados a abandonar la investigación, ésta era adelantada por extranjeros, financiados con fondos extranjeros, frecuentemente aislados de los investigadores nacionales y de las prioridades del país. Claro está que la situación ha mejorado en los últimos quince años, especialmente la participación latinoamericana en las deliberaciones y decisiones del SSRC y de la Inter-American Foundation, así como a través de las comisiones Fulbright que fueron establecidas.

 

Sin embargo, las principales quejas ventiladas en 1967 traspasan las diferencias nacionales sobre objetivos y estilo. A los investigadores extranjeros les cuesta trabajo interesarse en las instituciones y publicaciones del país: no aceptan nombramientos en las primeras, ni siempre colaboran con los consejos editoriales de las últimas. A diferencia de los estudiantes japoneses y alemanes que he conocido en la Universidad de San Marcos, los nuestros no obtienen grados académicos en el país ni publican sus monografías traducidas. En esto también ha habido alguna mejoría, pero la frecuente presencia de antropólogos estadounidenses al sur de la frontera despierta sospechas y, algunas veces, conduce a la prohibición de sus trabajos de campo.

 

Espero que en el futuro la etnohistoria como enfoque, si no como etiqueta, desempeñe un importante papel en el acercamiento de historiadores y antropólogos, tanto en los Andes como en Mesoamérica. Al igual que en otras antiguos territorios coloniales, es posible que la etiqueta se vuelva inaceptable, pero la investigación que dé prioridad al enfoque diacrónico de las instituciones de América aborigen parece estar asegurada. Este tipo de historia no puede seguir avanzando sin las herramientas conceptuales creadas por la antropología moderna: los conceptos de linaje y división dual, diarquía, matrilinealidad, redistribución como alternativa frente al comercio, nesting en la organización social y la función del parentesco en las sociedades de clase más antiguas están aquí para quedarse, como también lo está el uso sistemático de las lenguas vernáculas.

La versión original de este artículo “An Interview with John V. Murra” fue publicada en el Hispanic American Historical Review, Vol. 64, No. 4 (Nov., 1984), pp. 633-653.

Traducido al español por Martha León Urdaneta. La versión en español que reproducimos fue publicada en la página de la Biblioteca Luis Angel Arango de Colombia.

Reproducido en el semanario Peripecias Nº 20 el 25 de octubre 2006. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

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