Una análisis sobre la Semana Santa en El Salvador

abril 5, 2007

Diario Co Latino (El Salvador)

Ramón D. Rivas

Una de las áreas de estudio desde la antropología, es lo referente a los aspectos relacionados con temas festivos y en concreto ahora considero oportuno escribir sobre la Semana Santa. El contexto social actual en nuestro país, así como el propio desarrollo de la disciplina, me refiero a la antropología social, influye para reflexionar y analizar hechos sociales que muy bien pueden brindarnos pistas sobre las acciones e intereses individuales y colectivos en un momento determinado dentro de nuestra sociedad. Considero que la celebración de la Semana Santa o “Semana Mayor” en el calendario religioso católico es un momento donde los distintos significantes y significados culturales interactúan, definiendo claramente al grupo social que la protagoniza. A través de ella, la Semana Santa, se expresan sentimientos individuales y colectivos. En toda cultura, fiesta y tradición son difícilmente inseparables. La Semana Santa es, dentro de nuestra tradición católica, uno de los momentos más significativos donde se conjugan los actos festivos y las creencias religiosas. Se trata de una expresión cultural, un hecho pluridimensional y complejo. La polisemia pasional se basa en elementos históricos, religiosos, cristianos, teatrales, lúdicos, mágicos, estéticos, emocionales, creativos y hasta sincréticos. Desde una perspectiva sociocultural habría que considerar a la Semana Santa como un «acto total», en donde se reproduce la sociedad a partir de unos patrones preestablecidos, donde el elemento identitario que representa cada acto, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección (no hay que olvidar todo el período de cuaresma) y sus miembros reinventan la estructura social donde surge. Durkheim señalaba que la religión es una metáfora de la sociedad: »la religión es una realidad eminentemente social. Las representaciones religiosas son representaciones colectivas que expresan realidades colectivas; los ritos son maneras de obrar que nacen solamente en el seno de grupos reunidos, y que están destinados a suscitar, mantener o renovar ciertos estados mentales de esos grupos». El estudio de la fiesta como relación entre texto, pretexto religioso y manifestación social, en toda su magnitud, ha sido la forma clásica utilizada desde la antropología para acercarse a su compresión. Y es que el carácter mismo de la etnografía, como acercamiento holístico a la comprensión de la realidad cultural, o de la construcción cultural de la realidad, implica que el estudio de un hecho concreto, no se delimite a un campo específico sino que entre dentro de todo el complejo interpretativo de los aspectos sociales.  Los actos y rituales que se realizan durante toda la Semana Santa adquieren una importancia vital, un tiempo que no es el cotidiano, no se presenta todos los días, sino que es un tiempo sagrado, un tiempo fuera del tiempo común, y ocupa un espacio sacralizado. El ritual tiene una vertiente de reestructuración social y de socialización, como la expresión de pertenencia a un grupo, integración social, lucha por el poder social, prestigio social y político, entre otros. La Semana Santa pone en juego un complejo sistema de significados, cuyo sentido se escapa muchas veces a los espectadores y actores, o mejor sería decir, que cada uno de ellos analiza desde su propia perspectiva, y que la convierten en una expresión total de la sociedad que la celebra. La gente participa en forma masal en todos los actos religiosos y hasta lo hacen también aquellos que durante el año nunca se congregan en la iglesia. Todos quieren participar. El ritual ha sido motivo de estudio y reflexión clásico dentro de la antropología. Turner define el ritual como conducta formal y prescrita, relacionada con la creencia en seres o fuerzas míticas. Junto a posturas que se ciñen al aspecto religioso, tienen cabida otras concepciones en las que se relaciona esta conducta prescrita al estudio de ritos seculares. Las interpretaciones actuales sobre el tema conjugan las posturas clásicas con el sentido de comunicación simbólica que implica el ritual. Una definición actual de ritual es la que proporciona Claude Riviére y que conjuga lo sagrado con lo profano, según esto, el ritual sería: »un conjunto de actos repetitivos y codificados, frecuentemente solemnes, de orden verbal, gestual o postural con fuerte carga simbólica, fundados en la creencia en la fuerza actuante de seres o de potencias sagradas, con las cuales el ser humano trata de comunicar, con el propósito de obtener un efecto determinado”. La gente se organiza para cargar, la gente se organiza para hacer alfombras, es como que se nota un deseo latente en los que participan por cumplir, lavarse, purificarse haciendo esas acciones. Es como que el ser humano necesita un momento en el año para purificarse ante Dios y ante los hombres. Esto se ve en otras culturas. Nosotros no somos la excepción. Dentro del proceso comunicativo que implica el rito, sea sagrado o secular, aparecen dos elementos claves: la comunicación (con el mundo sobrenatural y con el entorno social y cultural, etc.,), y la influencia sobre el devenir de los acontecimientos que persigue el ritual. Los actores que participan dentro de este estado ritual, y también los espectadores, son conocedores de toda una serie de códigos comunicativos, no sólo verbales, que varían no obstante según la posición que ocupan dentro y fuera del ritual. La representación a la que se asiste está cargada de una significación simbólica, que no es aleatoria ni inocente, sino que conlleva en ella misma toda una intención y eficacia. El anonimato no existe en Semana Santa, todos quieren participar y ser vistos. Lo que se hace y se ve es patrimonio de los que lo vivimos. El ritual de la Semana Santa, podría ser considerado como capital simbólico, por lo que la rentabilidad de éste redunda en elementos de prestigio para aquellos que representan de alguna forma estas manifestaciones. Pero hay algo más: es importante lo que la gente piensa pero también es importante haber cumplido. Hay un sentimiento de haber hecho lo que se tenía que hacer. Aun se habla de penitencia, de contrición y de respeto. Junto a esto habría que tener en cuenta el cómo entender los rituales festivos dentro del proceso de creación de identidades. La Semana Santa significa en muchos lugares de El Salvador una activación de diversos nosotros colectivos; la gente se encuentra y se reencuentra, los actos vuelven a acercar a la familia, a la comunidad y es una oportunidad para hablar del ayer, del hoy y del futuro. La participación en las procesiones reafirma la identidad individual y grupal, independientemente del componente ideológico o político, por lo que no es de extrañar que ateos confesos y “mal portados durante el año” carguen un Cristo o una Virgen. La bús-queda de referentes históricos, con una construcción justificativa del pasado para adecuarla a las necesidades del presente, el entronque con una tradición noble y el simbolismo que apareja este hecho se puede poner en relación con la comunicación que se establece entre lo que la gente hace y dice no importando el discurso trilla-do del sacerdote. Lo que impera es la tradición que mueve al pueblo.
El paso del tiempo y el momento actual muestra como la tradición de lo religioso sigue presente entre los pobladores. La Semana Santa une la comunidad y fortifica la identidad y esto es vivificante, justo y necesario.

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