Museo Larco, de Lima: un deslumbrante tesoro de cultura precolombina e imaginación erótica

Lima, especial ( Por Rodolfo Biscia para Infobae). Rodeada por exuberantes jardines, en el distrito limeño de Pueblo Libre se encuentra una casona virreinal del siglo XVIII en la que el tiempo no parece haber hecho mella. Se trata del Museo Larco, donde se exhibe una fabulosa colección de arte precolombino que da cuenta de miles de años de la historia del antiguo Perú. En el cruce entre la arqueología, la antropología y el arte, sus salas proponen una experiencia de la que todo visitante se despide con la recompensa de una mirada renovada.

El Museo fue fundado en 1926 por Rafael Larco Hoyle (1901-1966). Miembro de una familia cuya fortuna dependía de la industria azucarera, Larco profundizó la pasión de su padre por el arte precolombino y así se transformó en uno de los pioneros de la arqueología peruana. A través de sus descubrimientos, identificó o precisó la fisonomía de diversas sociedades: la Virú (o Gallinazo), la Cupisnique, la Salinar. Pero sobre todo estudió la cultura moche o mochica, previamente descubierta por el alemán Max Uhle en 1909, si bien bajo el nombre de “pre-Chimú”.

Menos célebre que la inca, la sociedad moche fue sin embargo una de las más complejas y sofisticadas del antiguo Perú. A diferencia de otras culturas campesinas de la época precolombina, se desarrolló como una comunidad eminentemente urbana. Asentada en la costa norte del actual territorio peruano, tuvo unos 6 siglos de existencia, aproximadamente entre los años 100 y 700/800 d. C.

Especialista en la historia mochica, Garth Bawden sostiene que su cultura material expresa su ideología política en el plano simbólico. Legitimando el ejercicio del poder, ese simbolismo confería estatus mundano y sobrenatural a los líderes de la élite gobernante. Bawden recomienda abordar mediante esa clave los numerosos vestigios arqueológicos que han llegado hasta nosotros, tales como la indumentaria, las insignias de poder, los ajuares funerarios y religiosos, la iconografía ritual y sacrificial, el arte público monumental y la metalurgia.

Una visión del mundo a través de la cerámica

Entre esos vestigios de la cultura material, han sobrevivido abundantes ejemplares de la alfarería mochica. La fineza de la factura y el refinamiento al momento de narrar a través de imágenes transformó a estos artesanos en los ceramistas más virtuosos del antiguo Perú. Pero lo que hoy apreciamos en términos de calidad estética y “museum quality” en otra época fue un elemento vital dentro de un plexo de intenciones y sentidos. Muchas de estas fascinantes cerámicas, en efecto, nos permiten vislumbrar cómo los moche articularon el sentido del mundo a través de imágenes, mitos e historias.

El antropólogo Jürgen Golte propone un análisis exhaustivo en su libro Moche. Cosmología y Sociedad. Una interpretación iconográfica (2009). Así descubrimos cómo las genealogías y los sistemas de parentesco constituían la sustancia de la trama social de este pueblo, mientras que las divinidades explicaban y refrendaban su estructura jerárquica. De esta forma el poder se legitimaba conjurando un pasado primordial donde las diferencias sociales y la división del trabajo quedaban míticamente naturalizadas.

Como explica Golte, los moches ritualizaban la jerarquía social a través del sofisticado sistema del tinkuy: la inclusión de los opuestos, el encuentro entre dimensiones de la existencia a la vez antagónicas y complementarias. Porque, en términos más generales, la cosmovisión andina postula la existencia de tres mundos interconectados: el mundo de arriba –Hanan Pacha–, el mundo de acá o Kay Pacha, y el mundo de abajo o Uku Pacha.

Durante parte del siglo XX, los intérpretes de la iconografía moche se basaron en transposiciones de las imágenes de las vasijas a cuadros bidimensionales que aplanaban su disposición volumétrica, así como su sentido narrativo y dramático. Con razón, Golte achaca este vicio a la perspectiva eurocéntrica que suele adoptar el análisis iconográfico. Pero la cultura material mochica demanda un abordaje que dé cuenta de la disposición escultórica –tridimensional– de estos objetos y de los símbolos cósmicos, rituales y narraciones que vehiculizan.

A la sensibilidad estética de Pablo Picasso no le pasó inadvertida la riqueza formal de la cerámica moche. Los cientos de platos, vasijas, jarrones y azulejos que creó apelan, sobre todo, a la Antigüedad mediterránea y a la Edad Media española, pero al menos dos de sus obras delatan la impronta del diseño mochica. En febrero de este año, de hecho, Sotheby´s anunció la subasta online del fantástico Vaso azteca de cuatro caras (Vase Aztèque aux quatre visages) que Picasso realizó en 1957.

Esta vasija en arcilla fue el resultado de la estrecha relación creativa del artista malagueño con Georges y Suzanne Ramié, dueños del taller de alfarería Madoura, en la ciudad francesa de Vallauris. En contra de lo que sugiere su título, la forma del jarrón no se inspira en la cultura azteca mexicana, sino en la admirable cultura moche de Perú. Una vez más, los deslices de la nomenclatura revelan la imprecisión histórica y conceptual de la perspectiva eurocéntrica.

La sala de arte erótico

Una de las salas más impactantes del Museo Larco presenta una antología de objetos arqueológicos elegidos por Rafael Larco Hoyle en los años 60. La selección fue consecuencia directa de sus estudios sobre las representaciones sexuales en el arte precolombino peruano, que difundió en su obra Checán. Estudio sobre la cerámica erótica de los mochicas (1966).

Entre otras cosas, Larco fue el pionero en el estudio de los llamados “huacos eróticos”. (Se denomina “huaco” a estas piezas de cerámica de delicada factura y decisivo valor estético producidas por las culturas prehispánicas de los Andes centrales o de la costa de Perú.) Estos objetos fueron usados en actividades y ceremonias muy diversas: desde rituales fúnebres hasta festividades agrícolas, procesiones, danzas y reuniones.

Asombran ciertos vasos con forma de botella, cuyo pico o mango representa un pene en erección. Otras cerámicas nos presentan a una mujer con una vagina desmesurada, por la cual se nos fuerza a beber. Tal como explica Larco, en estos cántaros y botellas ceremoniales la complexión femenina se representa a menudo como una vasija receptora, pero también como un cuerpo generador de fluidos. Es común que se represente a la mujer en el acto de amamantar y en situaciones que remiten al embarazo o al parto.

La unión reproductiva entre hombres y mujeres se remonta al modelo mítico en que un héroe ancestral copula con la Pachamama, mujer que simboliza la potencia vitalizadora de la tierra. En ocasiones, vemos a la propia divinidad –Ai Apaec, el Hacedor– copulando con una mujer en pleno campo. Según Larco, estas representaciones de erotismo religioso responden a un elemento central de su mitología: “Quisieron los mochicas con estas escenas convertir a su Divinidad en el centro del poder de la fecundación. Buscaron divinizar el amor para dejar un testimonio de que el amor es la fuerza creadora del mundo”.

Al recorrer la sala de arte erótico del Museo Larco, también nos enfrentamos a las modalidades intensas del sexo post mórtem. Porque, en la cosmovisión andina, los muertos no sólo interactúan carnalmente entre ellos, sino también con los vivos. El sexo anal, las felación y la masturbación aparecen aquí de manera desprejuiciada y a la vez plena de sentido. La finalidad de estas acciones no es la fecundación, sino la emisión del semen fertilizador, que se ofrece a la tierra.

Puede ocurrir que, en el mundo de ultratumba, los difuntos se masturben con actitud algo pícara. O que interactúen sexualmente con una mujer viva perteneciente al plano terrenal. También puede suceder que, investidos de signos de alto estatus –túnicas, tocados, orejeras–, estos muertos tan despabilados se congreguen en festivas danzas macabras. O que interpreten un instrumento de viento como la “antara”, que se tocaba en parejas y que probablemente propiciaba el contacto entre los mundos.

Quien visita el Museo Larco quedará fascinado por estos objetos a la vez ceremoniales, utilitarios y artísticos que conjugan más de un plano de la existencia, no sin mostrar por contraste la pobreza de nuestro horizonte. Como en una cámara de ecos, la impresión se profundiza al recorrer los depósitos abiertos al público, donde pueden admirarse más de 30.000 piezas de cerámica escrupulosamente clasificadas, que interpelan por igual al antropólogo y al esteta.

El efecto de conjunto es avasallador, pero en cuanto la mirada panorámica logra aquietarse, no es raro que comencemos a interrogar cada pieza a pesar de los muchos siglos que nos separan de ella. Aunque se agrupen en patrones reconocibles, estas cerámicas parece ostentar un carácter único: cautivas en sus vitrinas, se mantienen a la espera del espectador que las confronte y se atreva a desentrañar su sentido.

* El Museo Larco (Av. Bolívar 1515, Lima, Perú) abre todos los días del año, incluido feriados, de 9 a 22 (solo 4 días del año cierra sus puertas a las 18:00: 24, 25 y 31 de diciembre y 1 de enero). Más información en museolarco.org.

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