Maribel Otero: La violencia y el patriarcado

enero 18, 2009

El Correo de Zamora (España).- Con frecuencia asociamos los conceptos de masculinidad y violencia, hecho que nos revela una imagen del varón violento como algo ” natural”, apoyado además por observaciones confirmatorias, como cuando decimos: «Los niños se sienten más atraídos por juegos violentos que las niñas».Según parece, las investigaciones diseñadas para medir estas diferencias confirman en efecto, que los chicos resultan más agresivos que las chicas, y que los unos piensan de forma más agresiva que las otras.
Hay autores que defienden la tesis de la agresividad innata ( K. Lorenz, N. Tibergen, D. Morris ). Estos señores consideran que la agresividad forma parte de la naturaleza humana, y la mayor presencia de conductas violentas en los machos de cualquier especie ha sido explicada en relación con la división de funciones (el macho defiende el territorio, la hembra procrea y cuida de sus crías). Esta idea ha sido ampliamente refutada por otros investigadores entre los que se encuentra Ashley Montagu, quien sostiene: «Los genes, en el caso de los seres humanos, sólo aportan la potencialidad, pero es el entorno en el cual se desarrolla la persona lo que constituye el factor decisivo para alentar o desalentar la emergencia de las conductas agresivas.».
Otros personajes analizan o explican el tema de la violencia desde el punto de vista de la psicología diciendo: «Las madres reprimen la agresividad tanto en los niños como en las niñas. No obstante, el padre, cuando juega con los hijos/as, trata de distinta manera a los niños que a las niñas, de manera tal que puede exagerar cualquier tendencia biológica de los niños a ser el sexo más agresivo. Se observa que el padre juega de forma más violenta con los chicos… y alienta a los mismos a tolerar mayor brusquedad…»
Sin embargo, no se han podido conseguir explicaciones satisfactorias ni en los factores biológicos ni en los psicológico. Se ha necesitado recurrir a la antropología para poder tratar el tema de la violencia desde un punto de vista más global.
Es frecuente pensar que si los hombres y las mujeres hacen distintas clases de trabajos y tienen categorías diferentes es porque debe haber algunas diferencias biológicas o psicológicas inherentes a los sexos, lo que hace inevitable una división del trabajo y del poder. La mayoría de los antropólogos, y quisiera decir, todas las antropólogas, niegan que así sea y expresan la creencia de que los dos sexos se ven separados forzadamente para responder a las necesidades de la sociedad en la que viven. Llegamos entonces al concepto de género como una construcción psicosocial, ya que en distintas culturas atribuyen cualidades diferentes a lo masculino.
En el marco de la cultura patriarcal, el concepto de dominación masculina se encuentra íntimamente ligado al de violencia masculina, ya que la violencia es el instrumento interpersonal más expeditivo para controlar las situaciones e imponer la voluntad. La violencia, es decir, el uso de la fuerza como método para la resolución de conflictos interpersonales, es legitimada con frecuencia cuando la emplean los varones, en función de un modelo que se apoya en la supremacía masculina.
Las investigaciones que se han realizado a cerca de la violencia familiar, se conectaron más rápidamente con el problema de las mujeres golpeadas, y solo después de algunos años se hizo evidente la necesidad de empezar a enfocar la problemática correlativa: los hombres golpeadores. Es por esta razón que apenas hay bibliografía a cerca de ” los sujetos ” en cuestión.
Cuando se habla de hombres golpeadores se hace referencia a todos aquellos que ejercen alguna de las formas de abuso (físico, emocional, sexual) con su esposa o compañera, ocasionándole algún tipo de daño (físico, psicológico, social…)
Cuando se comenzó a estudiar la violencia e identificaron el cuadro, los/as profesionales se interrogaban del porqué de la conducta del hombre golpeador, y la primera explicación a la que se llegó fue la psicopatología: se le consideraba psicológicamente enfermo, intentando definir las patologías en base a su personalidad. Una de las definiciones más frecuentes que se dieron fue que los hombres golpeadores poseían una personalidad sádica, o posesivo agresiva, o paranoicos… Así se comenzaron a construir los mitos que señalan que la violencia conyugal es producto de una enfermedad; del alcoholismo; de un defecto de la personalidad…etc. Esto, es tan peligroso que hace que “cualquier encuadre de este tipo le quite al hombre responsabilidad sobre su conducta”. Desde un punto de vista jurídico, la existencia de cualquiera de los cuadros mencionados es considerada como atenuante en relación con la imputabilidad de quien ha cometido el delito.
Hay otras explicaciones con enfoques sociológicos que señalan: “La violencia conyugal es una de las formas que adopta la dominación del hombre sobre la mujer, en el marco de una sociedad patriarcal”.
Hay quienes hacen un intento de explicar el origen de la conducta violenta del hombre asegurando que es aprendida, que ellos hacen lo que vivieron o vieron en sus familias durante la infancia…
En definitiva, todo intento de explicar la conducta del hombre golpeador, señalados anteriormente, es evidentemente parcial. Es una forma de aproximarse al tema sin agotarlo.
En mi opinión, los hombres que ejercen la violencia en la relación conyugal, representan la caricatura de los valores culturales acerca de lo que debe ser un varón y sobre todo de los mitos culturales de la masculinidad y aunque no lo mencionen, están sosteniendo formas de relación que tienden al control de dominación de quienes consideran inferior. Esta concepción sexista que encontramos en la mayoría de los hombres golpeadores es difícil de modificar, porque aunque en las constituciones del mundo esté escrito ” que los hombres y las mujeres somos iguales y que tenemos los mismos derechos” , debajo de esta oración están escritos con sangre del patriarca, creencias milenarias apoyadas por concepciones sexistas, que mantienen el orden inamovible.
Los hombres ejercen la violencia cuando perciben que su poder es amenazado, o sienten que han perdido el control de la situación. La violencia les proporciona, por lo menos, una vivencia temporaria del poder.
Si el poder se compartiera, pesaría menos. El amor de pareja se cultiva y se riega como una planta para que crezca. Se abona con la comunicación, el respeto, la solidaridad, la comprensión.
La violencia embrutece al que la utiliza, y causa daños irreparables en muchas ocasiones, a la que la recibe.
Denunciar la violencia familiar es un derecho de las mujeres, pedir ayuda para dejar de ser un ” hombre golpeador” es un derecho de los varones.
Acabar con el patriarcado, es una obligación de ambos.

Maribel Otero, nació en Toro, Zamora. Es Maestra, Técnico Superior en Ciencias Agrarias y Antropóloga social, especializada en conducta humana, culturas Indígenas, etnología e interculturalidad. Ha vivido trabajando activamente en distintos movimientos sociales, en Nicaragua Botswana y Bolivia. Ha trabajado como educadora para jóvenes en situación de riesgo, con poblaciones refugiadas. Es asesora en Genero, relaciones humanas con mujeres y sobre la violencia hacia las mujeres y resolución de conflictos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: