Margarita Nolasco dejó en el tintero “proyectos como para 20 años más”

febrero 17, 2009

Nolasco con mujeres zapatistas

Nolasco con mujeres zapatistas

La Jornada (México).-Fundadora del Museo Nacional de Antropología, asesora del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), autora de un sinfín de artículos que denuncian la compleja y difícil situación de los indios de México, la etnóloga Margarita Nolasco Armas fue designada ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008 en el área de filosofía e historia, el mismo año en que la muerte la sorprendió llena de proyectos.

Tenía 75 años y ninguna intención de jubilarse. El día que falleció, el 23 de septiembre del año pasado, escribía un artículo acerca del movimiento estudiantil de 1968, el cual vivió en carne propia, pues aquel negro 2 de octubre, luego de la matanza, se la pasó buscando de edificio en edificio a su hijo Juan Carlos.

Se dice que en ella está inspirada la escena que aparece en la cinta Rojo amanecer, de la madre desesperada llamando a su vástago, pues su testimonio fue recogido por Elena Poniatowska en su libro La noche de Tlatelolco.

Es precisamente Juan Carlos Melesio Nolasco quien recibe a La Jornada en la casa que habitó su madre, doctora en antropología social. Ahí permanecen sus libros, sus documentos, muchos trabajos que poco a poco irán saliendo a la luz.

Melesio narra que su madre, desde muy joven, fue tachada por su familia de rara, porque, si bien se casó a los 17 años, nunca dejó de estudiar y trabajar, ni cuando tuvo a sus hijos. Cuando cursaba la preparatoria conoció a Carlos, su esposo, con quien compartió el sueño de dedicarse a la medicina.

Pero una experiencia muy traumática con niños quemados la hizo dejar la carrera, explica Juan Carlos: “un día, mi madre descubrió la escuela de antropología y se metió a estudiar. A principios de los años 60 terminó la carrera y empezó a trabajar en el museo de antropología de aquellos tiempos, que estaba en la calle de Moneda 13.

Siempre le gustó su trabajo. Empezó como catalogadora de colecciones museográficas y después como investigadora en el Instituto Nacional de Antropología e Historia; se iba de trabajo de campo y a nosotros, niños, nos decía que se iba a ver a los indios.

Margarita Nolasco perteneció al grupo llamado Los siete magníficos de la antropología, integrado por Guillermo Bonfil, Enrique Valencia, Arturo Warman, Mercedes Olivera, Rodolfo Stavenhagen y Ángel Palerm, “que también por aquella época sacó un libro que marcó todo un cambio, o por lo menos una revisión, de las políticas hacia los indios del país.

“Cuestionaban el paternalismo del indigenismo. El artículo de mi madre hablaba de la descontextualización histórica del indio; en pocas palabras, decía que no hay que ser paternalista con ellos, tacharlos de atrasados ni ayudarlos a que se ‘civilicen’. Propone que simplemente hay que dejarlos de explotar y permitirles que, como cualquier ciudadano, hagan lo que se les pegue la gana con respeto a su cultura.”

No obstante su activismo social, pues también perteneció al Partido Comunista Mexicano, Nolasco nunca se consideró feminista, afirma su hijo: decía que las feministas piden permiso y ella no lo hacía; sólo asumía la igualdad. En los años 70 formó la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas, con Martha Tamayo, Raquel Tibol y Laura Bolaños, entre otras.

Juan Carlos, inspirado por su madre, estudió historia. De niños pasábamos nuestras vacaciones en la pirámides de Teotihuacán durante días, mientras mi mamá se dedicaba a hacer sus investigaciones, pues su tesis de maestría tenía que ver con la tenencia de la tierra en esa zona, comenta.

Uno de los momentos que más entusiasmaron a Nolasco, no sólo como académica, sino por su enorme compromiso social, fue el surgimiento del EZLN, algo que ella, al igual que muchos de sus colegas, ya preveía.

Fue muy importante para mi madre, porque ya en los años 70 había trabajado en la creación de proyectos de educación bilingüe y bicultural. Por eso la entusiasmó mucho el movimiento y desde el principio se comprometió con el EZLN. En 1995 se fue de asesora a las mesas de San Andrés.

Inquieta e incansable

La investigadora estaba ilusionada porque sabía que se había propuesto su candidatura para el Premio Nacional de Ciencias y Artes: quería gastarse el dinero con nosotros, imaginaba que iríamos de viaje a Egipto. Aunque no le gustaban los homenajes: cuando supo que haríamos una revista dedicada a ella, en el contexto de los 70 años de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, no le gustó la idea, sentía que esos reconocimientos eran para las personas próximas a morir.

En una de sus publicaciones periódicas, el INAH dio a conocer ese artículo acerca del movimiento estudiantil del 68 que Nolasco redactaba cuando le sobrevino un ataque cardiaco.

En el tintero quedaron varios trabajos, pues ella “tenía proyectos como para 20 años más; trataremos de irlos publicando. Por ejemplo, se interesó por la historia de los jesuitas y se dedicó a transcribir del español antiguo al moderno muchos documentos coloniales, ahí están, con comentarios y todo.

“Fue muy inquieta, trabajó cuestiones urbanas, indios en la ciudad, migración, niños. Dejó inconclusa una actualización de su libro Café y sociedad en México (Centro de Ecodesarrollo, 1985). Nos han pedido publicar sus obras completas; eventualmente lo haremos.”

Juan Carlos recuerda que en diciembre pasado, cuando aún no se reponían de la tristeza por la repentina muerte de su madre, les llegó la noticia de que la etnóloga había sido galardonada por el gobierno federal.

“Nos enteramos de que el jurado ya tenía su decisión desde septiembre, y que luego de saber de la muerte de mi madre decidieron sostener su fallo. Me dijeron que desde mediados de los años 40 no se había dado un premio nacional post mortem. Para nosotros fue un sentimiento muy raro, mucho gusto y tristeza, pero a raíz de este galardón creo que podremos publicar muchas cosas que dejó. El premio, en su totalidad, será para mi padre, con quien iba a cumplir 60 años de matrimonio este 2009.”

Las cenizas de Margarita Nolasco presiden la sala de su casa, colocadas sobre la chimenea, bajo un enorme sol de barro de Metepec que tanto le gustaba y que la acompañó por más de tres décadas.

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