La arqueología submarina, al rescate de historias sumergidas

julio 9, 2008

Telam.- Por María Alicia Alvado

El mar, las torrentosas aguas de un río, el tranquilo estanque que conforman lagos y lagunas pueden representar cosas diferentes según la perspectiva de la que se los mire: desde paisaje idílico que llama a la contemplación, a la eficaz vía de comunicación por el que se desplazan tanto canoas como trasatlánticos. Desde inagotable fuente de recursos naturales a escenario de las batallas navales más recordadas de la historia.

Pero hay una especialidad de la ciencia para la cual los cursos de agua son, sobre todo, fuente de innumerables y fascinantes historias sumergidas que, convenientemente rescatadas, nos pueden decir muchas cosas acerca de nosotros, los hombres, y nuestra forma de ser a través del tiempo.

Se trata de la Arqueología Subacuática, una rama relativamente nueva de la Arqueología que estudia el pasado humano a partir de restos materiales que tienen la particularidad de estar sepultados bajo las aguas. Así, los naufragios y las ciudades hundidas son el principal –aunque no el único- terreno de investigación de esta disciplina que tiene presencia en Argentina desde mediados de los ‘90.

Consolidada a partir de los años 50 con el perfeccionamiento, por parte de Jacques Cousteau, del equipo de buceo autónomo (scuba), la arqueología subacuática representa algunos obstáculos adicionales en relación a la “tradicional” o terrestre, pero también importantes ventajas.

“Bajo el agua, el trabajo es mucho más lento porque el arqueólogo-buzo no puede trabajar 12 horas ininterrumpidamente como puede hacerlo en tierra. Como máximo, puede sumergirse 1 ó 2 veces al día, unos 40 minutos a una hora cada vez. Además, hacen falta equipos y adiestramiento especiales así como medidas adicionales de seguridad”, explicó la arqueóloga Mónica Valentini, coordinadora del Área de Arqueología Subacuática de la Escuela de Antropología de la Universidad Nacional de Rosario.

Como contracara, hay materiales, como la madera o ciertos tipos de pintura, que en el agua se conservan mucho mejor que en superficie, por la acción combinada del frío y la ausencia de ciertos microorganismos.

Quizás el hallazgo arqueológico más famoso realizado en alta mar y el que dio nuevo impulso a la actividad, fue el del Titanic, localizado en 1985 en aguas internacionales del Atlántico, a 73 años de su frustrado viaje inaugural.

“El caso tiene muchas implicancias. Dentro de lo positivo, mostró que con los recursos de robótica remota se puede hacer unos trabajos muy delicados a profundidades que exceden en miles de metros la tolerancia de las personas. Como aspecto negativo, creo que contribuyó a crear el mito de que la arqueología subacuática es sólo la de grandes profundidades, cuando lo más común es que los naufragios se produzcan en las costas”, sostuvo la arqueóloga Dolores Elkin, quien es investigadora del Conicet y dirige el Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL).

La mayoría de los barcos naufragados que están siendo estudiados por los arqueólogos, permanecerán para siempre en su cementerio marino por los costos excesivos que representa su puesta a flote y el mantenimiento posterior.

Las dos excepciones más importantes lo constituyen el barco de guerra inglés del siglo XVI “Mary Rose” (la parte derecha de su casco se exhibe en Portsmouth) y el buque sueco del siglo XVII “Vasa”, nave favorita del rey Enrique VIII que se conserva con más del 95 por ciento de su estructura original en Estocolmo.

Y así como el desarrollo científico tecnológico puede ser considerado el mejor amigo de la arqueología subacuática, esta disciplina tiene también un enemigo declarado: los cazadores de tesoros o saqueadores de sitios arqueológicos sumergidos.

“Los peores perjudicados con estas prácticas somos el común de la gente, a quienes nos quitan un patrimonio que nos pertenece. Cada barco ‘rescatado’ por buscadores de tesoro no es otra cosa que una pérdida porque ellos irán detrás de aquello que puedan extraer y vender en detrimento de todo aquello que no pueda ser vendido. En cambio, para un auténtico científico todo tiene valor” y se estudia en asociación con el resto del sitio arqueológico, explicó Elkin.

La acción perniciosa de los cazadores de tesoros se está empezando a combatir a nivel mundial con la adopción de una legislación protectora por parte de los diferentes países, que tiene su base en la Convención de la ONU para la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático que 22 países –entre ellos Argentina- suscribieron el 2 de noviembre de 2001.

En Argentina, los primeros equipos de investigación se conformaron hacia mediados de la década del ’90 y el potencial muy grande si se tiene en cuenta la enorme gravitación de nuestras costas y puertos desde tiempos de la conquista. De hecho, la base de datos que el INAPL está construyendo, ya tiene registrados más de 1600 naufragios cuando aún queda mucha información por relevar.

“En Argentina recién estamos empezando y hay infinidad de lugares que son potenciales sitios arqueológicos”, remató Valentini

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