Los “no-lugares”: una criatura etnocéntrica

mayo 18, 2007

Revista Ñ  (Argentina)

Alejandro Grimson

Alejandro Grimson y Pablo Seman (IDAES, Universidad de San Martín)

La visita de Marc Augé trajo a escena, en facultades y en la prensa, un concepto propuesto en 1992 en su libro Los no-lugares. Allí Augé sugería que una de las características de nuestra época es la producción incesante de “no-lugares”: autopistas, aeropuertos, shoppings. Mientras los lugares –viejas rutas, mercados y ferias- se caracterizan por tener historia, identidad y asentarse en relaciones, los no-lugares serían series idénticas, reproducidas modularmente en cualquier lugar del mundo, sin raíces que lo vinculen a su territorialidad. En Buenos Aires, Augé agregó que hoy los hogares se están convirtiendo en “no-lugares” por la TV y las tecnologías de comunicación.

Compartimos la voluntad de Augé por proyectar la antropología hacia lo que denominó “mundos contemporáneos” y realizar una crítica política de nuestra cultura. Sin embargo, la crítica no puede basarse en una visión etnocéntrica, que no considera las transformaciones culturales y las perspectivas de los participantes de esos escenarios. A través de los aeropuertos, buscaremos explicar por qué el concepto de “no-lugar” es fuertemente etnocéntrico. Los aeropuertos son vividos y usados por millones de personas de enorme diversidad de lenguas, orígenes, posiciones y trayectorias sociales. ¿Para quién son espacios no relacionales? No para sus trabajadores, que construyen relaciones equivalentes a cualquier otro lugar de trabajo. Los aeropuertos no sólo son ámbitos con trabajo histórico, sino de valor estratégico: un conflicto con los “proletariados de la aviación” tiene tantas consecuencias disruptivas como con el sector metalmecánico.

Tampoco los aeropuertos son no lugares para los viajeros. La fugacidad del pasaje no puede opacar la enorme cantidad de episodios de interacción y las formas en que se los aborda: negociando, imponiendo, padeciendo interpretaciones de los otros y propias. En los aeropuertos hay conflictos en que los actores movilizan estrategias, símbolos y capitales acerca del valor de pasaportes, de la calificación de las excusas, de la forma en que se actúa la “portación” de un fenotipo, de la forma en que se interpreta un cargamento. ¿Podía sentir el arribo a un no lugar un argentino que retronaba por Ezeiza en 1983 después del exilio? ¿O alguien que vuelve hoy, después de haber migrado por razones laborales? ¿Puede alguien creer que llegar al aeropuerto de Beijin, Puerto Príncipe o Londres es llegar a un espacio sin identidad? El aeropuerto puede ser un límite con lo exótico o el espacio del regreso a casa. Lo fugaz del pasaje por el aeropuerto se compensa con lo extraño, lo intenso de la zona de liminalidad.

La diferencias, también, son de poder. ¿Qué latinoamericano aceptaría que arribar a un aeropuerto de Estados Unidos es llegar a un no lugar? Es lo contrario, un espacio de omnipotencia, la condensación de historias de desigualdad. Un aeropuerto es tan estructurante como cualquier puesto de frontera. Si todo esto todavía no ha sido recuperado como material antropológico es tal vez porque la noción de “no lugar” define ese espacio como “no antropológico”, tal vez porque la multiplicidad de puntos de vista en los “no lugares” queda arrasada en esa clausura interpretativa. ¿Por qué un campo de concentración, una cárcel o un manicomio serían lugares y los supermercados, las autopistas o los aeropuertos no? Los lugares que menciona Augé son antiguos, agradables y significativos, en oposición a los no lugares: nuevos, gélidos, anónimos. Espacios sociales tremebundos existen hace siglos. La dicotomía que se desliza entre lo nuevo y lo desagradable, con lo antiguo y lo agradable, es fruto de una sensibilidad peculiar.

Si la antropología pudiera sintetizarse en un postulado, sería evitar la interpretación de cualquier fenómeno social y cultural a partir de categorías de pensamiento de otra cultura y sin tomar en cuenta las categorías de los participantes de escenario estudiado. Cuando surgió el ferrocarril alguien puede haber pensado que todas las estaciones de tren son iguales, lo cual es cierto (tienen vías, andenes, boleterías) pero hoy las viejas estaciones nos parecen lugares que narran una historia, densas en relaciones y fuertes identidades. Si mañana los aviones fueran sustituidos por otro medio y los aeropuertos, abandonados o convertidos en museos, sus características de lugar serían evidentes.

El antropólogo debe dejarse interpelar por los sujetos que estudia. Escribir sus observaciones hasta que la densidad de las mismas restituya algo más que su prejuicio y pueda rasgar sus teorías previas. La experiencia antropológica no está adquirida de una vez y para siempre. Debe constituirse ante cada diferencia. Si no, la antropología traduciría el sentido común al lenguaje de un encuentro con un otro. La  antropología seguiría siendo, como en sus orígenes, eurocéntrica, y continuaríamos creyendo en el supuesto “salvajismo” de las sociedades indígenas. Cuando Augé afirma que en América latina hay hogares populares de migrantes, indígenas y campesinos que miran la TV sin comprender sus palabras, desconoce las vidas y puntos de vista de esos grupos y se aproxima demasiado a aquella vieja antropología.

 

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