“El hogar puede ser un elemento opresor para los dependientes”

junio 22, 2007

En las culturas occidentales el cuidado de las personas dependientes se ha limitado al núcleo familiar y al espacio del hogar. La tradición y los valores de la sociedad han situado a la mujer en el centro de esta relación con las limitaciones de desarrollo personal que eso ha supuesto para el colectivo femenino. Con esta afirmación la catedrática de Antropología Social de la UPV, Teresa del Valle, comenzó ayer su participación en el curso “El cuidado, una necesidad social ¿reconocida?” que estos días se está celebrando en el Palacio Miramar de San Sebastián dentro del programa estival de la universidad vasca.
La influencia de la religión católica en la formación de los valores culturales es innegable. De ella observamos mandatos de género de los que es difícil escapar. Así el rol que desempeñan los hombres y mujeres dentro del grupo familiar queda claramente definido al igual que la relación de la propia familia con su entorno social. La mujer es el elemento cohesionador y está “adornada” con virtudes como la humildad y la aceptación del sufrimiento ajeno como parte de su propia realización personal.

Si es evidente que el concepto de familia ha experimentado grandes cambios en su composición y en su forma de relacionarse tanto a nivel privado como social, la obligatoriedad del cuidado que recae en el seno familiar está demandando una adaptación al nuevo entorno.

La sociedad tiene que hacer una reflexión sobre las nuevas necesidades en el ámbito del cuidado de las personas dependientes. La realidad se está imponiendo poco a poco en las vivencias cotidianas, son precisamente estas realidades las que están transgrediendo los valores sociales y los van adaptando. Hasta hace poco no hacerse cargo de una persona mayor y llevarla a un asilo estaba muy mal visto. Cada vez se ve más normal que una persona con necesidades de cuidado sea trasladada a centros donde pasan el día o algunas temporadas.

Este cambio de espacio que se ha visto como un elemento perturbador para las personas mayores se está comprobando que no es tan contraproducente como se pensaba sino, por el contrario, contribuye a que construyan nuevas relaciones sociales. Observando cómo se organizan en las residencias de ancianos se aprecia que construyen microsociedades y participan en ellas, prefiriendo los lugares comunes a la intimidad de sus habitaciones.

Este nuevo espacio se convierte en un lugar de encuentros y de experiencias que se incorporan a la memoria, al igual que otras experiencias anteriores. Es entonces cuando el paso por la residencia o el ingreso en el asilo se acepta como un cambio más en el transcurso de la propia experiencia vital, como pudo ser adaptarse a un nuevo lugar o situación personal.

Pero todavía queda mucho por hacer y es una labor que implica a todos los agentes sociales desde la propia persona dependiente hasta los gobiernos y los medios de comunicación. La idealización del cuidado en el seno de la familia tiene que dejar paso a otra forma de pensar, “el hogar puede ser un referente de los buenos tiempos pero también de un elemento opresor, siendo liberador el ingreso en centro especializado”

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