Polémica: “Los antropólogos, dueños de la cultura”

abril 6, 2007

Letras libres
Gabriel Zaid (poeta y ensayista mexicano)

Los administradores del imperio británico no estudiaban administración, sino griego. Lo dice Ortega y Gasset en Una interpretación de la historia universal, y lo confirma Leonard Woolf, que estuvo siete años en el gobierno de Ceylán, antes de casarse con Virginia Stephen: “No hacíamos otra cosa” que estudiar a los clásicos. P.N. Furbank explica que la educación de Woolf “estuvo centrada en los clásicos griegos y latinos; indispensables, como todos estaban de acuerdo, para un joven que aspira a gobernar en las colonias, o hacer cualquier otra cosa en el servicio público” (The New York Review of Books, 21 XII 06).

Así empezó también la antropología universitaria: por el estudio de las lenguas, textos, objetos y monumentos de la Antigüedad griega y romana. Leyendo a Heródoto y Esquilo, estudiando símbolos y mitos, analizando el derecho romano, Johann Jacob Bachofen vio rasgos contradictorios con las instituciones patriarcales de Grecia y Roma; los interpretó como vestigios de un derecho anterior, y postuló el matriarcado como una etapa previa de la humanidad.

Las lecturas interpretativas se extendieron a los testimonios de los primeros “antropólogos” de campo: los misioneros, navegantes, militares, comerciantes y otros viajeros; así como a los archivos de la administración imperial. De ahí salieron los libros de James Frazer, un filólogo clásico que leyó inmensamente y viajó poco. Finalmente, los antropólogos viajaron para estudiar en vivo a las comunidades étnicas. El imperio apoyaba el estudio de las lenguas y culturas indígenas como algo útil para administrar las colonias.

Bachofen (1815-1887) publicó El matriarcado.Una investigación sobre la ginecocracia en el mundo antiguo, según su naturaleza religiosa y jurídica, en 1861. Fue leído y celebrado por Lewis H. Morgan (1818-1881), cuyo libro La sociedad antigua. Investigaciones sobre el progreso humano desde el salvajismo y a través de la barbarie hasta la civilización (1877) fue leído y celebrado por Marx y Engels. En 1884, Engels (1820-1895) publicó El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, aprovechando la tesis de Morgan.

Frazer (1854-1941) publicó la primera versión de La rama dorada. Un estudio de la magia y la religión en 1890, que amplió en ediciones sucesivas porque resultó un bestseller. Hay que tomar en cuenta que, en 1900, el número total de estudiantes universitarios en Inglaterra andaba por los 20,000; que sólo el 2% de los miembros del Royal Anthropological Institute eran antropólogos universitarios (como Frazer, que se pasó la vida en el Trinity College); y que éstos, como los otros, escribían para el lector culto, no sólo para los colegas (Henrika Kuklik, The social history of British anthropology, 1885-1945). De igual manera, tanto Bachofen, que fue profesor (de derecho romano en Basilea), como Morgan, Marx y Engels, que no lo fueron, publicaban para el público.

Émile Durkheim (1858-1917) y su sobrino Marcel Mauss (1872-1950) publicaron Algunas formas primitivas de clasificación en 1902; y Mauss, Ensayo sobre el don en 1924. Estaban adscritos (universitariamente) a la sociología. Por entonces, no había ninguna cátedra antropológica en las universidades francesas, según Claude Lévi-Strauss (De près et de loin, conversaciones con Didier Eribon); aunque, según James Urry (Alan Bernard y Jonathan Spencer, Encyclopedia of social and cultural anthropology), la primera asociación de antropólogos fue francesa: la Société des Observateurs de l’Homme, fundada en 1799.

La antropología como disciplina universitaria distinta de la filología, de la historia natural, de la arqueología, de la historia, de la filosofía de la historia, del folclor, de la sociología, se fue constituyendo desde mediados del siglo XIX. Tuvo su apogeo hacia 1970, cuando Lévi-Strauss alcanzó una celebridad mundial que nunca había tenido un antropólogo. La especialidad se extendió por muchas universidades del planeta. La American Anthropological Association (www.aaanet.org) dice tener 11,500 miembros de 100 países. Son antropólogos de escritorio, más que de campo.

Hubo un problema malthusiano. Los antropólogos se multiplicaban, pero las etnias intocadas por la cultura occidental empezaron a escasear. La oportunidad de “ver a los otros como son, cuando sólo Dios los ve” fue desapareciendo. Los imperios abandonaron sus colonias. La boga del marxismo llevó a “desenmascarar los escritos antropológicos como la continuación del imperialismo por otros medios”. El turismo masivo devaluó la proeza de Haber Estado Ahí: se redujo a “una experiencia de postal turística”. Ahora los antropólogos “escriben sus relatos con los atriles, las bibliotecas, las pizarras y los seminarios que tienen a su alrededor”. Estar Aquí, “como universitario entre universitarios, es lo que hace que la antropología se lea… se publique, se reseñe, se cite, se enseñe”. (Clifford Geertz, El antropólogo como autor.)

Las tribus tradicionales, despojadas de sus antiguos territorios por las tribus modernas (cuando no obligadas a quedarse para servir), acabaron arrinconadas en lugares de difícil acceso, donde, al menos, podían subsistir y conservar su identidad. Los antropólogos llamaron zonas de refugio a estos lugares. Hasta allá viajaban, para hacer estudios de campo. Pero acabaron en sus propias zonas de refugio: las universidades, donde, al menos, pueden subsistir y defender su identidad, haciendo estudios de campus.

Según The Perseus Digital Library, que tiene una gran colección de clásicos en línea (www.perseus.tufts.edu), anthrôpologos aparece una sola vez en todo el corpus griego que almacena. Es en la Ética nicomaquea IV, 3, 1125a5. Caracterizando al magnánimo, Aristóteles dice que no es chismoso (anthrôpologos). H. Rackham traduce: “He is no gossip.” Pero, según el Oxford English Dictionary, Filón de Alejandría (que no está en Perseus) usó anthropologé para decir lo que hoy llamamos antropomorfismo.

Con este mismo significado, aparece anthropologia en el latín del siglo XVI, anthropologie en el francés del XVII, anthropology en el inglés del XVIII y anthropología en el español del XVIII: “como cuando se atribuye a Dios trono, brazos, alegría, tristeza” (Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española, 1726). Según Le Robert dictionnaire historique de la langue française, la palabra anthropologie tuvo significados previos en francés: “repertorio de hombres ilustres” (1507), “ciencia que estudia el alma (psicología) y el cuerpo (anatomía) del hombre” (1690), “estudio científico de los caracteres biológicos del ser humano” (principios del siglo XIX) y ciencia de lo humano, especialmente “en el dominio sociocultural” (hacia 1930, calcado del inglés). En inglés, hubo significados previos parecidos; pero, extrañamente, el OED omite la aparición histórica del actual, que presenta como si “The science of man, or of mankind, in the widest sense” ya estuviera implícito en los significados previos. El uso actual (ciencia de lo humano) fue anticipado por ethnologie (1787) y ethnographie (1819) en francés, ethnography (1834) y ethnology (1842) en inglés, que hoy se entienden como parte de la antropología.

La etnografía es descriptiva, hace inventarios de los rasgos de cada comunidad que estudia. La etnología pretende ir más allá del inventario, hacer teorías que conecten los rasgos observados. Kant llamó Anthropologie a un curso que empezó a dar en 1772, publicado en 1797 y pronto reeditado (1800), por su amenidad. Pretende ser “un conocimiento del hombre como ciudadano del mundo”, y se ocupa de los rasgos de los cuatro caracteres, los dos sexos y varios pueblos (alemanes, franceses, ingleses, italianos); así como de la imaginación, la memoria, el gusto, las manías, las pasiones, etcétera.

Los antropólogos han hecho de la cultura su especialidad; y promueven el criterio de que todo es cultura, lo cual amplía sus dominios. Según el portal de la AAA, “Nada de lo humano es ajeno a la antropología”. Hay disciplinas afines, pero “únicamente la antropología trata de comprender el panorama completo de la existencia humana en el espacio geográfico y el tiempo”, “desde sus comienzos, hace millones de años, hasta hoy”. “Actualmente, la mitad de los doctores en antropología trabajan profesionalmente fuera de las universidades”, y lo que pueden hacer en diversas ocupaciones dentro de la economía global parece no tener límite. Lo confirma Clifford Geertz (entrevistado en JAC 11.2, disponible en línea): “El número de cosas que se hacen bajo el nombre de antropología es infinito.”

Los antropólogos se habían sentido dueños de una sola cultura: la que estudiaban. Lo dice Malinowski, el día en que llega a vivir con los tobriandeses, y empieza a fotografiarlos: “Fotos. Emoción de propietario: Soy yo el que los va a describir, el que los va a crear.” (A diary in the strict sense of the term, citado por Clifford y verificable en Amazon, Search Inside: ownership). Pero superaron esa limitación. Ya no se sienten dueños de tal o cual cultura, sino de la cultura. Los artistas, escritores, historiadores, filósofos, sociólogos, lingüistas, ¿qué saben de la cultura? Nada. No es su especialidad.

Alfred L. Kroeber y Clyde Kluckhohn hicieron un esfuerzo notable por definir técnicamente la cultura. En Culture. A critical review of concepts and definitions (1952), compilaron y discutieron 164 definiciones publicadas desde 1871. Presentan una tabulación significativa. De 1931 a 1940, las definiciones incluían de uno a cinco criterios (sobre todo tres); pero, de 1941 a 1950, llegaron a incluir hasta seis criterios (sobre todo cuatro); como si la precisión fuera difícil, y consistiera en acumular criterios. Esta vaguedad ya estaba en la definición de 1871: Cultura o civilización “es ese todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, leyes, moral, costumbres y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad” (E.B. Tylor, Primitive culture). Los criterios son tan variados que Kroeber y Kluckhohn tratan de reducirlos a una docena, por ejemplo: grupo, tradición, totalidad, conducta, trasmisión no genética, valores, estilo. Además, clasifican las definiciones por su énfasis: descriptivo, histórico, psicológico, estructural, genético. Pero la conclusión es aplastante: “tenemos muchas definiciones, pero poca teoría”. Esto, a pesar de que el libro empieza declarando: “la idea de cultura, en su sentido técnico antropológico” tiene una “importancia explicatoria y una generalidad de aplicación comparable a categorías tales como la gravedad en física, la enfermedad en medicina, la evolución en biología”.

Medio siglo después, la enciclopedia de Barnard y Spencer ni lo intenta: Mucha tinta ha corrido buscando una definición de cultura capaz de aclarar eso que estudiamos los antropólogos. Aquí no lo intentaremos, “a pesar de nuestros mejores esfuerzos por establecer linderos en torno a lo que vemos como nuestra propiedad intelectual”.

Adam Kuper (Culture. The anthropologists’ account, 1999) va más lejos: Lo aconsejable es que los antropólogos ya no hablemos de cultura, sino “más precisamente de conocimientos, o creencias, o arte, o tecnología, o tradición”, según el caso. El problema de fondo es epistemológico y se produce cuando “la cultura deja de ser algo que debe ser descrito, interpretado, quizá hasta explicado, y pasa a ser tratado como la fuente misma de la explicación”. No se puede “suponer que la cultura se explica en sus propios términos”.

Si todo es cultura, ¿dónde queda lo otro que permite situarla científicamente y distinguirla de lo que no es cultura? La cultura se vuelve un absoluto, científicamente inexplicable e inexplicante. O se vuelve un corpus sólo inteligible en circularidades hermenéuticas, como las obras de arte y la literatura. Pero esto desfonda las pretensiones científicas de la antropología. No queda más propiedad intelectual que la autoral: la que tiene el antropólogo como cualquier autor. Su heredad es el ensayismo.

El boom de la antropología como ciencia de la cultura resultó un boomerang para sus ambiciones. Si nada de lo humano le es ajeno, si todo puede ser leído antropológicamente, todos pueden hacerlo. Lo dice literalmente el portal de AAA: “En cierto sentido, todos hacemos antropología.” En 1950, Hortense Powdermaker publicó Hollywood: el mundo del cine visto por una antropóloga. La primera respuesta vino de la sociología británica: En 1964, se fundó el Centre for Contemporary Cultural Studies en la Universidad de Birmingham, dedicado al estudio de los medios, la cultura popular, las subculturas, con un sesgo militante inspirado en la Nueva Izquierda. El entusiasmo se extendió por los Departments of English que adoptaron el “giro antropológico”, muy sumable a las posiciones filosóficas postmodernas, para leer los textos, no como literatura, sino como documentos, en los llamados cultural studies, muchos de los cuales son una parodia oscurantista del saber (véase la compilación de críticas recogidas por Daphne Patai y Will H. Corral en Theory’s empire: An anthology of dissent). Como si fuera poco, apareció el multiculturalismo.

La antropología siempre ha tenido algo de militancia misionera. Es la cultura superior que trata de salvar, ya sea convirtiendo a los indígenas, con el apoyo de las autoridades; o defendiéndolos de las autoridades; o tomándolos como ejemplo para la cultura superior: para criticarla o para que se supere; o negando la superioridad de cualquier cultura. Las posiciones van cambiando, pero no su invariante: el aire superior.

La cultura es insostenible como absoluto (no hay más cultura que la muestra) y también como relativismo negador de que hay formas mejores de ser. La pasión libertaria que escribió en un muro de París: “Prohibido prohibir” tenía razón, poética. La contradicción dice algo muy difícil de decir de otra manera, menos aún tan bien dicho; y lo dice poniendo en evidencia su propia contradicción. Pero la contradicción no puede ser fundamento científico. Curiosamente, gracias a los militantes de la antropología, la contracultura, los cultural studies y el multiculturalismo, ya no es correcto decir que algo es incorrecto.

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