Aportes al debate sobre “etnia” y “nación”

enero 21, 2009

Dado el debate producido en Bolivia respecto a la pertinencia de hablar de “naciones indígenas” y sus consecuencias políticas quisiera sumar un apresurado aporte teórico al interesante debate allí originado (más allá de la acusación de “falsa ciencia” atribuida a la antropología por el Sr. Jorge Echazu Alvarado), teniendo siempre presente que la base de esta elaboración tiene centro en Europa y su particular experiencia, y que por ello presenta puntos diferenciales respecto de una realidad americana producto de la conquista.

Podemos, entonces, partir de la ya famosa frase de Benedict Anderson y su idea sobre la nación, la que es pensada como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Para Anderson, “la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo”.

Según el modelo de expansión en Europa, Anthony Smith considera dos tipos de naciones: las territoriales y las étnicas. En las territoriales la inclusión o exclusión está dada por los límites. La ciudadanía y la pertenencia territorial están estrechamente entrelazadas. Es el concepto más moderno de nación. Por su parte, las naciones étnicas otorgan la nacionalidad a partir de vínculos ancestrales comunes. Smith destaca que toda nación debe tener un cierto anclaje en lo étnico, a la vez que reconoce un suelo natal. Lo ancestral, como depósito de las experiencias colectivas, y lo territorial, como continuidad de la nación histórica. Smith toma al grupo étnico como la antesala potencial de una nación, siendo lo que caracteriza a dicho grupo la pertenencia común a un nombre, un mito de origen, una cultura, una historia y un territorio. De realizarse la Nación como tal, son esos lazos primordiales los que la diferenciarán de otras. La hermandad y solidaridad del grupo surgen del mito motor, es decir un mito constitutivo que encierra un proyecto político, y que si no existe debe ser inventado. Ese sentido de solidaridad será fundamental para el desarrollo del nacionalismo.

De Eric Hobsbawn rescataré el sentido moderno del término nación (siglo XVIII) y sus transformaciones a fines del siglo XIX. Es de destacar que para fines del siglo XVIII un diccionario holandés subrayaba la particularidad francesa e inglesa de aplicar el término de nación abarcando a pueblos que no hablaban la misma lengua; claro que para adquirir los derechos ciudadanos primero debieron adquirir el idioma oficial del Estado.

Las aspiraciones nacionales surgen en un determinado contexto histórico, social, político y económico, en estrecha vinculación con lo que Hobsbawn llama el protonacionalismo popular, con sus elementos étnicos, lingüísticos, religiosos y territoriales. Hobsbawm nos habla de nacionalismos históricamente justificables, es decir aquellos que por cuestiones de escala permitían a sus sociedades encajar en el progreso. Por ello remarcará al respecto: “¿cuál podría ser la defensa de los pueblos pequeños, las lenguas pequeñas y las tradiciones pequeñas, en la inmensa mayoría de los casos, sino una expresión de resistencia conservadora al avance inevitable de la historia?”. “La gente, la lengua o la cultura pequeña encajaba en el progreso sólo en la medida en que aceptara la condición de subordinada de alguna unidad mayor o se retirase de la batalla para convertirse en depositaria de nostalgia y otros sentimientos: en pocas palabras, si aceptaba la condición de viejo mueble de la familia que le asignó Kautsky”.

Una visión más próxima a la experiencia americana es subrayada por el antropólogo brasileño João Pacheco de Oliveira, para quien la noción de territorialización debe ser definida como un proceso de reorganización social que implica la creación de una nueva unidad sociocultural mediante el establecimiento de una identidad étnica diferenciadora, la constitución de mecanismos políticos especializados, la redefinición del control social sobre los recursos ambientales y la reelaboración de la cultura y de la relación con el pasado.

Como decía el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla , “la noción de un origen común, la identidad colectiva, el territorio, la unidad en la organización política, el lenguaje y otros rasgos comunes, adquieren valor como elementos característicos del grupo étnico, en la medida en que sea posible encuadrarlos dentro de esa relación específica y significativa entre sociedad y cultura propia”. Esa relación estaría dada por el control cultural, “es decir la capacidad social de decisión sobre los elementos culturales”.

El antropólogo Fredrik Barth supo destacar que los procesos identitarios deben ser estudiados en contextos precisos y percibidos como actos políticos, ya que los límites, las fronteras, de un grupo étnico son construidos por los propios miembros a partir de diferenciales culturales que se resignifican en un proceso de autoadscripción, dado por una interacción social significativa con otro.

Quisiera destacar aquí el concepto de etnogénesis. La etnogénesis fue y es un proceso histórico que refiere a la dinámica cultural y política de las sociedades anteriores o exteriores al desenvolvimiento de los Estados nacionales. Es el proceso básico de configuración y estructuración de la diversidad cultural humana. Así el antropólogo Miguel Bartolomé afirma que subyacente al desconcierto ante los fenómenos de etnicidad está presente la reificación del Estado-nación, al cual se atribuye la capacidad de producir una deseada homogeneización cultural, para lo cual las lealtades étnicas son percibidas casi como una traición a la patria.

Por ello el concepto de “etnicidad” no es equiparable a la idea homogeneizante y colonialista de “indio”. Es una categoría para el estudio de determinados procesos identitarios ocurridos en los distintos grupos humanos. Ahora bien, debemos convenir que cuando hablamos de “pueblo” y/o “nación” implica darle un carácter netamente político a ese proceso identitario, lo cual no es ni bueno ni malo en sí mismo. En lo personal la acción política de las sociedades no me asusta, a menos que asuma un perfil racista y opresor. Ya de por si, recuperar, como en el caso americano, una identidad estigmatizada por la discriminación social supone asumir una actitud de desafío respecto de la comunidad hegemónica con la que se desenvuelve a diario.

Barth ya había estudiado, en situaciones de contacto, el rol de determinados agentes que se definen como élites, que en su afán de participar en sistemas sociales más amplios optan por las siguientes estrategias: 1) incorporarse a la sociedad más amplia, 2) aceptar el status de minoría, para intentar reducir sus desventajas en un proceso de articulación entre ambas sociedades, y 3) acentuar su identidad étnica con el fin de luchar por alcanzar nuevas posiciones, hasta la creación de nuevos estados.

Entonces, asumimos que la resignificación de la especificidad étnica de un grupo dado bien puede ser utilizada como soporte de un específico objetivo político, ligado a la construcción de un proyecto nacional. “La interacción colonial, aún en los casos menos evidentes, refuerza la construcción de identidades étnicas que se resignifican a medida que los juegos de oposiciones reubican a los actores en nuevas coyunturas políticas y económicas o, en otros términos, históricas” (Lorandi y del Río).

Como afirma el antropólogo Alejandro Grimson, “la nación” también puede ser vista como un marco en el que se desarrolla una experiencia histórica y social concreta, a partir de la constitución de actores sociales específicos, experiencia ésta que “configura culturas nacionales del relacionamiento”. Y ya que hablamos de Grimson diremos que este debate que instaló el diario La Razón refleja a “la nación” como un campo de interlocución en el que se dan dos luchas. Una por las categorías, y por los significados de esas categorías. Y otra por el campo de interlocución en sí.

Leandro Etchichury

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