Entrevista a Anabella Loy y Daniel Vidart

enero 1, 2009

El libro “Cuerpo vestido, cuerpo desvestido. Antropología de la ropa interior femenina”, recientemente publicado, indaga sobre la historia de la lencería, sus vaivenes y su importancia a lo largo de la historia.Montevideo Portal dialogó con sus autores, Anabella Loy y Daniel Vidart, sobre cómo abordar el tema de la lencería con una mirada antropológica.
“Cuerpo vestido, cuerpo desvestido. Antropología de la ropa interior femenina”, escrito por Anabella Loy y Daniel Vidart, y publicado recientemente por Banda Oriental, indaga sobre los vaivenes de la ropa interior femenina a lo largo de la historia. Vidart explica que, antes de la propuesta de la editorial, poco y nada conocían sobre el tema, y que, en realidad, uno de los grandes méritos fue la “visión” de Alcides Abella, uno de los responsables del sello, a la hora de encargárselo. “Había un interés de parte de la editorial por el tema de la ropa, el vaivén de la ropa interior femenina a lo largo de la historia. Tiene que ver con el rol de la mujer en la sociedad, y con los cambios que la moda tuvo y tiene en Occidente”.
Loy agrega que el punto de partida de la vestimenta sirvió como “excusa para hablar de la situación de la mujer, que tapa y destapa, que cubre y descubre. Para entender el cuerpo de la mujer, su significado y su importancia”. El desafío, entonces, fue “reconstruir lo reconstruible”, para edificar un nuevo conocimiento. La autora apunta que existieron, como punto de partida, dos ejes o pilares, “el cuerpo como urdimbre, como base, y la ropa interior como trama. Alrededor de eso hay una enorme cantidad de significados y significantes que se relacionan con el rol de la mujer”. Esa variedad de significados, en el mundo occidental, es cambiante, entre otras cosas, porque “en el mundo del consumo, la actualización de la ropa interior, para estar de acuerdo con las imposiciones de la moda, cuesta, a veces, mucho dinero”. Además, para Vidart, hay que establecer una diferenciación entre “la ropa interior, de uso diario, y la lencería, para ocasiones ‘especiales’”.

Tomando la sexualidad como un “mandato de la sociedad contemporánea”, los autores ahondan en tópicos como el pudor, el deseo y la seducción, y Vidart recuerda que, uno de los distintivos de la especie humana, es que es la mujer quien seduce, quien se prepara a tales efectos con intervenciones sobre su propio cuerpo. “El reino animal es al revés, y si no, basta con observar al faisán macho, por ejemplo, con esas hermosas plumas de colores, y la ‘faisana’, que es, apenas, una perdiz con la cola larga”. Con respecto al pudor, el antropólogo opina que es “un ave migratoria”, que va cambiando de acuerdo al paso del tiempo y las distancias geográficas. “En la Francia del siglo XVIII, la mujer no mostraba ni la punta de los pies, sí los senos, pero estaba prohibido exhibir los hombros, donde se concentraba el deseo masculino. Pensemos también en el Antiguo Egipto, donde lo más ‘excitante’ para los hombres era la cabeza calva de la mujer, y el pudor de las mujeres de la Amazonia, que se consideran vestidas con apenas un cinturón de fibras”.

En ese sentido, Loy señala que “lo que se cubre o se descubre se convierte en un fetiche. Algo muy similar sucede con los pies vendados de las japonesas, el pie que estaba cubierto. Fantaseaban con el pie desnudo de la mujer”, y apunta un recuerdo de sus abuelos, que contaban que “los muchachos esperaban cerca de la parada del tranvía, para mirarle los tobillos a las mujeres”, porque era casi lo único que se podía adivinar del cuerpo femenino a inicios del siglo XX.

La belleza también fue mutando, y lo que aquí y ahora definimos como bello, allí y antes no lo fue. Con el correr de los siglos, la mujer occidental se fue apretando la cintura, adelgazando, hasta llegar al ideal femenino que deambula las pasarelas. No mucho tiempo atrás, la delgadez era síntoma de enfermedad y ‘melancolía’. Loy rememora las palabras de su abuela, que decía que había que estar siempre ‘gordita’, y que en esa sintonía opinaban las personas de su tiempo. Vidart agrega que, en sus años de mozo, el refrán “donde hay gordura hay hermosura” era un patrón incuestionable.

La importancia de la frivolidad

Es notorio que el tema de la ropa interior femenina, desde una mirada profana y desprovista de rigor, puede parecer frívolo, y hasta superficial. Loy entiende las críticas, pero defiende el trabajo señalando que “para los antropólogos no hay temas frívolos, auque lo parezcan en la superficie, porque en todos los casos aparecen simbolismos que tienen que ver con la cultura”. Desde ese mismo lugar, aclara que “lo que se muestra y lo que no se deja mostrar” tiene una enorme validez e importancia para las ciencias sociales. De todas maneras, el libro está planteado en términos entendibles para el lector promedio. Vidart explica que se buscó un tono ‘amable’, pero “sin caer en la ordinariez; algo no académico, pero con datos de la academia”, y Loy añade que “si quedó ameno es un fenómeno o un resultado positivo al que no apuntamos específicamente”.

Uno de los escollos a salvar a partir de la génesis de la investigación fue la falta de bibliografía sobre el tema. “Existen varias historias del traje, en general muy eurocéntricas, prácticamente sin datos sobre “otros mundos”. No nos sirve un libro completo, en general, nunca”, señala Loy. Los conocimientos desde el lado de la historia del arte, y de la observación de obras artísticas fueron aportados por Vidart.

Ambos están de acuerdo en que este libro tiene un carácter fundacional en la materia, pero no necesariamente sienten el peso de la responsabilidad que puede conllevar una obra de este tipo. “Como intelectual, abro puertas”, dice Loy; “me encantaría que, a partir de esto, otra gente se enganche con intereses parecidos a estos, y sigan trabajando, que algún día nos digan que comenzaron con nuestro trabajo y a partir de eso pudieron hacer algo mejor”. El interés como antropólogos, señalan, no es que los entronicen como ‘los únicos’. “Si somos los primeros está bien, pero ojalá haya otra gente que siga adelante, y que esto abra puertas en vez de cerrarlas”.

Falta antropología

La religión es, sin dudas, uno de los factores culturales más importantes de la Humanidad. El pudor y la vergüenza son sus hijos. El trabajo de los autores, como antropólogos, analizó lo que Loy define como “las repercusiones de la religión en la vida cotidiana, porque si se quedaran en la teoría y sus contradicciones, no sería tan terrible, pero eso ha tenido consecuencias sobre el rol de la mujer, hoy. Todavía hay hombres que sienten que pueden golpear a la mujer impunemente, hay que rastrear eso y tratar de entender”.

Ambos investigadores, desde ópticas distintas y antes de este trabajo, estudiaron la conformación de la nacionalidad, sin intenciones generalizadoras. Loy ahondó en las corrientes migratorias que llegaron al Uruguay sobre principios del siglo XX, y Vidart publicó varios trabajos referidos a los charrúas, antiguos ocupantes de estas tierras. “Rastrear y tratar de entender”, decía Loy, las causas del menosprecio a lo femenino, sí, pero también de la violencia instalada en la sociedad en los últimos años. Pregunto si esa violencia no es herencia del conquistador europeo que arrasó el Nuevo Mundo, o del espíritu levantisco de los aborígenes que lo habitaban. Para Loy, la simplificación no es correcta; “hay que ver cuáles son las condiciones del aquí y el ahora. No acusar a nuestros ancestros ni hacerlos cargo de nuestros propios conflictos. No agregan ni quitan nada a la posibilidad de entender lo que realmente está pasando hoy”.

Esa violencia es “como la punta del iceberg, y que hay ocho novenos por debajo de realidad social que no vemos, y que habría que estudiar para poder prevenir”. Vidart agrega que el sistema de control está dañado porque se alteró, “no sólo de palabra, sino de hecho, el contrato social”. “¿Qué hacer?”, enfatiza Loy. “Reprimimos más, reprimimos menos, hace bien o mal la ministra, nos sentamos a criticar a los medios; la ciencia social tiene mucho para decir, todavía.”

Sin embargo, la antropología, en el Uruguay, “no paga”. Un joven investigador no puede emprender un trabajo por sus propios medios, y no hay mecanismos de financiación. Emprender una investigación como la efectuada para este libro, es, en opinión de Loy, “un lujo que no todos nos podemos dar”. Por otro lado, desde la sociedad hay un enorme desconocimiento sobre la utilidad de la Antropología. “La confunden con la arqueología”, bromea Vidart, y sin embargo, esta Ciencia otorga, en opinión de Loy, “las llaves que permiten explicar los fenómenos que se ven. Hay un montón de cosas que se pueden volcar a la sociedad, siempre y cuando hubiera voluntad política”. Para Vidart no es tan sencillo, ya que “los técnicos a veces son escuchados, pero luego viene un acomodo político y lo que dijo el técnico quedó en el aire. Pasa en todas partes del mundo”, apunta.

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