Los rituales mortuorios en Euskal Herria

octubre 6, 2006

Artículo publicado en Euskonews & Media Nº 186
Antxon Aguirre Sorondo (miembro de la sección de Antropología de Eusko Ikaskuntza)

funer_031.jpg Para la festividad del uno de noviembre, día de Todos los Santos, me han pedido unas líneas para esta revista sobre el tema. Por ello traigo aquí unos folios que preparé para unas jornadas que con el tema central de los ritos mortuorios organizó Eusko Ikaskuntza en 1995. Su contenido poco podrá enseñar a los más versados, pero quizás sirva a alguno para comprender mejor nuestros ancestrales “ritos de paso”.

En la vida cotidiana de nuestros caseríos, todas y cada una de las actividades del ritual mortuorio estaban perfectamente preceptuadas. Comenzando desde el momento de la agonía: ya con los estertores, se llamaba al cura y al sacristán, al primero para que acudiera de inmediato a dar el viático y al segundo para que tañera a agonía -toque denominado agoniko kanpaia-.

Atención especial merece la descripción del recorrido que el sacerdote hacía entre la iglesia y el caserío, que no podía ser cualquiera, sino sólo el consuetudinario para estos casos, llamado hil-bidea (camino de muerto), korputz-bidea (camino de cuerpo) o también anda-bidea (camino de andas o parihuelas). Cada caserío tenía su propio hil-bidea que lo unía con la iglesia, ni más corto ni más cómodo que los demás, sino tan sólo tradicional y en cierto modo también hipostasiado por la costumbre. Pero es que, además, todo aquel camino por el que pasara el viático o una conducción mortuoria se convertía por ley no escrita en camino público, y en consecuencia no podía cultivarse ni cercarse. Se entenderá, pues, que los propietarios de los terrenos lindantes al hil-bidea vigilaran sin perder detalle las evoluciones de la comitiva, no fuera que por una razón u otra penetrara en sus tierras, volviéndolas automáticamente baldías.

Al paso del viático, los vecinos se arrodillaban y descubrían. Si la casa estaba en el casco de la villa, vecinos y familiares con hachones en la mano lo acompañaban, y en ocasiones también niños cantores; el año 1851 el médico de Irún don Antonio de Arruti, pidió al Ayuntamiento que los escolares no salieran con el viático, pues había epidemia y era peligroso para los propios niños, amén de que sus cánticos desmoralizaban a los vecinos enfermos.

Para cuando el sacerdote llegaba a la casa, la etxekoandre tenía dispuesta encima de la mesilla o el tocador una tela blanca de hilo bordado con una cruz, un vaso con agua bendita y una ramita de laurel bendecida el Domingo de Ramos, y a veces también un vaso de aceite con una mariposa encendida. La misma etxekoandre se encargaba ritualmente de destapar los pies del enfermo para la extremaunción, que también se efectuaba con laurel y agua bendita. Una vecina venía a rezar ante el enfermo con el ama de la casa, según se decía “para que Jesucristo saliera al encuentro del agonizante”, siempre con las velas de la habitación prendidas ya que así rezaban con mayor devoción (“atentzio obean errezatzen da argia aurrean” -en expresión de nuestras veteranas informantes).

En cuanto se producía el fallecimiento, los familiares designaban a varios jóvenes de la propia casa o de las vecinas para que avisaran al sacerdote, al sacristán y a los familiares y conocidos del triste desenlace. Ellos eran los mandatariak, figura anterior a la época de las esquelas en medios de comunicación y lugares públicos. Como en el caso de la agonía, el sacristán tenía el deber de tocar a muerto o hil-kanpaia nada más conocer la noticia, cuya forma de ejecución indicaba al vecindario si el difunto era hombre o mujer; y también si niño o niña, en cuyo caso se tañía el aingeru-kanpaia, con una campana menor y por ende de sonido más agudo y vivaz. Sin embargo, estaba prohibido tocar las campanas desde el ocaso hasta el orto, de modo que si el óbito acontecía en ese espacio de tiempo había que esperar a la mañana siguiente para los toques anunciadores.

En el hogar, se cubrían con telas negras los espejos y el escudo heráldico de la fachada, y se paraban los relojes para que no rasgaran el luctuoso silencio.

Los vecinos más próximos asumían las labores domésticas durante los primeros días: la etxekoandre en la cocina y los hombres en establos y campos. Todos los ancianos que interroguemos al respecto nos dirán que no era tanto un gesto de solidaridad o de cortesía, cuanto “una costumbre sagrada”.

Como mortaja se elegían las mejores ropas del finado, generalmente su traje de boda o el de los domingos. Y puesto que también ha habido modas para los cadáveres, durante algún tiempo fue costumbre vestir a las mujeres a guisa de Virgen Dolorosa, esto es, de negro y con mantilla grande en la cabeza, mientras que las familias pudientes se inclinaban por los hábitos religiosos (como si con ello quisieran vender gato por liebre al Juez Supremo. Véase que viene de lejos eso de “dar imagen” con los trapitos, incluso más allá de la vida). Los niños se amortajaban de blanco, “como los angelitos” que se decía, y a los caídos por epidemia se les enterraba con la misma ropa que vestían al morir. Los sacerdotes se llevaban consigo todos los atributos ornamentales de su oficio, cáliz y patena incluidas.

Enhiestos ante la vida y supinos frente a la muerte como los restantes mortales, la nobleza sin embargo siempre ha tenido una inclinación especial hacia la magnificencia y la pomposidad incluso en las situaciones más prosaicas. En la Hernani dieciochena, por ejemplo, los cuerpos inertes de las damas de alta alcurnia para el trayecto de la casa solar a la iglesia parroquial, se adornaban con las vestimentas sacerdotales y con elementos sacros como patenas y vinajeras, hasta que lo prohibió el Obispo de Pamplona. Aunque esto nunca fue tan habitual como la exhibición sobre los féretros femeninos de las telas que éstas testamentaban a la iglesia para confeccionar manteles de altar o vestidos para las imágenes.

Un elemento indispensable de los difuntos seglares eran las bulas, adquiridas en la parroquia para depositarlas a sus pies sobre el lecho mortuorio. Gracias a ellas, y por un módico precio, el tránsito entre la tierra y el paraíso se abreviaba.

Una vez conocida la noticia, familiares, vecinos y amigos se reunían en la casa para rezar el rosario completo de 15 misterios. Una misma mujer, elegida por saberse las letanías de memoria y por su buena voz, dirigía las oraciones. Mientras el cuerpo permanecía en casa, se rezaba por lo menos un rosario completo al amanecer y otro al atardecer. Ahora se hace un único rosario en la iglesia antes o después de los funerales.

Al velatorio nocturno no podían faltar los familiares y las personas más cercanas. Mientras unos rezaban en la cámara, los demás en la cocina charlaban o jugaban a cartas, bebían café e incluso algunas copitas, aunque nunca delante del difunto. La puerta del caserío permanecía siempre abierta para los que quisieran entrar a rezar. No era extraño que el duelo derivase a ratos en humorada y se contaran algunos chistes. Personalmente recuerdo que siendo muy joven asistí a uno de estos velatorios hundido en la perplejidad, al ver cómo mientras en una habitación reposaba la difunta, en la otra se narraban anécdotas divertidas sobre su vida pasada y se reía a mandíbula batiente. Más tarde entendí que se trata de una reacción muy humana, en absoluto reprochable, de afirmación de los vivos frente a los muertos. En el mismo sentido interpreto una información que recogí de una familia de Lazkao, quienes a las comidas de funeral las llamaban entierroko-boda: entierro por el motivo, y boda por el ambiente que reinaba en la ocasión.

Otra costumbre, hoy extinguida pero de gran arraigo a finales del siglo pasado y principios del presente, era la de fotografiar a los difuntos una vez amortajados. Resulta curioso que en ámbitos rurales, donde la máquina fotográfica era por entonces inhabitual, se retratara a las personas sólo en dos ocasiones: el día de su boda y el de su muerte, considerados momentos álgidos de la existencia, trascendentales pero naturales en el discurrir de todo ser humano.

Llegado el momento, se procedía al traslado del cuerpo a la iglesia o progua por el camino antes descrito, en una caja de madera atada a una escalera -en su forma más primitiva- o en andas -de aquí el nombre de anda-bidea atribuido al camino- a hombros de familiares y vecinos. El ataúd se fabricaba en el caserío o, si había dinero, se encargaba al carpintero del pueblo. Antiguamente sólo los pudientes enterraban en caja, siendo lo más corriente la simple y llana mortaja de tela blanca. Hasta hace medio siglo los anderos portaban unas hombreras de paño primorosamente bordado, que además de amortiguar el peso daban distinción a la ceremonia. Conocí una pescadora de Hondarribia que poseía un juego de estos paños para prestar a las familias arrantzales de escasos recursos.

La organización del cortejo variaba de una localidad a otra. En Amezketa, por ejemplo, se disponía así: en primer término la cruz parroquial a manos del sacristán; a continuación el féretro portado por jóvenes que iban turnándose de trecho en trecho; seguidamente una mujer -generalmente soltera y de la familia- con las ofrendas, consistentes en dos panes, un cerillo o pilumina con lazo negro y dos argizaiolak, todo ello en un cestillo cubierto de paño negro con cruz de plata bordada. Tras ella marchaba el sacerdote con o sin sus monaguillos, tres pasos más atrás los hombres encabezados por los allegados y finalmente las mujeres. El cuerpo se conducía con los pies por delante y la cabeza detrás, y en sentido opuesto si era sacerdote.

En recorridos largos se paraba ante algún caserío de la ruta, disponiéndose para ello una mesa en el exterior cubierta con paño negro donde depositar el cuerpo. Al aproximarse a la iglesia volvía a detenerse la comitiva para cambiar de calzado y acicalarse antes de penetrar en el templo. Durante los oficios el ataúd permanecía en el atrio y en algunas localidades, caso de Elgoibar, se dejaba en una ermita o humilladero cercano (en la Ermita del Salvador, distante unos metros de la parroquia elgoibartarra).

Otrora, las ofrendas mostraban la opulencia del difunto, y en especial si incluían animales como carneros, ovejas o bueyes. Por supuesto, quedaban fuera de la iglesia, junto al féretro, y una vez finalizado el funeral y el entierro eran de nuevo retornados a la casa solar, que abonaba a la iglesia su valor en metálico (pues a ésta le interesaba más el contante que las especias). El año 1627 en Orio se acostumbraba ofrendar en todo funeral de calidad “carnero, pan y cera”.

La misa funeral cambiaba según el mayor o menor esplendor escenográfico y la calidad de los aniversarios. Claro que, entonces como ahora, todo se pagaba, y lo que nació como ceremonia de oración por el alma de los difuntos, se convertía con frecuencia en exhibición social de prosperidad. Nunca la muerte ha dejado de ser campo de batalla para nuestros temporales intereses.

Cinco clases de funeral estuvieron vigentes hasta no hace demasiado tiempo; tomando como punto de referencia los que se hacían en Hondarribia, los describimos comenzando por el inferior en la escala:

– Funeral sencillo o de caridad. Las campanas tocaban a agonía y se ponía una tela negra en el suelo durante la misa rezada. Exactamente igual el aniversario.

– Funeral de tercera. Con el mismo tañido de campana, misa de réquiem, canto gregoriano y los sacerdotes vestidos con terno de raso negro. Aniversario semejante.

– Funeral de segunda. Toque de agonía, misa de réquiem, canto gregoriano con órgano y túmulo de madera tallada en la nave. Ciriales y cruz normales, así como el incensario y el hisopo. Los oficiantes con terno de damasco negro.

– Funeral de primera. Solemne toque de agonía con la campana grande. Misas rezadas, con estola en los altares laterales durante el canto de nocturnos y oficio. Ternos de terciopelo negro y el mismo tejido cubriendo los muros del presbiterio. Túmulo de madera ricamente tallada y cuatro grandes hachones encendidos, además de los candelabros. Se encendían excepcionalmente el cuerpo central del retablo y la araña. Incensario, hisopo, cruz y ciriales de metal plateado brillante. Se cantaba la Misa de Réquiem de Perossi por un coro de hombres acompañados de órgano. El aniversario como el funeral de segunda.

– Funeral de primerísima. Toque de la campana grande, misas en los altares laterales, Réquiem de Perossi, túmulo de la mejor calidad y los elementos auxiliares de plata. Los oficiantes con ternos de terciopelo negro bordado en oro y plata, igual que la cubierta del púlpito. Los muros del presbiterio tapados de negro y la totalidad de la iluminación conectada. Todos los sacerdotes recibían esta clase de funeral, y sobre el túmulo se ponía un cáliz o una mitra para indicar si se trataba de un simple cura o de una dignidad eclesial. El aniversario seguía las pautas del funeral de segunda.

Ante este catálogo de distinciones, a uno se le ocurre pensar que si, como nos enseñaron, todos somos iguales ante los ojos de Dios, no puede decirse que también lo seamos a los ojos de su Iglesia, o al menos no en el caso de nuestros antepasados.

Hay una cuestión que siempre surge cuando hablamos de los ritos funerarios vascos, y que yo he investigado hasta la fecha sin éxito: ¿hubo en Euskal Herria plañideras, personajes tan característicos en muchos lugares del mundo?. Decía el Padre Larramendi en su Corografía:

“Llorar, gemir, lamentarse, en estos casos es muy natural y ha sido común en todo el país racional. También fue muy común el oficio ridículo de las plañideras, que se alquilaban y pagaban para que fuesen llorando y lamentándose a gritos detrás del difunto… Hubo antiguamente en Guipúzcoa semejantes plañideras, que se llamaban aldiaguilleac, adiaquilleac, adiaquilleac; erostariacac en Vizcaya. Y aunque se desterraron largos tiempos ha, no sólo han quedado los nombres vascongados de las plañideras, sino también algunos residuos de aquella costumbre. Porque las mujeres van siguiendo el cadáver de su marido, no sólo llorando lágrimas vivas y serias, sino gimiendo y hablando en voz levantada, ya quejas de su desgracia y abandono, ya lástimas de los hijos que quedan sin arrimo para su subsistencia, ya las buenas partidas del difunto; todo con expresiones tan vivas y sentidas, que mueven a compasión a los oyentes. Así van por la calle, así prosiguen en la iglesia, hasta que como por fuerza las hacen callar durante la misa, bien que no hay fuerza bastante para tenerlas en silencio cuando ponen el cadáver en la sepultura”.

Ahora bien, a tenor de los resultados de las encuestas hechas a los decanos de nuestros pueblos y ciudades, se diría que no era tradicional la presencia de plañideras en los ritos mortuorios vascos, hasta el punto de considerarlo como algo “foráneo”. Ello encaja con las declaraciones de los actuales profesionales del sector funerario, para quienes los lamentos de la gente de nuestra zona son discretos, musitados y bastante menos ostentosos que, por ejemplo, los signos de dolor de los pueblos del sur.

Recientemente he encontrado un texto datado en Errenteria el año 1568 que si bien no alude a las plañideras, menciona algo que me parece digno de resaltar: que por aquellas calendas había mujeres que hacían “endechas y rescitando humores contra vivos y difuntos” en los oficios fúnebres.

A la vista de esto, sospecho que la costumbre de las plañideras fuera propia de los niveles sociales y económicos más altos, y por ende minoritario en nuestra zona, mientras que el pueblo llano, la mayoría de las familias, en sus funerales empleaban a esas mujeres que, a la manera de los bersolaris, declamaban en el interior de las iglesias elegías, posiblemente improvisadas, en honor al finado, en la lengua popular y de todos conocida: el euskera. ¿Quizás sea además una de las primeras constataciones documentales de la práctica del bersolarismo?. Los obispos persiguieron con insistencia su supresión del ritual, por hallarlo irreverente, y tras no pocos esfuerzos -lo que denota su calado- al fin lo consiguieron.

Terminada la jornada, al anochecer, mientras la campana de la iglesia sonaba a Ave María, el colchón del difunto se sacaba al exterior para su combustión al fuego, mientras era asperjado con agua bendita y se rezaba un Padre Nuestro y cinco Avemarías (tantas como las llagas de Cristo). Los caminantes o vecinos que veían el humo y las cenizas se unían a la oración con un Pater Noster en memoria del alma desterrada.

El lugar de inhumación ha variado a lo largo de los tiempos. En los albores del cristianismo se enterraba a los parroquianos en la parte anterior de las iglesias, extramuros, lugar conocido -hasta hoy mismo- con diferentes nombres. Así, en Aratz-erreka (Azpeitia) se llama zumitaiue, tanto si había enterramientos como si no. Allí se colocaba, sobre la cabecera de la tumba, una estela discoidal (especialmente usual en tierras navarras). Posteriormente, en épocas distintas según las zonas, se introdujo la costumbre de enterrar a los difuntos dentro de las iglesias, y para ello se parceló el suelo y se distribuyó entre los vecinos. Cada casa poseía su yarleku, que en una primera época no podía ser vendido sino junto con la propia casa, concebido como un todo del hogar familiar -el caserío dependencia para vivos, y el yarleku para muertos-. Sobre el yarleku se colocaba la etxekoandre durante las ceremonias y encendía una o dos argizaiolas en memoria de sus difuntos. No es este lugar para extendernos sobre la importancia del fuego en el ritual funerario, pero basten dos recordatorios de la vigencia de esa inmemorial simbología: todavía hoy erigimos monumentos con “llama eterna” (como las tumbas a soldados desconocidos o a los caídos en determinadas guerras) e instalamos “capillas ardientes” para honrar a quien, como la expresión popular dice, “lió ya su petate”.

Para quienes quieran profundizar más en el tema les invito a acudir a la magna obra (846 pp.) RITOS FUNERARIOS EN VASCONIA. ATLAS ETNOGRAFICO DE VASCONIA, estudio realizado por los grupos ETNIKER EUSKALERRIA, y que con ayuda de Eusko Jaurlaritza y el Gobierno de Navarra, se editó en 1995. Se lo recomiendo.

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