Las consecuencias que en el día a día está provocando la crisis económica mundial no sólo están referidas a una caída del consumo, la perdida de puestos de trabajo y todo lo que ello implica para la economía doméstica. Un viejo conocido de estos tiempos son los brotes xonófobos de los que ahora no se salvan ni siquiera los italianos, muy europeos ellos, que a su vez discriminan a albaneses, africanos y otros grupos “extraños” al ser occidental.

Pero si faltaba algo más para caracterizar el nuevo tiempo que se viene es el retorno de las explicaciones religiosas por sobre todo el corpus teórico que ha desarrollado el método científico en los últimos 500 años.

A la búsqueda de un milagro

Una reciente consulta  realizada a 2600 personas, en el Reino Unido, y publicada por el The Daily Telegraph, señala que el 51% de los consultados opinan que la teoría de la evolución por sí sola no es suficiente para explicar las complejas estructuras de algunos seres vivos, por lo que la intervención de un diseñador ha sido necesaria; a la vez que el 32% está convencido de que “Dios creó el mundo en algún momento en los últimos 10.000 años”. Esto se da a poco de celebrarse el bicentenario del nacimiento de su compatriota Charles Darwin.

Sólo el 40% de los entrevistados defienden la teoría evolutiva.

Inspirados en lo sucedido en Estados Unidos durante el gobierno de Bush, algunos británicos impulsan que la tesis creacionista sea enseñada en las escuelas públicas.

El descrédito del saber científico es producto de esta y de otras crisis, pero no sólo es su consecuencia. La crisis (esta y otras más graves ocurridas en el pasado) son también su responsabilidad. Un saber científico que se aleja del hombre, favoreciendo una lógica tecnocrática en pos de un modelo deshumanizado, no será creíble a la hora de mostrar sus miserias.

Weildler Guerra Curvelo (antropólogo de la Guajira e investigador del Observatorio del Caribe)
Semana (Colombia).- El Caribe colombiano alberga diversas culturas, indígenas, afrocolombianas, criollas, con distintos grados de articulación al mercado y con diferentes concepciones de bienestar. Pero el Caribe colombiano también será el escenario futuro de proyectos de alta importancia para la economía del país como de la inminente expansión de algunos de los actuales en materia portuaria, energética y minera. Las dificultades para concretar estos proyectos usualmente no han sido técnicas o económicas sino sociales y culturales, dado que se encuentran en territorios de grupos étnicos cuyos derechos fundamentales están claramente protegidos por normas nacionales e internacionales.

Las comunidades no se oponen a proyectos por capricho o por impedir el crecimiento económico del país sino porque algunos vulneran su organización social o sus valores, sus territorios –especialmente sus lugares sagrados – o porque afectan su medio ambiente u obstruyen sus actividades de subsistencia. O, como en el caso de Pdvsa simplemente porque quieren hacer respetar su derecho a ser consultados.

Los agentes responsables de dichos proyectos industriales no son tampoco asesinos en serie, como los presentan en ocasiones algunos sectores radicales. Suelen ser ingenieros o economistas comprometidos profesionalmente con alcanzar las metas que les han sido asignadas. Están convencidos de los beneficios de sus proyectos para el país y comparten el ideario del desarrollo como creencia extendida y acrítica.

En el medio de ese choque de concepciones de mundo, los antropólogos recordamos que ambos Cultura y Desarrollo son conceptos cambiantes. La primera no debe ser entendida como la Celestina y ama de llaves del segundo que debe abrirle incondicionalmente la entrada a las habitaciones de las comunidades. La Cultura se refiere a la red de significados que los individuos y grupos le otorgan a las acciones humanas. Es, por tanto, construcción de sentidos.

Del otro lado, el Desarrollo es un concepto inestable. Desde que lo presentara en sociedad el presidente norteamericano Harry Truman el 20 enero de 1949 se le han incorporado una diversidad de adjetivos: desarrollo económico, social, espacial, sostenible y humano. Igualmente muchos prefijos autodesarrollo, etnodesarrollo, ecodesarrollo y otros. Todos buscan atenuar sus reiterados fracasos en sacar de la pobreza a los centenares de millones de personas que viven en el tercer mundo y sus visibles efectos sobre el deterioro ambiental del planeta.

El antropólogo norteamericano James Ferguson en un lúcido ensayo llamado Anthropology and its evil twin; Development in the constitution of a discipline, señala cómo ese gemelo perverso ha destruido muchas comunidades tradicionales en el mundo bajo el pretexto de conducirlas hacia la modernidad. Como lo expresara Arturo Escobar, el desarrollo, hijo del mundo Occidental, es un capítulo de la historia de la razón y de la modernidad. Cuando presentan los impactos de los proyectos sobre las comunidades a los antropólogos se les considera injustamente como representantes de una disciplina profesional romántica y obstruccionista.

No se gana un concurso de popularidad cuando uno mira críticamente el desarrollo. Esta idea permanece como una poderosa aspiración entre millones de seres humanos, incluidas comunidades académicas y organizaciones políticas. Sin embargo, cualquiera que sea el nombre que le otorguemos es necesario reconocer que todas las sociedades tienen una concepción de bienestar aunque este no sea uniforme.

Es necesario por tanto que la academia, los medios, los funcionarios, las comunidades y las empresas creen fluidos circuitos de comunicación entre ambos universos. Las empresas son sociedades reales con culturas reales y las comunidades perciben las variaciones en las culturas corporativas. Algunas empresas como Cerrejón son capaces hoy de revisar hoy su propio pasado y buscar un amplio diálogo con su entorno comunitario para intentar construir alianzas solidas y duraderas que rompan una economía y una cultura de enclave.

Ante los graves problemas de la agenda global y local: pobreza, inequidades, crisis de alimentos y limitaciones en nuestras libertades culturales y políticas tenemos el deber de enfrentarlos y el derecho de marchar hacia un orden deseado. Y este orden debe incluir, en un ambiente de convivencia intercultural, nuestras diferentes visiones del porvenir, los diversos valores e intereses para construir juntos un esperanzador escenario de futuro.

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