La identidad del diferente: discurso racista en los medios de comunicación

octubre 2, 2006

Noemi Bergantiños Franco, Universidad del País Vasco (UPV-EHU)

Artículo publicado en Euskonews & Media Nº 345

Lo diferente suele ser objeto de miradas, comentarios y críticas. Para conocer lo diferente obtenemos información de diversas fuentes las cuales construyen y gestionan un determinado perfil identitario de la diferencia. La percepción y relación con lo diferente dependerá en gran medida de lo que se conozca y aprenda a partir de ese perfil. Aquí, consideraremos el análisis de los inmigrantes como lo diferente en los medios de comunicación atendiendo a la práctica discursiva (racista) desarrollada por y en los mismos.  

1. Medios, discurso e identidad 

Los medios de comunicación son en la actualidad uno de los principales protagonistas de la vida social. La televisión, la prensa escrita, la radio, etc. ostentan una presencia cada vez mayor y más importante a través de la cual diversos agentes (políticos, económicos, etc., incluidos los propios medios) tienen la posibilidad de acceder asiduamente a grandes audiencias. La forma en la que se haga determinará, en la gran mayoría de las ocasiones, el acceso “exitoso” a esa audiencia. Por ello, la comunicación implica para aquellos que hacen uso de ella toda una compleja ingeniería del elemento que les permite, precisamente, comunicar: el lenguaje. El diseño del lenguaje tiene que ver, en este sentido, con un término de difícil definición: el discurso. Abordar la discusión teórica de la noción de discurso es sin duda una tarea compleja. Presente en disciplinas como la lingüística, la psicología, la sociología o la politología, el concepto de discurso despierta el interés de muchos investigadores. Aquí tan sólo nos detendremos en identificar sus tres dimensiones fundamentales (Van Dijk 2000a): el discurso es, en primer lugar, una forma de uso del lenguaje. Este uso responde a una intención comunicativa ya que las personas hacen uso del lenguaje para comunicar algo (ideas, creencias, etc.) bien a través de una conversación, una llamada o un artículo periodístico, entre otras situaciones. Con este uso, además de comunicar, las personas participan en situaciones de índole social, es decir, interactúan con los demás. Desde este punto de vista, el discurso es considerado como una acción / práctica social.  Habitualmente, las personas hacen uso del discurso como miembros de un grupo o colectivo social, es decir, en base a ciertas categorías sociales (mujer, estudiante, pobre, etc.) que, en cada situación, dibujan un complejo mapa identitario. La identidad, en general, puede ser considerada como la forma en la que uno se define a si mismo. En esa definición se establece lo que se es e, ineludiblemente, lo que no se es, lo que se toma como ajeno, extraño o diferente (lo Otro); es decir, la identidad implica alteridad en todas sus formas (individual y colectiva).  La identidad, además, ha de ser considerada como un elemento discursivo en tanto que se articula a partir de un discurso narrativo (que cada persona elabora para si mismo) que concilia los cambios acontecidos en uno mismo a lo largo del tiempo con la premisa identitaria de seguir siendo el mismo (Ricoeur 1996). Por tanto, la identidad supone un discurso en el que, como acabamos de explicar, cada uno se define a si mismo incluyendo inexorablemente el establecimiento de una relación de diferencia con el otro. Sin embargo, la naturaleza de esa relación puede ser significativamente diferente según como se gestione. La diferencia puede manifestarse de forma antagonística, lo cual supone la consideración del diferente como enemigo, o bien de forma agonística, aceptando cierto consenso con el otro, que ya no es visto como enemigo sino simplemente como adversario (Mouffe 2004).  El discurso es en este sentido una de las más, sino la más, importantes armas o recursos de los medios de comunicación. Con el, como se ha visto, se construyen y muestran las identidades propias y las alteridades (las identidades de los otros). Así, representar una identidad implica construir la diferencia respecto a los otros aunque debe considerarse que las formas de construir, representar, esa diferencia son diferentes.  En general, el mecanismo para la construcción de esa diferencia se basa en el establecimiento de una selección de elementos característicos del sujeto u objeto diferente que van generando el estereotipo identitario. Éste primero “reduce, esencializa, naturaliza y fija la diferencia”, después “divide, excluye y expulsa” al diferente y, por último, “mantiene el orden social y simbólico” según el régimen de relaciones de poder imperante (Hall 1997, citado en Sanpedro 2003).  

2. Cuando el diferente es el inmigrante: estadísticas y otras estrategias discursivas 

Un ejemplo de la construcción de la diferencia lo constituye el caso de los inmigrantes. Al hablar de éstos los medios construyen y generan la/su identidad diferente, por lo que resulta pertinente atender a la forma en la que, precisamente, se refieren a este colectivo. Ha de tenerse en cuenta, además, que estos medios constituyen uno de los principales agentes a través de los que expresar y adquirir los conocimientos, creencias, opiniones y, por supuesto, prejuicios sobre los otros (los inmigrantes) lo cual incide en gran medida en la percepción e interacción que puedan originarse entre los diferentes grupos o colectivos sociales.  El análisis de este discurso sugiere, al menos, la consideración de dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, la construcción de la identidad de los inmigrantes en los medios de comunicación se articula en función de diversas estrategias discursivas. Una de las principales y más importantes consiste en la polarización entre “ellos” y “nosotros” (Casero 2003, Van Dijk 2000). Esta estrategia consiste en la representación social de los inmigrantes mediante la presentación de una profunda división entre “ellos” y “nosotros” en la que mientras la imagen de los otros siempre aparece en términos negativos la nuestra lo hace en términos positivos (minimizando nuestros rasgos negativos y minimizando también sus rasgos positivos). En segundo lugar, ese discurso sobre ellos se rige además por una concreta estructura temática. Es decir, la inmigración aparece siempre tematizada como un “problema” o incluso una “amenaza” a la que nos enfrentamos. En líneas generales, se establece una asociación entre los inmigrantes y la violencia, los crímenes, robos, diferencias religiosas y/o culturales problemáticas, drogas, etc. (Van Dijk 2000: 246) que difícilmente permite una lectura positiva del papel que desempeñan los inmigrantes en la sociedad actual. En este sentido, el discurso puede ser, y de hecho es, racista. El discurso racista es una acción o práctica discriminatoria que se sustenta a través de un sistema de ideas, creencias, actitudes, etc. prejuiciosas; es decir, un sistema que juzga a las cosas y a las personas antes de tiempo o sin tener un conocimiento exacto respecto a lo que nos referimos. El problema fundamental del racismo y de la discriminación es que genera desigualdad social; es este caso, genera un sistema de relaciones de poder donde los inmigrantes se encuentran con desiguales (peores) opciones de acceso a diferentes ámbitos: social, económico, político, sanitario, etc. Genera, en definitiva, un sistema de acceso herméticamente cerrado a los discriminados que vela por el mantenimiento del status quo de desigualdad impidiéndoles acceder, incluso, a aquellos ámbitos y agentes que construyen su propia identidad, entre ellos, claro está, los medios de comunicación. Sin la posibilidad de acceso a los medios, el discurso sobre ellos mismos, los inmigrantes, queda en manos de los otros, perdiendo la opción de, como hacemos “nosotros”, construir su propia identidad. El problema además es mayor cuando en las conversaciones cotidianas los medios son abiertamente considerados como una fuente de legitimación y justificación de nuestras ideas, prejuicios e ideologías racistas. Por ejemplo, es habitual el mecanismo de habla racista que trata de negar esa condición racista a través del popular: “yo no soy racista pero…”. Sin embargo, existen y son utilizados otros mecanismos semánticos (directamente relacionados con los medios) que suelen complementar lo que sigue al “pero…” y que para muchos no son identificados como racistas. Es el caso de las estadísticas. Los medios habitúan a publicar o elaborar estadísticas en las que se afirma que la mayoría de la delincuencia es cometida por inmigrantes: “El 89% de los presos preventivos que han entrado en las cárceles este año son extranjeros” (El Mundo 6-3-2002). Éste es tan sólo uno de los muchos titulares que muestra la clase de información estadística transmitida por los medios. Estas estadísticas suponen en la práctica un soporte “científico” para el discurso racista (“los datos no engañan” se suele decir). Sin embargo, los datos obtenidos responden desde el principio a una lógica racista en la que sin atender a unos mínimos requisitos de lo “racional” ni del sentido de responsabilidad, relaciona algo tan arbitrario como el “origen” con algo mucho más complejo como la “delincuencia” que sin duda obedece a factores mucho más “sofisticados”. No pueden considerarse válidas aquellas series estadísticas que relacionan lo irrelacionable, ¿acaso admitiríamos como válida una estadística que relacione color de ojos con mayor o menor grado de bondad? Si por el color de ojos, el lugar de nacimiento o el color de la piel, cuestiones ajenas a la elección, debemos asumir como propias las características que los datos estadísticos (más bien aquellos que los diseñan y elaboran) nos atribuyen, las definiciones de la identidad estarán siempre sometidas a la lógica y los intereses de aquellos que “analizan lo diferente”. Esas estadísticas se acompañan, además, de noticias en las que para informar sobre un robo, un asalto, etc. se nos detalla la procedencia, nacionalidad o color de piel de aquellos que cometen el delito; eso si, siempre y cuando no sea de “aquí”. Si encarcelan a una persona por atraco y se trata de un hombre, por ejemplo, blanco y europeo, seguramente esa información se omitirá o, al menos, no se le dará gran importancia. Por el contrario, si el atracador es una persona negra o marroquí se especificará, seguramente, incluso en el mismo titular. ¿Qué es lo importante en esa noticia, el atraco o la condición nacional, social, etc. del atracador?, ¿es relevante esa información? 
Los siguientes titulares muestran el diferente trato informativo: 
“La policía captura a un delincuente que secuestró a un taxista en Barcelona” (El Mundo 23-12-2005) 
“La policía desarticula una banda de delincuentes colombianos” (El Mundo 19-5-2005) 
En el primer caso no aparece ninguna información sobre la identidad del delincuente. Sin embargo, en el segundo titular, que también informa sobre la detención de delincuentes, se detalla la procedencia de los delincuentes, de forma que la identidad (nacional, en este caso) aparece ligada (asociada) a la condición de delincuentes. En otro titular en el que se informa sobre la detención de un presunto asesino no se informa sobre la identidad del detenido, sin embargo después se detalla y resalta en negrita que formaba parte de un grupo de individuos de “nacionalidad dominicana y peruana” (El Mundo 30-6-2005). 
Van Dijk ya descubrió como los temas que aparecían con más frecuencia en la prensa se correspondían con los prejuicios detectados en la sociedad (Fairclough y Wodak 2000). Si esto es así, el papel que desempeñan los medios de comunicación en la construcción y gestión de la identidad del diferente, del inmigrante en este caso, es fundamental. Y lo es, más aún, desde el momento en que esa definición del diferente supone una importante fuente con la que obtener información, conocimiento, para crear nuestra imagen, ideas, creencias, actitudes, etc. de los otros. Por ello, conviene mantener una posición crítica ante la forma en la que es empleado el discurso en los medios, más aún, cuando se trata de cuestiones que afectan directamente a las relaciones sociales y que establecen unas prácticas discriminatorias que generan una, cada vez más, profunda desigualdad social.  

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