Faleccimiento de Miguel León-Portilla, una figura clave de los estudios de la cultura náhuatl

YO SOY MI MEMORIA: ENTREVISTA A MIGUEL LEÓN-PORTILLA

El 5 de junio de 2017 tuve la oportunidad de entrevistar a Miguel León-Portilla en la sala de El Colegio Nacional donde se exhiben los retratos de los miembros fallecidos según el orden de su defunción.

La liturgia de El Colegio Nacional, promovida desde sus inicios por Diego Rivera, estipula que, al cumplirse un año de su fallecimiento, se devele un retrato del miembro en cuestión y se coloque en el último lugar disponible.

Cuando los miembros sesionan, la sala de retratos se transforma en comedor, y ahí, en una esquina de la mesa bajo las miradas de Rufino Tamayo e Ignacio Bernal, acercaron a don Miguel en una silla de ruedas. El semblante serio se convirtió en una sonrisa afable.

Se disculpó por tenerme esperando y me extendió una mano amoratada; hacía no mucho que había estado hospitalizado y hubimos de posponer nuestro encuentro. Pidió unas galletas como colación y me preguntó para qué medio iba dirigida la entrevista.

Le contesté que estaba trabajando en un proyecto para la editorial de El Colegio Nacional y que me interesaba saber, por simple curiosidad, algunos detalles sobre la fundación y la historia del mismo que sólo él podría proporcionarme.

El hielo se rompió inmediatamente y los papeles comenzaron invertidos: don Miguel me preguntó a qué me dedicaba, dónde había estudiado y cuáles eran mis líneas de investigación.

Hablamos entonces de mi formación filosófica –estudiaba entonces el primer año de la maestría en la Universidad Iberoamericana–, de la obra del cardenal Newman y de sus inicios como académico en los años setenta.

No debió ser fácil ingresar en un ambiente académico como el mexicano con una tesis tan controvertida como la posibilidad de una filosofía náhuatl, siendo además tan joven.

Nadie se imagina que sí me dolían las burlas a mi idea de una filosofía náhuatl, sobre todo porque cuando uno es joven no tiene, digamos, un respaldo y lo necesita para desarrollarse profesionalmente. Me hicieron creer que estaba chiflado. Algunos académicos, con una actitud que hoy reconozco como racista, incluso se indignaron: “¡Ahora resulta que los indios piensan y hasta eran filósofos!”.

Yo tuve la enorme fortuna de contar con la ayuda de Manuel Gamio y del padre Ángel María Garibay. Sus personalidades eran muy distintas: Gamio –quien, por cierto, era mi tío, porque se casó con una hermana de mi padre– era un hombre muy sencillo y bondadoso, nos organizaba días de campo en lugares arqueológicos dentro de la Ciudad de México, como Cuicuilco, que en ese entonces, cuando yo era niño, no se parecía en nada a lo que es hoy, y nos explicaba en un lenguaje muy claro lo que debíamos saber de nuestra cultura.

Al padre Garibay, por el contrario, lo recuerdo con mucho cariño, pero siempre malencarado [risas]. Lo conocí, de hecho, por Manuel Gamio, a quien escribí a principios de los cincuenta para preguntarle si conocía al padre Garibay, porque cuando estaba estudiando la maestría en California me encontré con unas traducciones del náhuatl que fueron para mí una revelación. Me contestó que sí y ya estando en México lo fui a ver.

Y esta anécdota la he contado varias veces: que me miró fijamente cuando le dije que me interesaba trabajar con él los temas sobre los que estaba publicando –a lo mejor fueron solo unos segundos, pero me parecieron eternos– y me preguntó si sabía náhuatl. “Pues no, la verdad, no”. “Pues no sea como esos que dizque estudian a los griegos sin saber griego, o a los alemanes sin saber alemán, inscríbase al doctorado en Filosofía y Letras y entre a mis clases, pero si veo que no avanza, le pediré que se retire, no me gusta perder mi tiempo”.

Pues no me quedó de otra más que estudiar náhuatl, y conforme avanzaba me di cuenta de la enorme, enorme riqueza que encerraba el pensamiento náhuatl. La Llave del náhuatl, del padre Garibay, fue mi libro de cabecera.

Resulta extraño que, en un contexto en el cual los intelectuales en México se preguntaban sobre la constitución de la identidad mexicana –pienso en el grupo Hiperión, Octavio Paz o Elsa Cecilia Frost–, la idea de estudiar a fondo el pensamiento náhuatl haya causado incluso indignación en algunos.

Fue el choque de dos epistemologías. Por una parte, la tradición filosófica occidental no se había desprendido de una epistemología aristotélica; por parte de la filosofía náhuatl, por poner un ejemplo concreto, no existe un término similar a “la verdad”, sino más bien hablan de “raíz”.

En la filosofía náhuatl encontramos la convergencia de la naturaleza con la cultura; de la naturaleza, de las raíces con las que se hunde, obtenemos no solo sustento, sino conocimiento. Por eso digo que la indignación tuvo que ver con este choque epistemológico.

Aunque el tiempo acomodó las cosas: yo nunca esperé que mi obra, habiendo tenido los detractores que tuvo cuando empezaba a publicar, hubiera tenido el éxito que hoy veo no solo en México, sino en otros países.

Además –y esto me parece importante mencionarlo–, me identifico con la escuela indigenista de Manuel Gamio, en el sentido de que mi incursión en la cultura náhuatl no fue la de un ratón de biblioteca. Él decía que estudiar la cosmovisión indígena no quería decir adoptar una actitud melancólica o enfocada solamente al pasado, sino voltear a ver a los indígenas del presente.

Y es que, yo pienso, si no adoptamos frente a nuestros indígenas, hoy en día, un compromiso por preservar su lengua, sus tradiciones, su visión del mundo, si no defendemos como nuestros sus derechos y sus causas, corremos el riesgo de perder nuestra historia, y con ella, todo lo que somos.

El Colegio Nacional ha hecho una labor extraordinaria al publicar sus obras en varios tomos, lo que ha permito a muchas personas acercarse a ellas. A propósito del compromiso que menciona para con los pueblos indígenas, ¿cuál le parece que es el papel que debe desempeñar El Colegio Nacional en la cultura y la ciencia del México del siglo XXI?

El mismo que tenía en mente Orozco cuando plasmó un águila en el escudo de El Colegio: tener una altura de miras tal que la difusión de las ciencias y las artes contribuya al fortalecimiento de nuestro pueblo.

O pensemos en el maestro Antonio Caso, que concibió originalmente la idea de fundar un Colegio Nacional, similar al Colegio de Francia.

Otra hipótesis sugiere que la idea original fue de Ignacio Chávez, cardiólogo del presidente Manuel Ávila Camacho, a quien le habría propuesto fundar El Colegio.

No creo que haya sido así. Los documentos y los testimonios que he investigado apuntan a Antonio Caso como el autor intelectual de este Colegio. Esto, sin embargo, no excluye la hipótesis –como usted la llama– de que Ignacio Chávez haya influido en el presidente Ávila Camacho, precisamente por la relación que usted menciona.

Además, resulta conveniente traer a colación la labor del maestro Caso como el principal de los miembros fundadores, pues no solo sentó las bases de El Colegio, sino que incluso, después de su muerte, dejó huella entre nosotros. Con él se inició esa tradición de hacer un homenaje póstumo a cada miembro, en el cual sus colegas pronuncias un discurso y se devela un retrato como los que vemos aquí –en su caso, el autor fue Orozco–.

Me gusta pensar en estos homenajes como una continuación de la discusión colegiada. El Colegio Nacional se debe al país, y su papel como institución divulgadora del saber me parece importantísimo recordar y revalorar.

¿Qué opinión tiene de quienes acusan a El Colegio Nacional de ser una institución que no representa la cultura mexicana, habida cuenta del escaso número de mujeres que lo integran?

No puedo hablar en nombre de El Colegio, sino a título personal. Es verdad que ha habido muy pocas mujeres y, en ese sentido, no podemos hablar de una verdadera representación, digamos, en términos de género. Pero tampoco creo que debamos elegir a partir de ahora solamente a mujeres, pues el criterio de elección siempre tiene que ser la excelencia, la calidad de las personas –artistas, académicos, etcétera– que, por formar parte de El Colegio, tendrán la responsabilidad de divulgar las innovaciones y los avances de sus disciplinas.

Niega usted que El Colegio Nacional sea una institución misógina.

Así es.

Mire –y repito que hablo a título personal–: yo pienso que el escaso número de mujeres en El Colegio se debe al escaso número de mujeres, comparado con el de los hombres, a las cuales la sociedad y la cultura en México les ha permitido desarrollarse profesionalmente.

Y yo, si de algo estoy orgulloso, es de haber sido el primero que, tanto aquí como en la Academia Mexicana de Historia, propuso y apoyó la candidatura de las primeras mujeres. En el caso de la Academia Mexicana de Historia, logré el ingreso de Clementina Díaz y de Ovando; en los ochenta propuse para El Colegio Nacional a Beatriz Ramírez de la Fuente, ¡y cómo me costó convencerlos!

Para algunos quizá no se trataba de misoginia, sino que pensaban que El Colegio debía ceñirse a una tradición en la cual solo figuraban hombres. Aquello me parecía absurdo, y por fortuna Beatriz ingresó.

A ellas las menciono por poner dos ejemplos de candidaturas de mujeres pioneras en sendas instituciones, pero lo mismo puedo decir de Elsa Cecilia Frost, a quien tanto aprecié y admiré, cuya candidatura promoví en la Academia Mexicana de la Lengua, y de Concepción Company, para El Colegio Nacional.

Muchos nos preguntamos por qué personajes como Rosario Castellanos o Salvador Novo no formaron parte de El Colegio Nacional.

Bueno, las candidaturas se proponen desde los mismos miembros. La mayoría de las veces se trata de discípulos o colegas, y su candidatura se somete a votación. Tanto en el caso de Rosario Castellanos como en el de Salvador Novo, no recuerdo que alguien los haya propuesto, o sea, no hubo ningún tipo de bloqueo o algo así, solo no se propusieron.

No que yo recuerde: yo ingresé en El Colegio en 1971 y ellos murieron en 1974. A Novo, sin embargo, lo traté mucho. Lo conocí la primera vez que fue al seminario de cultura náhuatl que dirigía el padre Garibay.

¡Salió encantado, maravillado! Y a la siguiente sesión llegó con Dolores Olmedo, quien lo acompañó en otras ocasiones.

Con la personalidad tan excéntrica de Salvador Novo, ¿se entendió bien con el padre Garibay?

Novo era muy efusivo en sus expresiones y solía referirse al padre Garibay con superlativos que le resultaban chocantes: “Amadísimo padre”, “reverendísimo padre”, “queridísimo padre”, “mi bien amado padre”, hasta que llegó el día en que aquél le contestó: “Bueno, ¡ya! ¡Nomás dígame padre!” [risas].

El padre Garibay tenía su carácter, pero era un buen hombre, muy respetuoso. Por poner un ejemplo: yo pienso que intuyó mis reservas en lo que respecta a las creencias religiosas, pero nunca me dijo nada sobre eso.

Recordar a Novo es recordar a un hombre con una chispa increíble para transformar cualquier momento en algo chusco. En la Academia Mexicana de la Lengua solíamos sentarnos juntos él, Andrés Henestrosa, el padre Garibay y yo, y les decía a todos que en ese lado de la mesa nos sentábamos “los de la indiana” [risas]. Y sí: nos unía un profundo amor por las cultura indígenas de México.

¿Cómo concibe el futuro de El Colegio Nacional?

Productivo.

En El Colegio somos conscientes del surgimiento de otras disciplinas científicas y artísticas que debemos incorporar. La gente merece estar informada de áreas como la ecología o el cine, por mencionar dos que no han estado bien representadas hasta ahora.

Por ejemplo, están comentando lo conveniente que sería incluir a un cineasta como Alfonso Cuarón, y a tantas otras personas que podrían enriquecer este Colegio.

Sobre las candidaturas, ¿le parece que el proceso de elección de los miembros da pie a pensar que existen cotos de poder o una mafia en El Colegio Nacional?

Todo se puede mejorar, siempre. Si la gente así lo pide, no veo por qué no transparentar el proceso de selección de los candidatos. Repito: El Colegio se debe a la nación.

Aunque, en ese caso, poco podemos hacer los miembros, porque no tenemos facultades para modificar los estatutos. Para eso habría que acudir a otras instancias del gobierno.

Lo que sí hay en El Colegio Nacional son rencillas, discusiones a veces subidas de tono. Cosa que me parece muy sana. Si no las hubiera, un discurso hegemónico terminaría por corromperlo.

¿Vio usted el elevador de aquí a la vuelta? Es conocido por haber sido escenario de una bronca entre dos sorjuanistas, Octavio Paz y Antonio Alatorre.

Esto por decir, insisto, que las discusiones son necesarias para mantener con vida una institución como ésta.

Los miembros habían terminado de sesionar y entraron haciendo un alboroto en la galería que hacía las veces de comedor. Quise despedirme de don Miguel para no interrumpir la comida, pero me tomó del brazo y me preguntó si me apetecía quedarme a comer. Rojo de pena, le dije que sí, y le pidió entonces a un mesero que pusiera un servicio más.

Y ahí, en la cabecera de la mesa, me presentó a Javier Garciadiego y a María Elena Medina Mora, sentados uno al lado y otra en frente de él. Le pregunté a don Miguel si ya había pensado publicar sus memorias.

Estoy trabajando en eso –me contestó–. Las titularé Yo soy mi memoria. ¿Qué es uno si no eso, verdad? Pero luego le cuento más, mire, pruebe esa morcilla. ¡Está buenísima!

Fuente: Tierra Adentro

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