ANTROPOLOGÍA URGENTE EN BICICLETA SEGÚN MARC AUGE
Febrero 27, 2009
Revista Ñ (Argentina).- No se puede hablar de la bicicleta, dice el antropólogo francés Marc Auge, sin hablar de sí mismo. La bicicleta es la infancia, es el descubrimiento del cuerpo, una exploración del espacio y el tiempo distinta; el conocimiento de los límites y del más allá. El sueño del ciclista es el de andar por la tierra como el pez en el agua o el ave en el cielo y sin embargo, como paradoja, la bicicleta frente al mundo mediático en que vivimos es el principio de realidad. Andar en bicicleta es también lo que no se olvida.
Los franceses, tan inclinados a la exageración, es uno de sus rasgos de estilo después de todo, querrán llevar el asunto para el lado de lo subjetivo; así Eric Fottorino, ciclista, novelista y hasta el año pasado director de Le Monde, llega a decir que andar en bicicleta es un modo de escritura. ¡Esta manía de querer convertirnos a todos en plumas! En su Pequeño elogio de la bicicleta (ed. Gallimard, aún no traducido) alega que muchas ideas vienen mientras se pedalea. Y trae la imagen, como si fuera una foto vieja, de Diño Buzzatti, enviado en el año 1949 por el Corriere della Sera para escribir sobre la vuelta de Italia, competencia que, con sus maratónicas -y muchas veces inhumanas- tres semanas de recorrido por las rutas de la península y países vecinos, este año cumple cien años. Aunque la anécdota es muy buena (más allá de lo que haya escrito el autor de El desierto de los tártaros, quien al parecer equiparó el duelo de los dos favoritos con la lucha Aquiles y Héctor), y hasta parece inventada, no creo que alcance. Se necesita algo más. En una entrevista reciente, el maratonista y novelista japonés Haruki Murakami también resal-
taba la importancia del esfuerzo físico para la escritura. Haciendo de contrapeso, el desaparecido Ro- berto Bolaño, en una conferencia amarga y ahora célebre aparecida en El gaucho insufrible, decía que estamos en una época de escritores que van al gimnasio. Como para poner las cosas un poco más parejas, como para no ponernos sin quererlo e inadvertidamente del lado del fitness y la cosmética en general (del cuerpo, de ideas, da lo mismo). Pero no; la bicicleta que está del lado de la cultura del cuerpo hermoso es justamente la negación de la bicicleta que amamos; la bicicleta ñja, la bicicleta inmóvil que ni siquiera hay que saber manejar y que no nos lleva a ninguna parte.
El antropólogo Marc Auge aunque también se ha dedicado a estudiar la dimensión poética de la bicicleta -ya que subrepticiamente nos hace entrar en otra geografía, uniendo puntos y recorridos que otros medios de transporte impiden unir- es más medido en su análisis y no va tan lejos como Fottorino. Andar en bicicleta no nos convertirá en artistas; para Auge, la bicicleta simplemente nos hará más humanos, nos ayudará a comprender a los otros; nos ayudará a cambiar la ciudad y empezando por ahí, quizás, a la sociedad toda. En su reciente Elogio de la bicicleta (ed. Manuels Payot, no se tradujo aún al castellano), dice: “La bicicleta es un humanismo”. Antes de llegar a esta conclusión propone un recorrido que va del mito a la utopía pasando por la crisis. Una utopía que él llama eficaz, en tanto fuera capaz de convencer a los habitantes de una ciudad determinada. La bicicleta -se entusiasma Auge- cumple con un doble aspecto central: es la dimensión perceptible y real de un mundo utópico. Parte del aspecto mitológico de la bicicleta había sido magjstralmente puesta de relieve por Roland Barthes en sus célebres Mitologías, en las que analizaba la construcción de la figura de héroe por parte de la prensa que cubría el Tour de France.
Pero más allá del imaginario alrededor de las dos ruedas, parte del interés del rescate de la bicicleta radica en el modo en que ella articula la mitología social y la personal. Todos tienen su historia personal para contar con la bicideta y el uso o no de la bicicleta como transporte también puede hablar de la comunidad que somos o queremos. En mi propia historia, hasta llegada la edad adulta, la bicicleta había sido una presencia intermitente aunque siempre asociada con el cambio, o al menos, la voluntad de tal cosa. Llegado del Gran Buenos Aires, me permitió descubrir la ciudad y, al mismo tiempo que la conocía, de forma paradójica, transformarla en un lugar siempre nuevo y extraño. En especial, los paseos nocturnos saciaban para mí dos pasiones fundamentales. Una: la idea de aventura representada por el viaje; salidas solitarias que me transformaban; sin gastar dinero que por otra parte no tenía y amaneciendo la mañana siguiente en la misma ciudad (lo que, después de todo, era una ventaja, teniendo en cuenta que había que ir a trabajar). Dos: la literatura, y con ella la revelación y el misterio; esos paseos, se me antojaba -tal vez era sólo un capricho-, me acercaban a la ciudad de Borges y Bioy, representada no sólo en sus escritos sino en sus largas caminatas, cuya referencia ha sido siempre una constante. Llegada y bien entrada la treintena; habiendo perdido ya una novia de años a la que mi condición de peatón y ciclista ocasional ponían los pelos de punta, la bicicleta se hizo definitivamente parte de mi vida y así me transformé, como lo había sido mi abuelo italiano, en una persona que nunca tuvo auto.
Marc Auge, el teórico de los no lugares, el cronista de la deshumanización del espacio urbano, hace también un ferviente Elogio de la bicicleta; librito aparecido también en el último año, en ocasión del proyecto de bicicletas comunitarias como transporte público que le está cambiando la cara a ciudades como París, Barcelona, Londres y pronto -ojalá- a Buenos Aires. Nuestra ciudad podría ser un caso emblemático. Porque nada más fácil aquí que una primera reacción de negación; decir que es imposible. Pero la idea de la bicicleta como medio de locomoción protagonista en la ciudad no es tratar de acomodarse a lo que hay, sino justamente una invitación a transformar lo dado. En un momento de urbanización del mundo, escribe Auge, donde los sueños rurales están condenados al clisé de la naturaleza domesticada de los parques regionales o a sus simulacros, los parques temáticos, el milagro del ciclismo reinventa la ciudad como un lugar de aventura. El sistema que pone bicicletas a disposición tanto de los habitantes como de sus visitantes obliga a reencontrarse, socializar las calles, rehacer los lazos vitales y soñar con un nuevo espacio. El libro de Auge, como un espejo del fenómeno que retrata, es en sí un lugar de encuentro; porque, lo que rara vez ocurre, la teoría parece encontrarse con la práctica; el catedrático se confunde con el hombre común; el pesimismo reinante en la academia deja de lado por un rato su pasión por el cinismo, sonríe e invita a la acción.
Auge refiere cierta experiencia vacía del turismo, vivida incluso por el habitante nativo fruto de este urbanismo galopante que transformó a la ciudad antigua en un armazón vacío, en un decorado o un museo: el viejo museo, a cielo abierto. El placer de andar en bicicleta restituye una dimensión simbólica y vocación primera de la ciudad; la del encuentro imprevisto. En general, lo poco que se comparte en una ciudad desconocida son los medios de transporte; pero compartir el sistema de Bicing (nombre que adquirió el proyecto en Barcelona) es algo totalmente distinto a soportar el calor y el gentío del subte. Es ser parte de una empresa común de transformación. Lo urbano, dice Auge, se extiende por todas partes pero a pesar de ello, o mejor dicho, por ello, estamos perdiendo a la ciudad y así a nosotros mismos. Por eso la bicicleta podría jugar un rol crucial para recuperar la conciencia de sí y del lugar donde vivimos, dimensiones que, al fin de cuentas, van juntas.
Auge señala como un peligro (mucho más peligroso que las calles mismas, que no lo son más para los ciclistas que para los peatones o los automovilistas) que esta experiencia se transforme en un evento veraniego, para turistas y de publicidad. No hay que engañarse; el proyecto Vélib (así se llama en París) sólo será exitoso cuando los habitantes de hecho crean que ir a trabajar o hacer lo que sea en bicicleta es una opción natural; cuando poner 20 mil bicicletas en la calle obligue a realizar la infraestructura necesaria para que todo el mundo se contagie y rescate su bicicleta. Cuando nuestras ciudades se parezcan más a Amsterdam que a Los Angeles. Lo mismo vale para Buenos Aires.
Hasta hoy, las únicas bicisendas eficaces están en el área de los Bosques de Palermo y sólo sirven al esparcimiento; son sendas que no van a ningún lado. A los carriles para bicicletas en las avenidas los usan en su mayoría motos o aparecen como lugar de estacionamiento para automovilistas, para quienes las bicis son sólo una molestia. Así y todo, cada día son más y más los que salen a enfrentar la ciudad en dos ruedas; hay muchas agrupaciones de ciclistas de todo orden y una conciencia de que la transformación es posible. Sin profundizar el hecho de que esta revolución es de la clase media; hay que recorrer las grandes estaciones de trenes y los furgones para saber que, para muchos, la bicicleta siempre fue la única herramienta y el único bien.
Auge toma nota de otro desafío: no cerrar el fenómeno intramuros. La vida no termina en la General Paz. Todo lo contrario; recorrer la ciudad, conocer sus declives y elevaciones, la calidad de sus calles, la pureza o no de su aire y recorrer también con las alforjas a cuestas las rutas, me han dado en lo personal una hermosa sensación de continuidad. De golpe Buenos Aires se abre y me encuentro en la llanura, bajo un cielo pampeano. Si tomo hacia el Oeste para el lado de Mataderos, donde la avenida Alberdi es bien abierta, en general pedaleo contra el viento que -se sabe- la mayoría de las veces sopla desde la cordillera.
Memoria del fuego
Febrero 24, 2009

Lola Kiepja en 1966. Foto Anne Chapman
Página 12 (Argentina).- Desde que fue invitada a formar parte de un equipo de investigación en Tierra del Fuego durante 1964, Anne Chapman se dedicó a documentar la vida de los selk’man, también conocidos como onas. Incluso logró una amistad con Lola Kiepja, una chamana que murió en 1966 y a quien se considera la última selk’nam que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo. Ahora Chapman es la curadora e investigadora de una muestra fotográfica, histórica y antropológica llamada El fin de un mundo-Los selk’nam de Tierra del Fuego, una extraordinaria y definitiva exposición que cuenta la historia de los aborígenes fueguinos con imágenes, películas y textos.

Nolasco con mujeres zapatistas
La Jornada (México).-Fundadora del Museo Nacional de Antropología, asesora del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), autora de un sinfín de artículos que denuncian la compleja y difícil situación de los indios de México, la etnóloga Margarita Nolasco Armas fue designada ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2008 en el área de filosofía e historia, el mismo año en que la muerte la sorprendió llena de proyectos.
Tenía 75 años y ninguna intención de jubilarse. El día que falleció, el 23 de septiembre del año pasado, escribía un artículo acerca del movimiento estudiantil de 1968, el cual vivió en carne propia, pues aquel negro 2 de octubre, luego de la matanza, se la pasó buscando de edificio en edificio a su hijo Juan Carlos.
Leer el resto de esta entrada »
Hallan un inusual sepulcro azteca
Febrero 12, 2009
BBC Mundo.- Un sepulcro con restos de unas 50 personas, que pudieron haber sido guerreros aztecas, fue descubierto en la ciudad de México.
El hallazgo, anunciaron los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fue hecho en la zona arqueológica de Tlatelolco, un importante centro construido por los aztecas en el siglo XIV.
Según los arqueólogos, el complejo funerario podría brindar información valiosa sobre las últimas rebeliones indígenas que siguieron al triunfo de Hernán Cortés en 1521.
Tlatelolco, que se ubica en el norte de la ciudad, fue junto con Tenochtitlán una importante zona religiosa y política del antiguo Imperio Azteca.
La región fue además el escenario de la última resistencia indígena contra los conquistadores españoles.
No es la primera vez que se descubren sepulcros en la zona, pero éste asombró en particular a los arqueólogos por la forma en que fueron dispuestos los cuerpos. Leer el resto de esta entrada »
Dios contra Darwin
Febrero 9, 2009
Jesús Centeno (Público).- “Stokes respiró hondo, apoyó con cuidado el cañón en sus incisivos y rodeó el gatillo con un dedo esquelético. Sus labios, resecos, se cerraron dolorosamente en torno al metal helado. Tenía que hacerlo, sin duda, si era hombre”. Dar marcha atrás ahora sería el colmo del fracaso. Le tembló la mano. Tres. Dos. Uno. Ya.
Pringle Stokes, primer capitán del HMS Beagle, se pegó un tiro en 1828 tras un infernal periplo por la Patagonia argentina. Su muerte es el punto de partida de otra terrible historia: la del nuevo comandante, Robert Fitz Roy, quien debía completar el trabajo cartográfico de su predecesor.
Pero Fitz Roy tenía otras ideas en mente: el viaje serviría para constatar científicamente la exactitud literal del Génesis. Quería defender el creacionismo. “La ciencia y la religión tendrían que haber sido la misma cosa: la primera, un simple medio para interpretar las verdades absolutas de la segunda”, dijo el capitán del Beagle. Pero, a bordo de la expedición también estaba un investigador de 21 años llamado Charles Darwin, que se empeñaría en quitarle la razón.
Religión y también dinero
Los marineros, que apodaban a los barcos de esta clase ataúdes por su tendencia a irse a pique, se enfrentaron a los mares, recorriendo varias veces el Cabo de Hornos, Nueva Zelanda y diversas islas del Pacífico. Cartografiaron las costas y registraron varias mediciones relacionadas con fuerzas de los vientos, las fases de la luna y las mareas. Pero, del paraíso perdido, ni rastro. También visitaron la selva brasileña y la pampa seca argentina en el interior. Allí tampoco estaba.
A principios del siglo XIX, los debates sobre el racismo y la difícil relación entre religión, ciencia y colonialismo ocupaban el tiempo de los estudiosos. Fitz Roy, que estaba convencido en demostrar el “orden natural de las cosas”, tampoco olvidó el carácter comercial de su misión. Estableció los puntos clave para el Imperio Británico y analizó a los indios patagónicos con este propósito. Ya en el primer viaje secuestró a cuatro nativos de etnia fueguina para reeducarlos en Inglaterra.
“Algunos indios agitaron las lanzas agresivamente. Otros encendieron fuegos para advertir la presencia del navío. El resto, siguieron su estela para comerciar pescado fresco y cangrejos a cambio de retales”, relata Harry Thompson en su libro Hacia los confines del mundo (Salamandra). Para los occidentales, “los fueguinos eran unos monstruos, un obstáculo al avance del hombre blanco y su civilización.
Cuando los europeos llegaron, los nativos parecían un grupo primitivo y desgraciado de salvajes, ateos sin ley que vivían en la miseria”, escribió el historiador Nick Hazlewood en sus estudios sobre la llegada de los británicos a la Patagonia.
Si las palabras del Génesis eran ciertas, ni plantas ni animales debían haber cambiado desde que Dios las creó. Pero no era así, y mientras Darwin investigaba y comenzaba a hilvanar sus teorías evolucionistas, los indígenas regresaron a sus antiguas costumbres.
El estrés, la soledad y la falta de respuestas enloquecieron al comandante Fitz Roy. Su cólera caprichosa despertó la inquietud del círculo de oficiales, que con bastante frecuencia pusieron en duda su cordura. Su personalidad voluble e imprevisible acabarían con su vida. Cuando apareció El origen de las especies, en 1860, Fitz Roy Roy se sintió traicionado y culpable por haber ayudado a Darwin. Cinco años después, se quitó la vida con una navaja.