A propósito del caso Tejerina

noviembre 7, 2006

La Corte Suprema de Justicia revocó una sentencia que denegaba la excarcelación a la joven jujeña Romina Tejerina, condenada a prisión por el homicidio de su beba recién nacida. A pesar de no tener una vinculación directa con este caso, es pertinente reproducir a continuación un trabajo de la antropóloga Beatriz Kalinsky en el que se pone entre paréntesis la supuesta universalidad del sistema penal.

“No Matarás”: el delito en la diversidad cultural
Beatriz Kalinsky

I. Matar es un error  Para sostener esta apreciación, algunos apelamos a convicciones religiosas en tanto otros lo hacemos desde la sacralidad a secas[1] que en sí misma tiene la vida, y la certeza sobre la compasión y respeto de cualquier vida humana. Pero matar es un hecho de la vida. Y queremos enfrentarlo con herramientas conceptuales que nos den alguna luz acerca de su comprensión. 

Se suele decir que la ciencia social puede, y debe, hacer distinciones. Esos absolutos a los que se refiere nuestro epígrafe deben ser quebrados para mirar en ellos lo que hay de específico.Aquí intentamos hacerlo con el principio del “No Matarás”. El acto de  matar es una fractura de la vida.  Ya nunca podrá ser remediado, ni nadie que sobreviva será ya el mismo. La ofensa individual no podrá ser de alguna manera recompensada.En tanto, el Estado democráticamente organizado se hace cargo, como una tercera instancia imparcial, de decidir sobre si ha habido delito, sobre quién es el culpable y sobre la proporcionalidad del castigo[2]. Pero entre una instancia  -la privada-  y otra  -la estatal- queda un inmenso campo de conocimiento que ha de ser sometido a reflexión. Si la ley positiva nos considera a todos iguales al momento de ser juzgados, como único garante de no incurrir en arbitrariedades, eso no quiere decir que todos los que lleguemos a ella somos lo mismo. Es aquí donde reside nuestro interés. Especificar condiciones no querrá decir un trato desigual (privilegiado, excusable o agravado); especificar condiciones querrá decir que si la muerte rondará por nuestras palabras nunca será igual a sí misma. Eso es todo. 

II. La escena de un crimenUna casucha precaria, todo tierra y piedras. Y mucho viento, frío y nieve en la alta cordillera[3]. Los chicos juguetean con lo que tienen (piedras, palos, latas). la madre no hace más que amamantar a unos y otros, y rebuscarse para conseguir algo de comida. El invierno ha sido muy duro y han muerto muchos animales. La nieve llega a la altura de las puertas. El hombre está desocupado, con muy pocos animales y casi ya no hay conchabos en las estancias. El fuego siempre en el suelo, en el medio del lugar como queriendo dar aliento. 

Cuando se llega no hay nadie. De repente, empiezan a salir chicos de todas partes, pero el viento cortante hace que todo aparente irreal.Ese es el escenario común de la pobreza en la zona rural del sur de la Provincia del Neuquén. Pero lo que parece monótono  -cualquier casa da lo mismo para ver de cerca lo que suele nombrarse como “marginalidad”, “insatisfacción de necesidades básicas” y cosas por el estilo- esconde una infinidad de significados que no por ocultos dejan de estar. Es un espacio desolado y sin embargo, con resquicio para una esperanza insólita en ese aguardar sin tiempo y sin nombres. 

Hasta que la espera, en ocasiones, se transforma en violencia. La cuchillada, el rebencazo, y a veces el tiro son los instrumentos en que se expresa tamaña soledad. El vino barato y el cansancio que se produce por tantas ilusiones no premiadas son sus compañeros irrevocables.La pobreza pone nombre a una minoría desfavorecida, de origen mapuche, que en condiciones de franca desigualdad social y política (Bengoa 1985, Colantuono y colaboradores 1995, Favaro y colaboradores 1993.) intercambia sus términos con los llamados “criollos”, aquellos que tienen una ascendencia hispano-colonial. El delito caratulado como “homicidio” (Código Penal de la República Argentina 1995) tiene aquí este envoltorio: aislamiento, escasez de recursos materiales, abundancia de vino, entredichos no zanjados o envidia de vecinos por tener una mejor casa o mejores animales; cosas de todos los días que toman una dimensión extra-ordinaria en el transcurrir de una vida como ésta.No importa ya demasiado quién mata y quién es muerto: uno podría haber sido el otro y al revés (Kalinsky, Arrúe y colaboradores 1998). Todo se confunde en la ignominia de una vitalidad que no puede ser concretada y que entonces permanece descuidada, pero invencible, en el medio de las pasiones humanas. 

De repente, todo se volvió oscuro. No me reconocía a mí mismo. No parecía que fuera yo. No me recuerdo bien, creo que perdí el control. No supe que hacía, agarré el cuchillo y… no quería matarlo, sólo asustarlo, mostrarle que tenía fuerza, nada más… No sé lo que hice, no creí que estuviera muerto. Tenía que irme y él no me dejaba… no pude más… yo no soy peleador pero el finado era un tipo cuchillero, escondedor… ya me había volteado y no le dije nada…nos enojamos mucho… lo único que pensé en ese momento era en el cuchillo y fui a buscarlo… después prácticamente no supe nada más… luego pensé varias cosas, se me vino todo a la cabeza, pensamientos sobre que no hallaba qué hacer. 

Un borrón en la propia existencia que no cuaja en los proyectos ni en el pasado vivido en los entornos familiares y comunitarios. No es que la violencia sea ajena; es simplemente que al reconocerse uno mismo como ejecutor de una acción violatoria de la ley, y no pocas veces de los principios morales sostenidos durante toda una vida (“No Matarás), es imperativo iniciar un trabajo intelectual y emocional para dar una ubicación posible al  “hecho”, y así seguir viviendo. Este trayecto inédito, y que se espera irrepetible aunque nadie asegure nada, se inicia con la búsqueda de las razones que se tuvieron para matar.Cualquier razonamiento se hunde en el bagaje cultural que se lleva para desgracia o para felicidad. El origen de esa reconocida inconducta puede encontrarse en muchos lugares a la vez: debilidad, o maleficios, o daños, o brujería, o envidia o espíritus vengativos; una inmensidad de fuentes que reconoce distinta índole: indígena, criolla, religiosa (pentecostal, entre otras), blanca; también distintos pormenores que se van armando en una hilación que no obligatoriamente queda pegada a los mandamientos culturales (Friedman 1992, Guarnaccia y colaboradores 1992, Merry 1994 entre otros).  

Los diferentes sistemas de creencias de quien abreva en la pluralidad cultural se congregan en una situación única, cada uno jugando su propio papel (Kalinsky y Arrúe, 1996). Y, ya sea como excusa, admonición o complicidad hay una elección de las creencias que se sostendrán como forma de justificación ante uno y los demás del acto cometido. En eso consiste, justamente, lo que llamamos “diversidad cultural[4]“: las creencias, el conocimiento social o como se lo quiera mejor denominar son un conjunto inestable de respuestas no previstas por “la cultura” ante determinadas situaciones. Son construcciones sociales que no se mantienen aisladas de la dinámica cognoscitiva de los contextos globales.  

El sostenimiento de las creencias es vital, en los casos que estamos analizando, para consolidar un curso de vida que se ha quebrado con un delito gravísimo: conlleva procesos de evaluación crítica en las formas de interpretar, aceptar, usar o modificar para consolidar un cuerpo de creencias que será sostenido según tiempos y lugares.  Tratemos de no confundirla con una mera reacción oportunista ante una situación catastrófica. Encontrar y justificar convicciones que sustenten un hecho delictivo es tan sólo, y nada menos, que una de las formas en que se expresa lo que podríamos llamar “ventaja cognoscitiva” de la pluralidad cultural: la elección de las condiciones en que se quiere creer. Ello da flexibilidad a la adjudicación de causas, que podrán justificar sólo en la medida que brinden verosimilitud a  acciones que han ocurrido sin aviso previo, como es el caso del delito que aquí estamos caracterizando. Algo imprevisto pero que tiene un potente fondo histórico que ilumina sin piedad lo que se hace y lo que se deja de hacer.  

Irremediables, la historia y el destino político de quienes han sido dejados de lado en el progreso de la modernidad por proyectos de organización nacional poco sensibles a la diversidad sociocultural[5], se entremezclan en los lenguajes narrativos en el momento de dar cuenta de algo que se sabe se ha hecho mal. III. La escena jurídico-penalAsí que ustedes, los antropólogos, andan diciendo por ahí que para ellos [se refiere a los indios, los pobres, los marginados, los excluidos  -para el caso da lo mismo] el asesinato no es asesinato porque “ellos” (énfasis original) justifican todo por la cultura. En “su cultura” (recalcado en el tono de voz usado) no está mal matar a otro, por el simple hecho de que “su cultura” no lo prohibe. Eso a mí no me lo van a contar (Juez de una Cámara Penal de la Provincia del Neuquén, marzo de 1996).El homicidio es el mismo en cualquier lado. Alguien mata y otro es muerto. El ambiente será distinto, también las palabras dichas, la entonación de las voces o los motivos del conflicto, pero los sentimientos que quedan prisioneros de la escena de un crimen son casi siempre muy parecidos.  

El Derecho (Penal) es la expresión condensada de las reglas de convivencia que deben respetarse para permanecer legítimamente dentro de los resguardos que brinda un estado democrático. Es algo simple de entender y el Código Penal de la República Argentina lo ha resumido de forma ccontundente: 

Art. 34: No son punibles:1) El que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputable, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones /…/2) El que obrare violentado por fuerza física irresistible o amenazas de sufrir un mal grave e inminente.3) El que causare un mal por evitar otro mayor inminente a que ha sido extraño.4) El que obrare en cumplimiento de un deber o en legítimo ejercicio de su derecho, autoridad o cargo.5) El que obrare en virtud de la obediencia debida.6) El que obrare en defensa propia o de sus derechos, siempre que concurrieran las siguientes circunstancias:   a) agresión ilegítima;   b) necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla;   c) falta de provocación suficiente por parte del que se defiende /…/7) El que obrare en defensa de la persona o derechos del otro /…/ (Código Penal de la Nación. República Argentina. 1995) 

Quien es sujeto de derecho es, pues, cualquier individuo que sin estar sometido a las causas de inimputabilidad, ha violado uno de los valores prioritarios sobre el que está organizada una sociedad democrática, garante de los derechos individuales. Si no hay duda que hubo delito, entonces le era exigible otra conducta no reñida con las normas que protegen los derechos de todos nosotros: la vida, el honor, la propiedad, la administración pública, y así (Arslanian 1982, Fontán Balestra 1966, Hassemer 1982, Pavarini 1992, ésta última para una crítica).  El Derecho Penal argentino considera al homicidio como un tipo específico y cerrado cuyos contornos tienen agravantes o atenuantes y es castigado con ocho a veinticinco años de reclusión o prisión (art. 70 del Código Penal de la Nación). El Derecho Penal castiga la infracción a una norma por los efectos dañosos derivados de tal inconducta.  El autor del injusto es reprochable, como sujeto de derecho, en tanto no se motivó en la norma vigente (Hassemer 1982).Las causas de inimputabilidad están previstas en caso de que, entre otras cosas, la persona no sea “normal” pues, como se nos dijera en más de una oportunidad, se legisla para gente que está en sus cabales. El Derecho Penal resume las creencias del “hombre medio”. Pero, quién es él? Cualquiera de nosotros que encarna los valores que hacen posible la vida en sociedad. El contenido de esos valores es contingente. Es el “molde” lo que interesa para evaluar el perfil que se aviene o no a lo que se espera de él.Al “hombre medio” sólo le interesa conocer si hubo o no delito, y en caso de que lo hubiera, si se pudo o no comprender la criminalidad del hecho. Ahí empieza y termina el problema del delito y de los delincuentes. El infractor, sea quien sea y sin tener pertinencia legal aquello que pudiera haberlo impulsado a cometer el acto, debe ser castigado.

A la vez, la pena privativa de la libertad es la que mejor resume el interés general (Cohen 1993-1994 para una crítica).

IV. Creencias en colisiónEl principio jurídico de “igualdad ante la ley” garantiza que ante una misma situación todos seremos tratados igual, sin importar qué somos o de dónde venimos. Es la única forma de garantizar el derecho a la defensa en juicio, evitando la tan temida arbitrariedad judicial.  

Pero, es acaso la “creencia del hombre medio” una metáfora que expresa sólo los intereses de quienes han podido efectivamente formar parte de un ficticio “contrato social”? ¿Una universalización de lo que es crudamente sectorial? ¿Una ficción que da por descontado que las diferencias nunca se transforman en desigualdades? ¿Son acaso los bienes jurídicos protegidos por la ley sólo de aquéllos que están en el podio de un sistema social que usa la regla de exclusión para los que no se conjugan con él? Estas preguntas ya han sido suficientemente contestadas. Sin embargo, en el imaginario social persiste con una curiosa tenacidad histórica la necesidad de ajustarse a la regla, de serle fiel e inspirar en ella las conductas, más allá de consideraciones específicas de tiempo, lugares, circunstancias e historias (Cárcova 1993 y Carranza y colaboradores 1992 para una crítica). La idea de un resarcimiento, de un pago exigido a quien no ha hecho las cosas “correctamente” tiene un profundo arraigo social. El “malviviente”, el “peligroso delincuente”, el “asesino”, el “ladrón” deben ser objeto de castigos ejemplares para disuadir de cometer actos ofensivos a los valores apreciados por nuestra sociedad. El ofensor-ya-encarcelado no es un problema para la sociedad. Por el contrario, parece ser la mejor manera de poner fuera de circulación a quienes no son queridos para vivir dentro de las normas que debieran respetarse. 

Los detalles de la vida cotidiana, los climas vivenciales que entre las personas o en el vecindario pueden crear condiciones insufribles, y, sobre todo, las convicciones -de orden cultural, religioso, institucional o personal- que aguantan  el desencadenamiento de un hecho de violencia no pueden ser motivo de juzgamiento. Cuanto más, serán utilizadas para aminorar, o por el contrario, agravar el castigo. Pero al mismo tiempo, los detalles, los climas y las convicciones se hacen presentes, descarnadas y con rigor metódico, sin importarles el velo de la justicia. Se hace mucho esfuerzo por echarlas de los significados jurídico-penales, pero las creencias vuelven sin cesar, tocando a la puerta de fiscales, defensores y jueces. El choque de creencias se desencadena entre la inmensa diversidad de los sentidos de la vida y la muerte y la unicidad que la norma jurídica dicta para preservar la comunidad de intereses. 

Sólo desde afuera del Derecho Penal (positivo) podremos ponderar, desde otros puntos de vista, el concepto de “prohibición” pues la mirada penológica no puede descentrarse por sí misma. El máximo esfuerzo que desde ella puede hacerse es buscar factores de inimputabilidad, emoción violenta o condiciones extraordinarias de atenuación. Pero siempre permanece una idea unívoca delito que resguarda de posibles arbitrariedades. Entonces, ¿para qué sirve conocer otras formas de albergar el sentido de la vida y la muerte? ¿Por qué afanarse en los matices que van en distintas direcciones según sean los intereses en juego o el armazón circunstancial del mandamiento de la verdad?¿Acaso el valor de la vida humana es universal[6], inexcusable cuando se quebranta? ¿Es que la diversidad sociocultural mantiene un límite estricto de pertinencia, diciéndose a sí misma y a los otros, aquí termino yo, no me consideren cuando se trata del valor consentido de la vida. ¿Se trata, quizá, de un “segundo argumento” que rige sólo cuando un “primer argumento[7]” ya se da por tácito y se le respeta?  

Las respuestas a estas preguntas se escapan de nuestras manos. Sólo hemos alcanzado algunas certezas que están ahí y que esperan ser tenidas en cuenta. 

V.  El “No Matarás” es parte de la diversidad culturalEs la mezcla de creencias oriundas de los antepasados y recreadas, a semejanza o a diferencia (Friedman 1992, Keesing 1989), en el presente, las situaciones de una vida llevada en los términos de la escasez de recursos materiales pero en la multiplicidad de recursos narrativos, el ir y venir del campo a la ciudad con la necesidad humana de planear para el futuro quien debe ser entendida como “borde cultural”. Dependiendo de cada situación en particular es donde se legitima una norma del “No Matarás” que apenas disiente de un principio universal, libre de cláusulas condicionales.En ese preciso ambiente donde el principio del “No Matarás” -sin duda por todos sostenido como una convicción sin atenuantes- asume connotaciones que, para sorpresa de todos, admite diferencias. No sabemos dónde exactamente se originan, ni por qué inspiran acciones que contravienen la ley, y sobre todo, por qué ponen en jaque una moralidad que tiene su piedra de toque en el respeto por la vida.  Pero, cabe poca duda de que tienen un papel activo en la constitución de un principio del “No Matarás” que no puede considerarse autónomo. 

El “No Matarás” se intercala en las formas expresivas que se tienen al alcance, o que se engendran para justificar los avatares de una vida. Está inexcusablemente metido en las tramas de la vida pública y privada cotidianas y en el sufrimiento que ocasiona la arbitrariedad del nacimiento (Berlinguer 1995).  Se está allí y desde allí es solamente en que podrán encontrarse motivos válidos para resolver los problemas que hay que enfrentar. Es la intención de un delito ya cometido[8] la que queda incrustada en las formas en que se narrativiza una realidad que, en cierto sentido, no se ha elegido. No es cuestión, sólo, de un respeto crudo a principios universales o de la internalización de una norma que se prevé aceptada por todos; más bien, se refiere a los géneros narrativos con que se da sentido posible a los acontecimientos que pueden llegar a sucederse, quizá más allá de nuestras vocaciones. 

Dicho de otra forma, lo que aquí estamos llamando “borde intercultural”  muestra la imposibilidad de asumir, del todo, que este “No Matarás”  esté por encima e inspire, de hecho, todos los motivos y actos de alguien, independientemente de las bagatelas de la vida misma.No siendo el “No Matarás”  un discurso con pertinencia aislada de los ambientes en donde cree ser honrado, se inmiscuye en las formas de decir, comprender y hacer (géneros narrativos).  Como se sabe (Harrell 1991, Keesing ms., Kirmayer 1992 y 1993) en el transcurso de la vida de las personas, grupos y comunidades y, especialmente, en los vínculos que la arman, se apela a diferentes recursos simultáneos para dar significado a lo que nos ocurre.En forma simplificada, podríamos decir que el “No Matarás” se recompone de manera un tanto ubicua en dos formas narrativas que si bien coincidentes en algunos aspectos, se alejan entre sí en otros aspectos.  

Hay un “No Matarás”, estricto y sin resquicios, que se expresa en un lenguaje oficial -institucional, religioso, moral y legal. A la par, hay otro “no matarás” (en minúsculas) que se transcribe en un género narrativo no oficial y, por ende, libre de los dictámenes que universalizan lo especial que tiene cada situación por la que se pasa. En esta versión, que convive con la oficial, el “no matarás” pasa a ser un principio del cedazo intercultural, en condiciones sociopolíticas de marginalidad.  Todas estas cláusulas -históricas, sociales, políticas e institucionales- son pasadas por alto en los lenguajes oficiales para garantizar, como dijimos, la igualdad ante la ley. A la par, todas estas cláusulas siguen imponiendo su presencia cuando se trata de ponderar el concepto de “prohibición” en el conjunto de prioridades biográficas y comunitarias.


    [1]. O sea, no confesional.

    [2]. La definición dogmática del delito consta de tres elementos: acción típica, antijuridicidad y culpabilidad. El principio de culpabilidad tiene como misiones irrenunciables deslindar la posibilidad de imputación subjetiva, la exclusión de la responsabilidad por azar, la diferenciación y valoración de la participación interna en el suceso externo y la garantía de proporcionalidad de las consecuencias jurídico-penales  (Hassemer 1982).

Por suerte, no nos toca acá la pena de muerte que si bien insistentemente pedida por la opinión pública no existe como castigo en la Argentina.

    [3]. Se trata de la Cordillera de los Andes.

[4]. La idea prescriptiva de “cultura” está siendo dejada entre paréntesis en la teoría antropológica actual (Beidelman 1992, Ferguson ms., Friedman 1992 entre otros). “Cada cultura un mundo” es ahora un apotegma difícil de sostener. Las culturas no sólo no están aisladas sino que sus integrantes son deudores de distintos sistemas de conocimiento en donde priman ante todo los ambientes sociales y políticos.

[5]. Cronológicamente situados a mediados del siglo pasado.

[6]. Aunque, de hecho, no lo sea.

[7]. En este caso, el valor adjudicado a la vida humana.

[8]. O sea, sometido a procesamiento penal.


 

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2 comentarios to “A propósito del caso Tejerina”

  1. fernando Luis Boveda Says:

    En cuanto al comentario que se propone sobre el caso Tejerina quiero resaltar que esta joven en cierta manera ha sido rehen de lo que en mi condicion de abogado denomino “mamarrachos juridicos” dado que historicament el Codigo Penal contemplaba el delito de infanticidido con una pena minima que lo hacia excarcelable dado que para la ley cuando una mujer mataba a su hijo dentro de los primeros 45 dias despues del nacimiento la mujer se encuentra en un estado de alteracion emocional que en caso de cometer el delito que aqui estamos tratando se le aplicaba una pena atenuada, pero resulta que por la presion hecha por los grupos feministas en la cidad de Bs.As ese delito fue suprpimido bajo el fundamento que era un articulo “machista” y consecuentmente al ser abolido este articulo a los jueces no les quedo otra alternativa que encuadrar tecnicamente el crimen de la Tejerina en Homicidido agravado por el vinculo, ello a pesar de que en un charla el Maestro Zaffaroni les dijo “cuidado al querer suprimir este articulo no valla a sr cosa que mañana se les vuelva en conra” y efectivamente ello sucedio, de ahi que como abogado considere que lo que han hecho en este caso es un “mamarracho juridico”, al igual que propiciar la ley de aborto dado que si argentina es parte de la Convencion de los Derechos del Niño y se lo considera como tal al ser humano desde la concepcion en el seno materno hasta lo 18 años por otra parte es contradictorio autorizar su matanza en forma masiva e indiscriminada mas alla de que algo habra que hacer en materia de embarazos precoces o no deseados.-Sin mas y deseando que mi comentario tenga la utilidad de la reflexion desde la ciudad de S-S de Jujuy Provincia de Jujuy aprovecho para saludarle Atte.-

  2. norma Says:

    Te felicito fernando boveda por lo escrito un beso espero respuestas


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