Griselda Chiquirrin
Julio 5, 2008
Quisiera dejar estampado aquí mi más sentido recuerdo para esa entrañable amiga que decidió partir, así sin más, dejando a sus afectos a la deriva en un confuso mar de interrogantes.
Nos conocimos en el contexto de una entusiasta militancia universitaria cuando la dictadura militar argentina, en retirada, era avasallada por una voluntad de democracia liberadora. Tiempo después, Griselda se recibió de agrónoma y se fue a vivir a San Juan, y yo me escapé hacia la antropología, mudándome del conurbano bonaerense a la Capital.
Cuando ya la democracia había demostrado sus límites y sus renuncios nos volvimos a encontrar en esa provincia cuyana. Junto con Pablo, me abrieron las puertas para llevar a cabo mi tesis sobre una experiencia de cooperativismo rural en la Argentina del desempleo y la desesperanza.
Meses atrás me escribió para saludarme por mi cumpleaños. Me hablaba del “mal trance” de los cuarenta; de su desengaño con la extensión rural; de su “demorada” tesis de maestría; y de sus deseos de comenzar el doctorado. Allí también afirmaba: “es difícil perdurar a veces”. Pero de todo ello me quedo con tus “muchos besos” y te mando otros tantos donde quiera que te encuentres.