El Señor de la Producción (parte II)

octubre 24, 2006

 

Leandro Etchichury (Revista Campos Nº1 UFPR)

Los orígenes

“Mi esposo Pedro tiene 29 años de trabajo en la vid (…) Nosotros llegamos a vivir de la caja PAN . Antes vivíamos en la finca del patrón, en casas de adobe, y ahora vivimos acá en la finca de la cooperativa. Tenemos casa de material, con dos habitaciones, comedor, cocina y baño”. Quien habla es Magdalena, esposa de Pedro, presidente de la cooperativa Mala Pata durante el primer período de trabajo de campo de la presente investigación.
Ubicada en una zona con una traumática historia sismológica, Mala Pata es -junto a la ya citada Del Carmen y Las Piedritas- una de las primeras cooperativas de trabajo que conformaron el proyecto.
Debe su nombre al cerro que los cobijó en sus primeros pasos, cuando un grupo de hombres, obreros de viña, se quedaron primero sin trabajo y luego sin vivienda debido a que “el patrón” decidió suspender toda producción en sus tierras. Así, comenzaron arrendando tierras a su ex empleador, quien les cedió en uso la superficie para las viviendas, prolongando de esta forma los lazos de dependencia.
Es en medio de esta historia que tanto Magdalena como Pedro rescatan con importancia la figura del Ingeniero Roberto promoviendo la formación de la cooperativa: “me acuerdo que venía a vernos en un Citroën, atravesando el barro”.
En estos primeros tiempos, la cooperativa se inició con la producción de cebollas con destino a Japón, además de producir algunas hectáreas para “el patrón”, denominación que siguieron utilizando aún pasado mucho tiempo de haber cesado todo tipo de relación laboral. Esto es motivo de fuertes molestias por parte de los técnicos.
Esta primera etapa afirman que no fue económicamente redituable, “eran muy exigentes (los japoneses) y pagaban mal”, asegura José.
Hoy trabajan una finca que en principio definiremos como de la cooperativa.
El número de socios, como en el resto de las cooperativas de trabajo, varía con el tiempo. Así mientras en 1993 eran dieciséis socios, en 1997 son trece, de los cuales cinco son mujeres. Los hijos a pesar de no ser socios colaboran activamente en los trabajos, sobre todo en la clasificación y embolsado de semillas para el ProHuerta.
“De los fundadores quedamos tres. Hubo muchos socios que abandonaron. La cooperativa es como una familia. Sentimos mucho cuando algunos se van. Tenemos más afecto entre nosotros que quizás con familiares que viven lejos. Unos cuidan de otros. Somos casi todos familia, pero hay dos muchachos que no”, continúa Magdalena.
No todos viven en la finca, que es a la vez sede de la cooperativa. Algunos viven en el pueblo, mientras que otro socio lo hace en otra parcela, más pequeña que posee la cooperativa a unos pocos kilómetros de la primera. Al año 1997 ninguno tenía otra actividad que le redituara ingresos.

Por su parte, Las Piedritas se conformó también con trabajadores viñateros despedidos que buscaban una salida a la desocupación, y con posterioridad se fueron asociando las mujeres. En 1997 contaban con 21 socios y con expectativas de sumar más. Un año después una crisis interna comienza a provocar una lenta, pero preocupante para La Federación, fuga de socios.
Las Piedritas en primer término es un pequeño poblado compuesto por 28 familias y es allí donde nació la cooperativa, por lo que el pueblo es un importante referente para los socios. En boca de los más viejos se escucha decir que uno de sus principales esfuerzos es agrupar a todo el poblado en la cooperativa, “dando el ejemplo”.
“Durante la dictadura no se podía hacer esto de asociarse, nos acusaban de comunistas”, asegura Cacho, uno de los principales referentes de la cooperativa, socio fundador y ex presidente de la misma.
“Ya desde el ’73 tengo la idea de trabajar en grupo. Habíamos formado un grupo para trabajar en la construcción y cuando vino el golpe militar se disolvió porque se creyeron que estábamos ideando cosas, planes. Estuvieron por meternos presos pero se dieron cuenta de que no teníamos nada que ver. Ahí me fui a trabajar a Córdoba, en la (construcción de la) Central Nuclear de Río III. Los milicos nos apuntaban con los fusiles mientras trabajábamos. Eran tiempos jodidos. Con las elecciones, con Alfonsín, vuelvo…”. De esta forma Cacho comienza a conjugar su vida (síntesis sumamente gráfica de los tiempos políticos de la Argentina de los últimos 25 años) con el nacimiento del grupo cooperativo. “Después vino lo de crear un grupo para trabajar la tierra, cuando la crisis de la uva y muchos trabajadores eran despedidos”.
Para algunos de los técnicos Cacho es un elemento conflictivo para el desarrollo de la cooperativa, “le gusta mucho discursear pero no el trabajo”. Su liderazgo se vio cuestionado por un socio más joven, Marcos, con otra visión calificada como “más moderna” por la mayoría de los técnicos.
En principio tenemos aquí planteadas dos experiencias de vida, de dos protagonistas importantes en el nacimiento y desarrollo de sus respectivas cooperativas, que hasta podrían parecer contrapuestas. Por un lado Mala Pata muestra una historia de dependencia patronal y asistencialismo, mientras que Las Piedritas por boca de Cacho parece mostrar una actitud de dinamismo e independencia.

Eficiencia o ineficiencia: cuando la economía manda

El tema de la producción es uno de los puntos más críticos, por las disputas y desencuentros que generan tanto entre los cooperativistas, como con los técnicos y La Federación. La situación económica de las cooperativas es planteada en términos de gravedad, y ello perjudica más a la posibilidad de subsistencia de las cooperativas citadas que a la propia Federación, cuyos ingresos provienen del conjunto de las cooperativas asociadas. Por otra parte, la situación se ha mostrado cambiante. Así durante el año 1997 los técnicos estaban sumamente preocupados por lo que entendían como una grave situación productiva enMala Pata, llegando a pedir colaboración a los socios de Las Piedritas, como una forma de asistencia entre pares, más allá de lo técnico. Para 1998 la situación se había dado vuelta y algunos socios de Las Piedritas comenzaban un proceso de alejamiento de la cooperativa ante la falta de recursos monetarios inmediatos, mientras Mala Pata daba señales de haberse “encarrilado”.
En este tema, como iremos viendo, se ponen en juego distintas valoraciones, por parte de los actores, en cuanto a los factores de producción, capital, tierra y trabajo.
“A las cooperativas les queda un largo rato todavía para llegar a ser productores eficientes. Una cooperativa que hace 3 has. de pimiento no puede cosechar 450 kg. Ellas solas pueden mejorar sus ingresos notablemente, si mejoran tecnológicamente, si le ponen más laburo a la cosa. Todavía no llegaron a su techo”, evalúa el ingeniero Roberto.
En otros momentos los técnicos son menos piadosos y califican la situación de las cooperativas como de absoluta ineficiencia. Para Gabriela, durante mucho tiempo la única mujer en calidad de técnica, el principal motivo de esta situación sería la condición originaria de trabajadores agrícolas de los socios, de asalariados dependientes, con experiencia casi única en la recolección de uvas y con poca o nula tradición en el laboreo agrícola y en el complejo sistema de responsabilidades de un productor.
Roberto afirmó haber descubierto poca voluntad para el trabajo. Descarta, no obstante, toda posible lógica tendiente a la autosubsistencia, “ahora ya tienen una visión productivista, ya levantaron la cabeza todos. Las Piedritas y más en particular Mala Pata son las únicas que no terminan de acoplarse. Lo de Mala Pata es para llorar. Uno no sabe si lo hacen a propósito, pero el otro día usaron insecticidas para distintos cultivos de manera cruzada y mataron todo”, afirmaba en 1997. “El autoconsumo nosotros no lo tenemos hecho, ni cerca de tenerlo (…) Acá la situación es que si te caes vas a una situación peor de la que iniciaste. Si vos te caes y vas a una situación de autosostenimiento no sería grave, volvés a salir”, confesión paradójica si uno considera el destino comercial de la producción.
“Vos les hablás, luego les preguntás si está todo claro, te dicen que sí y te quedás con la sensación de que no entedieron nada, y luego en los cultivos lo ves”, afirma otro de los técnicos, Gustavo, graficando su sentimiento de impotencia luego de una visita a Mala Pata.
“Hay momentos en que hay que putearlos para que funcionen las cosas”, rugió en otro momento una de las técnicas, quien además aseguró en alguna oportunidad haber llegado a los empujones con un productor.
No obstante estas críticas, durante el trabajo de campo se dieron hechos que a ojos del recién llegado parecen contradecir en cierta medida esta visión. Si se toma el caso de Mala Pata, cuya capacidad de producción fue duramente cuestionada durante la primera etapa del trabajo, se pueden destacar dos hechos que sorprendieron aún a los propios agrónomos. Por un lado fue el alquiler del tractor de la cooperativa a una finca vecina como forma de obtener ingresos extras, cosa que venía siendo sugerida por los técnicos, quienes se quejaban que no les hacían caso. Por el otro, en el viaje del año 1998, la cooperativa ya tenía un gallinero con fines de autoconsumo, cuando el año anterior los técnicos en este tema eran muy escépticos en cuanto a la capacidad de los productores en desarrollar un proyecto de cría de animales con esa finalidad, “ya me veo los animales comiendo los cultivos”.
Los propios técnicos reconocen algunas falencias propias en su trabajo, coincidiendo algunos de ellos en una escasa labor de equipo y coordinación de tareas (situación que se está tratando de salvar en 1998 con la contratación de nuevos técnicos y la asignación a cada uno de cooperativas a supervisar), como así también el involucramiento de técnicos en tareas administrativas, comerciales, etcétera, que roban tiempo a la actividad junto a los productores. Los deseos personales también juegan en esta situación, por ejemplo cuando uno de los técnicos expresa sus ganas de pasar a trabajar, en el área de investigación, en el campo experimental que está desarrollando La Federación. Pero, en última instancia, los técnicos trasladan la mayor responsabilidad por la ineficiencia a los productores. Y en su apoyo están los números.
En el período 1995/97, antes de la crisis en Las Piedritas, esta cooperativa recibía mayores ingresos por producción que por la entrega de las colecciones al Plan ProHuerta (51.000 contra 33.700 pesos) , mientras que en Mala Pata ocurría lo inverso (8.300 pesos por producción contra 33.509 por las colecciones). El porcentaje de reparto de los ingresos totales de La Federación para las cooperativas estaba en el orden del 3,34% para Mala Pata y 6,75% para Las Piedritas (los técnicos pusieron como punto de comparación a la cooperativa Las Paredes, conformada por pequeños productores agrícolas, que obtiene el 19,07% con una superficie de cultivo potencial similar a Las Piedritas y algo superior a Mala Pata). En cuanto a la proporción de la superficie total que siembra cada cooperativa, Mala Pata hace el 3,93% y Las Piedritas el 8,28%. Por último, el porcentaje en que se cumple el plan de siembra propuesto por cada cooperativa muestra que para Mala Pata está en el orden del 38% y para Las Piedritas en el 35%. Estos datos nos muestran, en principio, baja productividad general y bajos rendimientos de cosecha, especialmente graves en el caso de Mala Pata.
A pesar de todo este panorama presentado por los técnicos, en un primer momento de interacción con el investigador los productores reafirman, en cuanta ocasión pueden, su satisfacción con el nuevo modo de vida y las buenas posibilidades que brinda el trabajo en conjunto, aunque como veremos la unidad no es el valor que prevalece.
La mejora en la situación general de los cooperativistas es motivada, según ellos mismos, en el control del ciclo de trabajo, destacando el doble carácter de trabajador y patrón. Los productores manifiestan una visión de satisfacción por el crecimiento, “la cooperativa siempre va creciendo, queremos avanzar en la producción”, afirma Cacho. Pero cuando se hace referencia a los números que ofrecen los técnicos, ellos comienzan a revelar algunos problemas.
“Los malos rendimientos son por la falta de agua”, afirma José. “Tenemos mala suerte. Los cultivos no crecen, falta agua y hay mucha sal (en el suelo). Todo nos sale al revés”, asegura Magdalena liberando un remolino de obstáculos.
El problema de falta de agua es serio en algunas zonas y sin ella se hace difícil desalinizar los suelos.
Respecto a los técnicos, en los primeros encuentros con los productores, no hubo cuestionamientos hacia su labor; en Mala Pata reconocieron que “ellos nos ayudan”, dejando entrever una disputa en el terreno del conocimiento al afirmar que “no hacemos todo lo que ellos nos dicen”. Así tomaron decisiones en contra de la opinión de los técnicos por creer que era lo correcto; en algunos casos los técnicos reconocieron cierta cuota de verdad en algunas medidas. Los cuestionamientos hacia los técnicos se harán más fuertes con la crisis de Las Piedritas.
La crisis en la cooperativa Las Piedritas se debió a una caída de la producción, lo que llevó a una consecuente caída de los ingresos, que además en gran parte son absorbidos por una deuda con La Federación. Esta situación destapó problemas, que pueden encontrarse también en Mala Pata, en las relaciones dentro de la cooperativa, con los técnicos y con La Federación.
La queja por la poca disponibilidad de dinero es recurrente y reclaman por ello a La Federación. Afirman, en Las Piedritas, recibir cada seis meses el dinero por las colecciones (aproximadamente $500 por socio) y todos los meses $70 por hectárea cultivada por un subsidio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Como se afirmó anteriormente, el dinero por la producción de semillas va a cubrir mayoritariamenta la deuda con La Federación .
“Así no podemos seguir, nos conviene trabajar afuera y tenemos $20 por sábado”, afirma Marcos. “Nosotros más de lo que ponemos, que aportamos, más no tenemos. Nosotros en lo que aportamos es en la producción, nomás. Nosotros solamente aportamos trabajo. A lo mejor si tuviéramos estudio podríamos ir a hacer otra cosa y esto lo haríamos de a poco. Nosotros somos obreros, nada más. Estamos siempre esperando de que La Federación sea la que nos apoye”, agrega.
Cacho niega falta de trabajo por parte de los productores, mientras que José la justifica al afirmar que si la plata no alcanza necesitaban hacer changas afuera, “uno podría hacer un poco más, pero con mucho esfuerzo, porque no es mucho el recurso monetario para estar uno manteniéndose mensualmente”, afirma.
La demanda de una mayor presencia de los técnicos en las cooperativas es otra constante, “ellos tienen que estar en el campo y no allá (en la sede de La Federación)”.
Toda esta situación de baja productividad se retroalimenta con conflictos en las relaciones interpersonales, como se verá más adelante. Pero por el momento abordaremos una de aquellos tipos de relaciones que está directamente vinculada a lo productivo, las formaciones de grupos de trabajo separados al interior de cada cooperativa.
El supuesto ideal de una cooperativa de trabajo es que sus socios, aún dividiendo tareas, trabajen como un grupo único y solidario. Del último trabajo de campo, realizado en octubre de 1998, ya se instalaba firmemente una política de división de los socios en grupos de trabajos individuales, que en muchos casos no se prestaban ningún tipo de ayuda.
Los grupos se forman por afinidades familiares o de amistad y están encabezados por algún socio al que se le reconoce capacidad de liderazgo. Así tenemos el grupo de Cacho, el de Marcos, el de Chiche, entre otros. No son la excepción los casos en que funcionan de manera casi autónoma unos de otros, como si fueran cooperativas dentro de las cooperativas. Como se afirmó anteriormente, la cooperación entre los grupos no suele ser la regla, a la vez que los debates y acuerdos entre los mismos suele estar a cargo de los referentes grupales.
Si bien esta división tendría un consenso mayoritario entre los socios de las cooperativas, no todos están de acuerdo con esta metodología de trabajo. Entre los motivos que esgrimen aquellos que están a favor, los hay económicos y personales: “cada uno se hace cargo de sus deudas”, “yo soy de la idea que cada uno haga lo que quiere y todo se reparte según lo hecho por cada grupo”, “acá hay uno que quería ser patrón y si queremos ser cooperativa somos todos iguales”.
Los técnicos no ven mal esta metodología de trabajo (que estaría dando resultados positivos en Mala Pata y no tanto en Las Piedritas), asegurando que quienes quieren trabajar en un solo grupo son aquellos que prentenden que su “vagancia” sea solventada por el trabajo de los otros.
Cacho es un firme defensor de retomar el trabajo en un único grupo y acusa de “fomentar el individualismo” a quienes impulsan la división.
Los técnicos, en su desesperación por llevar a las cooperativas a niveles de producción de eficiencia toman parte activa en los conflictos internos (tomando posición a favor de unos u otros), generando decisiones no consensuadas en asambleas y buscando algún tipo de explicación que les permitiera entender la actitud de los productores. Así, Roberto en las primeras entrevistas destacó la habilidad de los socios de Mala Pata para andar detrás de algún tipo de subsidio que les signifique dinero fresco. “Ellos siempre vienen con algún dato. Ahora sí, de créditos ni hablar. Le escapan a todo lo que signifique compromiso”, asegura.
Respecto a Mala Pata, Gabriela cree que los socios “no tienen una lógica campesina, sino una lógica villera. A ellos les gusta comprar bienes de consumo, equipos de música, televisores, hasta unas motitos. Pero a la vez, buscan subsidios que se los comen para vivir y poco para producir en mejores condiciones. Viven del subsidio”.
“Trabajamos con subsidios del PROSOL , con lo que estamos construyendo un galpón para hacer agroindustria”, relata Magdalena, que además agrega que la mano de obra para la construcción del galpón se paga con el Plan Trabajar, “pagan 200 pesos y nosotros pedimos que dos de los obreros sean de la cooperativa para que puedan mantener a los hijos”. Respecto a la gestión de estos subsidios asegura que “yo hago todos los trámites”. “Nosotros conocemos al intendente y tenemos buena relación. Después nos ayuda La Federación. Hemos conseguido otro subsidio de Canadá y nosotros producimos semillas de rabanito y cebolla para pagar deudas”.
Los relatos sobre el terremoto del año 1977 pueden dar cierta clave sobre esta capacidad para buscar subsidios que representen ayuda económica; capacidad que sorprende y hasta fastidia a los técnicos, quienes la ven como una actitud que complota contra una mentalidad de trabajo.
“Todo se cayó. Salimos afuera y nos alejamos de la casa. Vimos como se cayeron las paredes hacia adentro, y los postes que estaban cerca de la casa. Luego el Gobierno nos ayudó a construir casas nuevas. Nos dio chapas y comida”, relata Pedro.
A la fecha, los sucesivos temblores que sacuden la región no sólo son disparadores de trágicos recuerdos, sino que además se transforman en profetas de un nuevo caos. “Dicen los sismólogos que estos temblores acumulan tensiones subterráneas que en no mucho tiempo se van a liberar de manera violenta”, afirma un maestro de la zona.
Por otra parte, es la propia Federación, a través de los técnicos, quien ha desarrollado una importante estrategia en busca de créditos, subsidios y programas de asistencia. Como se afirmara anteriormente, el principal ingreso de La Federación proviene de un plan asistencialista del Estado nacional, el ProHuerta. Por otra parte, en 1993 se firmó un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por el cual la entidad financiera provee dos tipos de fondos: créditos reembolsables y un fondo de cooperación técnica no reembolsable. Asimismo La Federación presentó ante el gobierno provincial un proyecto de Desarrollo Agrícola Semillero con el fin de acogerse a la Ley de Diferimiento Impositivo, por la cual se difiere el pago del IVA por diez años. “Somos los únicos grupos chicos que pudimos acceder a ellos (los diferimientos) y ahí tenemos las tierras y todo lo demás”, afirmaba Gabriela con orgullo.
Además, la Federación obtuvo la aprobación de cuatro proyectos para obtener créditos y asistencia técnica a través del Programa Social Agropecuario (PSA).
“Nos gustaría mucho poder llegar a tener un fondo permanente para poder repartir entre los socios. Sería bueno que los muchachos tuvieran para ir al baile”. En esta frase de Pedro es posible que se resuman las aspiraciones que, por el momento, tienen los socios respecto a lo que se pueda obtener a través de las cooperativas. Un poder vivir la vida satisfaciendo necesidades básicas y pequeños gustos.

La educación y la capacitación

Los cursos de capacitación destinados a los cooperativistas son una de las principales herramientas con la que los técnicos se propusieron sacar adelante la productividad de las cooperativas.
Para ello organizan charlas, visitas y jornadas de actividades prácticas, contando con la colaboración del INTA y la Federación Agraria Argentina, entre otras instituciones.
No obstante la intensa actividad desplegada en la transferencia de conocimientos y la numerosa participación de los cooperativistas en estas actividades, la sensación que dejan trascender los técnicos es de un cierto fracaso; llegando a manifestar sentirse “al borde de la desesperación” cuando no ven mejoras aún después de las numerosas charlas de asesoramiento y cursos de capacitación. “Hay algo que no entra”, afirmó Gabriela.
De la participación en cursos y visitas durante el trabajo de campo se pudieron observar algunos aspectos que podrían indicar motivos de fallas en la metodología. Estas jornadas y talleres son de amplia convocatoria, aún cuando algunas cooperativas no trabajan el tema. Además, normalmente se realizan en un día, con lo que se vuelca mucha información que no es totalmente retenida por los productores (quienes más se benefician son aquellos que están trabajando el tema). Así, se pudo ver que durante una charla sobre frutales ninguno de los cooperativistas anotaba lo que iba comentando el técnico invitado a dar el curso; los productores tan sólo escuchaban y hacían esporádicos comentarios y en un momento uno de ellos le dijo risueñamente al ingeniero Gustavo que anotara bien todo y que luego les pase el informe. En otra oportunidad, durante una visita a una estación del INTA un grupo de productores afirmó que “la información es mucha y uno no retiene todo; hay que traer un grabador”.
Los productores en ocasiones buscan eludir los compromisos para concurrir a los cursos. Estas faltas molestan mucho a los técnicos de La Federación, quienes las ven como una muestra de desidia y escaso compromiso con el proyecto. Ante estos últimos, los productores aducen problemas de transporte (las convocatorias suelen ser muy temprano en la mañana y se pide que los socios se reúnan en la sede de La Federación, que está en la ciudad capital) y en ocasiones necesidad de quedarse trabajando porque la producción así lo requiere. Molesto, Marcos afirmó en una oportunidad que él necesitaba quedarse trabajando en la finca porque eso le daría el dinero, y que entonces no tenía tiempo para perder. “Nos ofrecen hacer viajes y cursos de capacitación, que son buenos, pero quién nos paga el día perdido. No podemos descuidar los cultivos. Tenemos mucho trabajo”.
No obstante estas situaciones, los productores en todo momento remarcan la importancia de la educación para ellos. Durante la presidencia de Cacho en Las Piedritas destacaban con orgullo el fondo que la cooperativa reservaba para capacitación y educación, “antes no sabíamos nada más que de uvas”.
“Nuestra situación es buena, antes ni pensábamos que podíamos conversar con gente preparada, que nos enseñara y nos diera conocimiento”, afirmaría José mientras limpiaba de malezas unas semillas.
En Mala Pata hacen hincapié en la necesidad de que los más chicos asistan al colegio “para que no tengan que pasar por las que pasamos nosotros”. Cecilia, joven socia de Mala Pata, destacó con mucha alegría, durante el último trabajo de campo, que estaba haciendo un curso de auxiliar agrónoma, en el que entraron 20 sobre 400 personas inscriptas.
“Si yo fuera ingeniero o doctor no trabajaría la tierra, pero yo soy un productor…”. “Nosotros solamente aportamos trabajo. A lo mejor si tuviéramos estudio podríamos ir a hacer otra cosa…”. Estas expresiones, que corresponden a Cacho y a Marcos respectivamente, muestran por su lado negativo la valoración de la educación.

Relaciones de dependencia

Vinculado a la educación, y como se podrá ver también a lo económico, las relaciones de dependencia o subordinación cobran gran importancia para analizar las interrelaciones entre los actores sociales de La Federación.
Diversos autores (entre otros Robert Redfield, Eric Wolf y Julian Pitt-Rivers) coinciden en la existencia, en el mundo campesino, de lazos de dependencia debido a la reproducción de relaciones asimétricas de poder; reproducción que se extiende más allá de quien podemos calificar como el patrón y su entorno, para incluir otras personas e instituciones conformando una estructura clientelar que abarca al propio Estado. Para Redfield el campesinado se encuentra dentro de sistemas sociales más amplios que generan sentimientos de superioridad e inferioridad y mantienen relaciones de influencia. Veremos que, a diferencia de lo planteado por Hamza Alavi, relaciones de reciprocidad asimétrica y explotación pueden ser elementos complementarios para el análisis.
Durante los primeros días de trabajo de campo uno de los temas que más destacaron los técnicos fue su molestia con los socios de Mala Pata porque en reiteradas ocasiones habrían expresado extrañar el trabajo con “el patrón”. Vale recordar que los socios originales de Mala Pata vienen de una fuerte relación de dependencia con su ex empleador. No sólo trabajaron y vivieron en sus tierras durante mucho tiempo, sino que aún después de rota la relación laboral siguieron viviendo en sus tierras, hicieron algunos cultivos para “el patrón” (bajo la forma de arrendamiento) y su palabra continuó teniendo peso mientras ellos vivieron allí. Cuando se les pide una comparación entre el trabajo anterior y el actual, ellos manifiestan al investigador una satisfacción por la nueva forma de trabajo cooperativo y por ser ellos mismos quienes toman las decisiones. “Ahora uno es un capitán”, afirma Pedro.
Cuando se aborda directamente el tema del patrón, aseguran no tener un mal recuerdo del mismo. “Cuando ya no trabajábamos para él nos prestó un camión para tratar de vender una producción propia de cebolla (…) Teníamos un salario, obra social y nos pagaba la jubilación”, relata Pedro haciendo hincapié sobre temas aún no resueltos con La Federación.
La falta de dinero en mano, de manera regular, es una de las preocupaciones de estos ex trabajadores rurales, tanto de Mala Pata como Las Piedritas, que en momentos críticos los lleva a plantearse un retorno a su anterior condición de asalariados.
La fuerza y arraigo a un modo de vida, en poblaciones rurales subordinadas, es destacada en un estudio sobre los trabajadores de la caña de azúcar en el estado de Pernambuco, Brasil. Su autora, Lygia Sigaud, destaca la permanencia de la ideología del ex morador , aún después de experiencias de luchas políticas y de los cambios producidos por la desaparición de antiguos ingenios azucareros (transformando a los moradores en campesinos o asalariados independientes). Es más, Sigaud afirma que esta ideología se impone aún a aquellos que no participaron de las relaciones de morada, es decir que operan las mismas categorías de pensamiento en aquellos sectores rurales marginados que nunca estuvieron sometidos a un señor del ingenio (Sigaud, 1979:44-45).
Dentro de este tipo de relaciones de subordinación podemos incluir las relaciones de tipo clientelar por parte de los cooperativistas en la interacción con el Estado tanto municipal como provincial. Se trata de una búsqueda de beneficios mutuos, de una situación de reciprocidad (“Uno no va a estar recibiendo y no va a dar nada a cambio”, plantea Magdalena), en la que los productores se lanzan a cubrir necesidades propias y de la comunidad que los circunda.
“Los chicos (del vecindario) vienen a tomar la copa de leche acá . Al llegar, al poquito tiempo, conseguimos el agua potable para la zona. (…) Cuando no había plata, antes de la cooperativa, la Municipalidad nos daba comida. El intendente nos visita. Viene a tomar mate. Lo conocemos desde que era secretario, y con él hablamos lo de la copa de leche. Queríamos hacer un comedor para los chicos, pero no nos da para sostenerlo”, cuenta Magdalena.
En una charla junto a otra socia, Luna, que comentaba sobre su adscripción al Partido Justicialista; Magdalena dijo que ella también estaba afiliada al PJ pero sólo por los terrenos que entregaron para construir las casas. Pie de Palo organizó una recepción para el gobernador de la provincia cuando inauguró, medios de comunicación de por medio, el agua potable que los socios venían gestionando para la comunidad.
Esta capacidad de movilidad en ámbitos exteriores a La Federación, no es sólo trabajada por Mala Pata. Cacho (Las Piedritas), desde una experiencia que podemos calificar como combativa, afirmó en una oportunidad la importancia de conformar una organización gremial para confrontar con el “poder político” provincial, al que acusó de quedarse con plata destinada al desarrollo cooperativo. No obstante, como veremos al analizar las relaciones con los técnicos, la dependencia hacia una autoridad también se hace presente en Las Piedritas.

Técnicos y productores: el saber como poder

“Usted es el Señor de la Producción”. Esta frase contundente y breve, pero que encierra toda una cosmovisión de las relaciones en La Federación de Cooperativas, fue la respuesta que a Gustavo, en su carácter de ingeniero agrónomo, le dio un grupo de socios de Las Piedritas, en voz de Cacho, cuando discutían sobre en quién recaía la responsabilidad de supervisar la limpieza de las semillas de la cooperativa, que se realiza en el campo experimental de La Federación.
En esta construcción de las cooperativas, y posteriormente de La Federación, el papel de los técnicos ha tomado un lugar protagónico que excede la mera asistencia técnica. Los ingenieros agrónomos, junto a los contadores, son quienes dominan la información en La Federación, y ese poder que se construyó y legitimó, fundamentalmente, gracias a una formación de carácter universitario, les permite conformar un sistema con una clara hegemonía de este sector. Se recrean nuevos lazos de dependencia, distintos del patrón, pero que asumen también el carácter económico. De otra manera, los cooperativistas también buscan recrear la voz legitimada de autoridad, pero además cuestionan y critican a esa autoridad. “Nosotros hemos nacido en esta tierra y sabemos también cosas”, afirma Cacho, mientras Mala Pata desobedece algunas indicaciones de los técnicos por creerlas erróneas.
Muchas son las situaciones en las que se revelan estos sentimientos de superioridad e inferioridad de los que hablaba Redfield, y que se reconstruyen en La Federación.
Una forma en que se reafirman estas posiciones es a través de los lugares físicos que ocupan los actores ante una actividad de carácter institucional. Ello fue muy significativo verlo en una asamblea anual de aprobación del balance y elección de las nuevas autoridades de la cooperativa .
Luego de una breve charla con los socios sentados al aire libre, frente a una parcela arada recientemente, se decidió pasar dentro del galpón, en momentos en que el sol se ocultaba tras las montañas. Una vez allí, se comienza a armar el escenario. Una mesa larga cerca de una pared lateral a la entrada y enfrentada a una hilera de sillas, contra la otra pared. A su derecha otra hilera de sillas, y cuatro más que están arrimadas a la propia mesa. Cuando cada uno de los protagonistas se va acomodando se termina por armar una escena semejante a un tribunal, de esos que aparecen con frecuencia en las películas norteamericanas.
A la mesa, de cara a los socios, se sientan el presidente y el secretario de la cooperativa. A su izquierda, sentados sobre una cabecera, están los dos contadores (padre e hijo) de La Federación. A la derecha de la mesa, están sentados los técnicos en hilera. Frente a todos ellos, contra la pared enfrentada a la mesa, los cooperativistas.
Los contadores asumen un rol protagónico, ya que no sólo decretan en base a los números el éxito o fracaso del año productivo de la cooperativa (que en este caso dio pérdidas), sino también son quienes dirigen las acciones: toman lista, señalan las formalidades a cumplir para la aprobación del balance y la elección de las nuevas autoridades, es decir llevan la voz cantante en el desarrollo de la asamblea. Fiscales y jueces, a un mismo tiempo?
Los técnicos asumen un rol de observación, hasta que al final Roberto se sienta al lado del presidente electo y cierra con un discurso, que termina en diálogo con los presentes, sobre la necesidad de incorporar nuevos socios, en particular jóvenes que aporten dinamismo a las cooperativas. El jurado?
La participación de los socios es más bien discreta. Sus silencios son notorios, pero no absolutos. Preguntas en base a dudas señalan un pensamiento que no termina de ser verbalizado. Son ellos el objeto de juicio?
De llevar hasta el final este juego entre lo imaginario y lo real, nos faltaría encontrar la defensa; que de alguna manera recae en el presidente y secretario salientes que son los únicos cooperativistas separados del resto y que ocupan una posición central en este acto.
Sobre el final de la asamblea hay sillas de los productores que van quedando vacías. Afuera del galpón hay un asado que se va cocinando a las brasas y a su alrededor los socios que salieron hablan animadamente entre ellos . El ambiente de la cena será mucho más vital que durante la asamblea. Las conversaciones van y vienen, y se confunden en múltiples diálogos.
La posición de autoridad que ocupan los técnicos en un proyecto cuyos principios son la autogestión, la igualdad y la solidaridad parece haberse construido en el propio proceso de interacción entre los actores sociales. Un ida y vuelta entre técnicos, cuyo mandato es dirigir un proceso de modernización agrícola en la búsqueda de construir un productor moderno, y un grupo de ex trabajadores rurales cooperativizados que aún no superan una etapa que se supone de transición desde relaciones laborales con un alto grado de dependencia patronal.
Es en esta interacción, entonces, donde los productores trasladan responsabilidades patronales hacia los técnicos. El reclamo de su presencia y dirección surge en todo momento, durante las entrevistas y las conversaciones informales.
“En aquella finca (un importante lote privado con vides) el técnico está todos los días. Señala todo lo que hay que hacer y mire como está” (…) “Ellos (los técnicos) tienen que estar en el campo y no allá (en la sede)” (…) “El Ingeniero Roberto es el que dice como son las cosas”, son ejemplos de comentarios recurrentes sobre la necesidad de una presencia permanente.
Los agrónomos son conscientes de esta demanda y reconocieron que el crecimiento de La Federación superó su capacidad operativa, así fue que contrataron nuevos técnicos e implementaron nuevos modelos de trabajo que los propios productores reconocen han mejorado la situación. No obstante, sigue el reclamo.
Frente a esta situación se percibe una actitud ambivalente por parte de los técnicos, quienes ante la continuidad de la demanda reconocen y afirman, por un lado, rechazar esa dependencia de los cooperativistas para el trabajo (“yo sólo soy un asistente y me piden que sea técnico-capatáz; ellos no salen a defender su lugar como participes principales”). Pero, por otra parte, y principalmente en el caso de los técnicos más antiguos, asumen un rol que se podría calificar del tipo paternalista, llegando incluso a reproducir las anteriores relaciones patronales.
“… Por otro lado está el tema que no sabemos cómo podría funcionar, que es el de los premios y castigos. Yo, en mi caso lo hago con mi hijo. Según una situación buena lo premio. En una situación mala le pego un chirlo en el culo o no le doy la guita el fin de semana. Aquí intelectualizamos que tiene que haber premios y castigos, lo que pasa es que a la hora de castigar se nos derrite todo, viste”, relata Roberto al analizar la baja productividad de las cooperativas. “Nosotros, a veces, dijimos ‘bueno, el que no presentó la documentación no le vamos a pagar nada, ni el préstamo, ni la semilla, ni la mano de obra de las colecciones, ni la guita para el ómnibus’. Pero cuando te caen y te dicen, ‘vea ingeniero necesitamos quinientos pesos para comprar mercaderías y no tenemos un mango’, y bueno qué vas a hacer”, continuó. Cuando se le pregunta si no hay una actitud paternalista en todo lo expresado, y además centrada en una persona, lo niega enfáticamente. “el tema del paternalismo yo lo tomo con muchas pinzas porque creo que no es el caso de la gente con la que nosotros trabajamos. No hubo igualdad de oportunidades. Nosotros estamos tratando de hacer un esfuerzo para tratar de emparejarla en algunas cosas, sabiendo que partimos con mucha desventaja”, aunque reconoce que “puede haber alguna actitud paternalista en algún caso, pero no en el proyecto”. Y aquí se llega a uno de los casos más claros de cómo en algunos momentos funciona esta autoridad. Se trata de Carla, una asistente social del INTA que colaboró con el proyecto hasta que los técnicos decidieron separarla. “Esto del paternalismo lo creía la Carla. Ella pensaba que esto era paternalismo, entonces ella iba a las cooperativas y desde el auto pegaba el grito y se iba”, afirma Roberto. Para los técnicos el trabajo de la asistente social “fracasó porque no le gustaba poner los pies en el barro y mucho menos tomar mate con la gente”. En la decisión de incluir a Carla como la pata social del proyecto prevaleció su origen local, hija de una familia humilde. “Es como si hubiese querido renegar de su pasado”, se afirmó. Quienes no entendieron así la situación, y se vieron perjudicados con su desplazamiento del proyecto (sin ser consultados), fueron los propios productores, que en palabras de Magdalena se sintetiza ese sentimiento: “Acá venía Carlita y nos ayudaba mucho. Ahora que no está la extrañamos. Tenemos ganas de ir a buscarla para que nos asesore. Con ella teníamos la idea de comprar un horno con un subsidio del PROSOL, pero no se pudo. Ella nos enseñaba cómo vivir mejor”. En Las Piedritas fueron los hombres quienes lamentaron la ausencia de la asistente social.
Con la compra de tierras sucede otro tanto. Anteriormente se había afirmado en forma temporaria que las tierras compradas eran de las cooperativas. Esa afirmación no era tan exacta, como se aclaró en su momento . Las tierras se compran a nombre de La Federación y esa decisión se tomó, comentó uno de los técnicos, ante el temor de que se perdieran tanto por desmembramientos de las cooperativas, como por una “mala” decisión de los socios.
Esta forma de ver a los productores llevó a tomar decisiones que terminan reproduciendo las relaciones patronales que afirmaron molestarles en otros casos. Cuando en el último viaje comenta uno de los técnicos la mejor situación que vivía Mala Pata, relata sobre la distribución en las cooperativas de un crédito del BID, que ante la visión villera que se construyó sobre Mala Pata se decidió, “con todo éxito”, que para evitar que tuvieran todo el dinero junto, y se malgastara, ir entregándolo en cuotas a cada socio, “a modo de jornal”.
“Yo reconozco que muchas veces antes de que el Concejo (de La Federación) decida nada primero me miran a mí. Yo no me puedo sentar atrás en las reuniones. Es una situación jodida, difícil de manejar. Como yo estoy todo el tiempo soy el que sabe los distintos temas y puedo dar una visión global de la situación”, afirmó Roberto sobre el final de una larga conversación en la que se trató de arribar a este tema. “A veces he pensado si la solución no sería rajarme cuatro meses, pero tampoco se si me bancaría cuatro meses sin pasar por aquí. No es tan fácil borrar todo y decir ‘bueno señores esto es un proyecto participativo, anónimo’, es utópico”.

El cambio: una larga transición?

Si uno se deja llevar por los principios desarrollistas de los técnicos, en cuanto a modernización y conformación de un sujeto eficiente, no podemos considerar como alcanzada esa meta en cuanto se refiere a nuestros productores cooperativizados. En principio, podríamos hablar de una transición, que en algunos casos lleva quince años , y que parece más desorientar a los técnicos que darles certezas sobre la llegada al tan ansiado destino.
Las expresiones de temor ante el fracaso no se hacen esquivas. Ante ese posible escenario y diferenciando a las cooperativas conformadas por agricultores de oficio de las integradas por ex trabajadores, Roberto afirma: “Es distinta la situación, porque es distinta la actitud que uno puede esperar del pequeño productor, que era individualista como el caso de El Porvenir, el caso de Iglesias , ante un fracaso generalizado. Ellos estuvieron en la lucha y vuelven a la lucha (…) Ahora, las cooperativas donde eran solamente obreros, y muy dependientes, caerse yo creo que sería catastrófico. Probablemente significaría villa miseria. Ellos no van a saber autosostenerse, no van a saber pelearla. Están, hoy por hoy, muy respaldados en la estructura general”.
Esa estructura general es La Federación y sus técnicos. Este discurso es muy fuerte y los productores lo asumen de alguna manera. “No podemos destetarnos de La Federación”, dijo Pedro en una oportunidad en que reconocía la crítica situación productiva de la cooperativa.
Aún así, los productores son más conscientes de que tuvieron un pasado precooperativo, en el que vivieron (o tal vez sobrevivieron) de su propio esfuerzo y con sus propias estrategias. De esta forma, los actuales cooperativistas hacen una evaluación con diferente enfoque sobre el pasado, el presente, el cambio. Esa evaluación es variable, porque es variable la situación de las cooperativas. Así, mientras Mala Pata en todo momento afirmó estar ahora que son cooperativa en mejores condiciones, sin por ello criticar a su ex patrón; Las Piedritas pasó de una situación de afirmar vivir “mejor que antes” (un antes precooperativo), a una sensación de estar peor que en esas etapas previas.
En 1997, Cacho afirmaba: “Estamos mejor que antes (…) Es importante el cambio de pasar de depender del patrón a ser uno el que toma las decisiones. Salir de la explotación, de que haya uno controlando y dirigiendo…”, para después mirar a los socios ocasionalmente presentes y conminarlos con un: “Bueno, hablen un poco che!”.
Ya en 1998 el discurso había cambiado, la crisis estaba instalada. “Estamos peor que al principio”, aseguraba. “Así no podemos seguir, nos conviene trabajar afuera…”, afirmaría Marcos. Y luego un contraste que busca mostrar la ruptura de una reciprocidad implícita: “La Federación está cada día más rica, mientras nosotros estamos en la miseria”.
El cambio es constante y no toma un solo sentido, por ello la desestructuración y la estructuración de una nueva identidad se hace compleja. Y no sólo debe entenderse aquí que se trata de la identidad de trabajador asalariado.
José, hermano de Cacho, recordó lo difícil que fue convencer a “los más viejos” a abandonar la producción de vid. Cacho acotó en ese instante, “fue el caso de él”. “Por eso se integraron los más jóvenes al principio”, continúa José, “son los que menos problemas tienen para adaptarse”.
La uva formó gran parte de la vida de los pequeños productores y obreros que hasta comienzos de los años 70 vivían de ella, y que aún hoy para muchos sigue siendo el desvelo de sus sueños.

“Los técnicos tienen que aprender algo de lo social. Tienen que ver que el productor debe cambiar despacito la mentalidad”, explicaría Cacho mientras observaba los barbechos de vid , una nueva forma de acercarse a un viejo amor .

CONCLUSIONES

Haciendo una rápida y breve síntesis sobre las valoraciones (positivas y negativas) que los actores ponen en juego, nos encontramos a grandes rasgos con los siguientes datos:
1- Por la parte de los productores, asignan a la asistencia que brindan los técnicos un importante valor tanto en lo productivo como en un plano social más amplio. De allí la importancia que asume la figura del Ingeniero Roberto, que de alguna manera por su activo protagonismo en la gestación del proyecto es un gran padre (el valor de su palabra), y la Federación vista como algo propio, lejano y superior a la vez, una madre de la que cuesta “destetarse”. La imagen del técnico como dador de conocimientos fue rescatada en numerosas ocasiones.
En contraparte, los cooperativistas reclaman entre otras cosas: una mayor presencia de los técnicos en el campo, mayor transparencia de la información y decisiones que toma la Federación (a la que ven manejada sólo por los técnicos y el personal contable-administrativo) y un mayor apoyo financiero por parte de la misma, que se asemejaría en lo fundamental al pago de un salario.
2- Por su parte, los técnicos resaltan una serie de obstáculos que según ellos entienden son los responsables de no alcanzar la ansiada eficiencia productiva. Así, nos encontramos con que estos productores son vistos con poca voluntad de trabajo, escasa responsabilidad y propensos al asistencialismo, dependientes de una mentalidad de relación patronal y sometidos a liderazgos internos autoritarios y perniciosos, con dificultad para asimilar nuevos conocimientos y por lo tanto sujetos desvalidos para actuar en la sociedad en forma individual.
De lo relevado en los sucesivos trabajos de campo, resulta importante destacar que estas caracterizaciones, cargadas de un fuerte componente valorativo, si bien al estar internalizadas en los actores operan en sus relaciones recíprocas, fueron exteriorizadas utilizando al investigador como intermediario. Los cooperativistas tratando de hacerles llegar así su visión a los técnicos, y éstos remarcándole los aspectos que creían necesarios modificar para avanzar en sus objetivos.
En conclusión, la experiencia de La Federación asume en su desenvolvimiento las particularidades de los programas de intervención que buscan promover el desarrollo en aquellas comunidades tradicionales y/o marginadas del progreso, como forma supuesta de mantener los vínculos con la sociedad nacional.
Cuáles son los puntos sobre los que se basa esta afirmación? Para empezar, se parte de un ente estatal, como es el INTA, agente inductor del proyecto y cuyos brazos ejecutores son los técnicos. Con esto no se pretende negar el rol activo de los productores en la formación y desarrollo de las cooperativas, como ya se ha visto.
Volviendo, entonces, el INTA (y en particular a través de la Unidad de Minifundios) como agente de cambio tiene entre sus objetivos promover el desarrollo de la actividad agropecuaria, buscando la transformación de los productores minifundistas en productores capitalizados. Para ello cuenta con la ya famosa receta a base de inyecciones de tecnología y recursos económicos. Sus instrumentos, los ingenieros agrónomos son los encargados de operar el programa en un contexto de relaciones sociales preexistentes, transformándose en un grupo intermedio entre una élite que aprueba o no políticas y los sectores rurales subordinados.
El cambio es planteado como posible, y para ello se proponen vencer la resistencia que ejerce la barrera del “tradicionalismo”. Así se puede entender que el principal objetivo, cuando comienza a desarrollarse el proyecto, sea el de transformar obreros municipales y de viña en productores hortícolas eficientes. Para ello la herramienta es favorecer la autoorganización a través de cooperativas, que por escasez de recursos y falta de capacitación comienzan siendo tuteladas por los técnicos. Siguiendo las nuevas modalidades de trabajo en planes de desarrollo, La Federación incluyó la labor de una asistente social (como forma de aportar otra visión a la técnico-económica), pero su trabajo generó conflictos y fue separada.
A quince años de iniciada la experiencia, La Federación ha crecido cuali y cuantitativamente, pero los técnicos no sienten que los ex trabajadores rurales hayan dado el salto, la situación no termina de estabilizarse y la autogestión comienza a ser gestión de los propios técnicos.
Esta apropiación del proyecto por parte de los técnicos lleva a la paradoja de reproducir relaciones de dependencia previas, en pos de un discurso de transformación.
A falta de una respuesta contundente a favor del desarrollo, la modernización y la eficiencia productiva, los técnicos refuerzan una postura tutelar. Los cooperativistas ocupan el lugar de menores que deben ser premiados o castigados, retados por no cumplir con sus tareas, obedientes a las normas que se imponen para su bien (prohibición de la reelección del presidente de la cooperativa), desvalorizados en su capacidad de sobrevivir por si mismos, privados de la propiedad de las tierras por miedo a la falta de responsabilidad, privados de informaciones sobre el rumbo de La Federación. Así, el lugar de la dominación no ha desaparecido, más bien se ha transformado, pero siempre basado, como afirma la antropóloga Ana María Lorandi, en la supuesta inferioridad del dominado. De ahí al rol del patrón no queda mucha distancia para que se permita esa reinvención creadora, que conlleve a una reestructuración social de los ex obreros rurales.
Llegados a este punto, nos encontramos con dos actores sociales que portan mundos de vida contrastantes y cuya interacción es sumamente conflictiva. Prefiero hablar de mundos de vida y no de lógicas, ya que este último término comporta una conceptualización encorsetada que impide abarcar las múltiples estrategias que son capaces de llevar adelante los agentes.
Esa interfase de la que habla Long, como lugar donde estos mundos de vida se entrelazan, es en La Federación una gran confusión.
Los técnicos se molestan porque los socios reclaman de La Federación un rol redistribucionista, más aún cuando ven su crecimiento frente a la crítica situación que viven. Pero ese reclamo no ejerce su peso en las reuniones de Concejo de La Federación. Un sentimiento de falta de información lleva a los socios al silencio. Ahora el silencio no implica apatía, como entienden los técnicos. Allí se expresan dudas, temor, inseguridad. El silencio no significa que no haya nada para decir y generalmente esos pensamientos se canalizan en el intercambio con los pares, y en este caso con el investigador.
Así también, la “vagancia” y el “asistencialismo” son señales para los técnicos de la poca voluntad de trabajo. Pero también se puede entender que los cooperativistas desconocieron la maximización de beneficios por vivir una realidad de necesidades básicas insatisfechas. Ante esto las más variadas estrategias de sobrevivencia (calificada como “lógica villera”) se hacen válidas, siempre que sirvan para enfrentar un nuevo día: la producción agrícola puede ser tan importante como la búsqueda de trabajo asalariado, como el autoabastecimiento, como las transferencias formales desde el estado u otros entes, como la capacidad de integrar redes de solidaridad (de Dios, 1998:124).
Los cooperativistas se sienten como “capitanes” cuando hablan de su actual vida cooperativa, en referencia al pasado; y se autoadscriben como obreros cuando reclaman asistencia a La Federación y a los técnicos. Cuando la cooperativa más que una opción es un salvavidas frente a la crisis económica, autores como Giarracca afirman que las situaciones de subordinación tienen su continuidad al buscar minimizar los riesgos en la toma de decisiones (Giarracca, 1994:15), más aún cuando la experiencia laboral de un obrero rural prácticamente no atraviesa por la toma de decisiones en forma autónoma. Por otra parte, investigadores que han trabajado en los últimos años el tema de asalariados rurales coinciden en que aquellos actores que han entrado en este tipo de relaciones laborales muy difícilmente puedan abandonarlas para dedicarse exclusivamente a la producción agrícola. Entre los motivos se encontrarían tanto cambios en los hábitos de consumo, como cambios en los ciclos del trabajo rural. Así no suena ilógico que entre las estrategias de subsistencia se plantee emplearse por veinte pesos semanales o estar a la pesca de subsidios que representen dinero en efectivo para la compra de bienes. Esta situación nos lleva a dudar respecto a la pertinencia de un laxo concepto de campesino, el cual debería ser reconsiderado ante comportamientos que nacen de representaciones que les son propias y que los separan de aquellos actores ligados a su tierra y que para sobrevivir no venden su fuerza de trabajo.
Finalmente, con todo esto no se busca cuestionar los proyectos de desarrollo, al modo de la Antropología del Desarrollo que considera a este concepto como una invención históricamente determinada que busca la preservación de un determinado orden, tanto fuera como dentro de los estados nacionales. Una forma cultural, una invención, que podría desinventarse o reinventarse de otras formas (Escobar, 1998:9). Pero sí concluir que toda propuesta de desarrollo rural, que lleva implícito un alto contenido de cambio, no podrá contemplar la posibilidad del éxito si no cuestiona y replantea la organización del poder, cuanto menos en el ámbito que abarcará el proyecto.

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